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20070627182325-rene-dela-cruz-actrocubano.jpgUna lejana tarde de los setenta, apremiado por las exigencias del montaje de El rojo y el pardo, obra que abordaba el amañado proceso nazi contra el líder comunista Jorge Dimitrov, René de la Cruz, quien compartía faenas con dos grandes amigos, Mario Balmaseda y Luis Alberto García, dijo desde el fondo de su alma: "Esto tiene su encanto, pero nadie imagina el desafío que es para mí ser otro todos los días en un escenario".  El último enero, al ser reconocido con el Premio Nacional de Teatro 2007, el actor, asediado al término de la ceremonia por quienes querían felicitarlo, soltó otra confesión: "La escena en caliente, eso es lo mío".  Ayer, a los 75 años de edad, hizo mutis René. Su organismo estragado por el cáncer no pudo más. Para unos se fue Julito el Pescador, ese personaje que lo instaló para siempre en el imaginario popular como uno de los audaces soldados del silencio. Para otros el adiós despidió a uno de los rostros imprescindibles de nuestro cine. Pero entre todos permanecerá el cubanazo vertical, el campesino espirituano que antes de la Revolución solo tuvo, según palabras propias, "un poquito de camisa, un poquito de pantalón y casi nunca zapatos".  Vino a La Habana en los cincuenta a probar suerte. Trabajaba en una tintorería cuando el hermano del dueño, que luchaba por ser actor, lo convidó un día a ver cómo se hacía un programa de radio. A partir de entonces le entró el virus de "ser otro" hasta que se le dio la oportunidad en la COCO donde cubrió una vacante imprevista en el espacio Sucesos de aquí y de allá.  De la radio pasó a la escena, por primera vez en la Sociedad Artística Gallega. Pero teatro, lo que se dice teatro en abundancia, o lo que es lo mismo, cimentación del oficio y crecimiento profesional, fue el de los años inmediatamente posteriores al triunfo revolucionario, cuando el movimiento escénico cubano cobró ím-petus inusitados.  René integró elencos del entonces recién creado Teatro Nacional, el Taller Dramático y el Conjunto Dramático Nacional. Fue dirigido por notables teatristas como Modesto Centeno, Liliam Llerena, Nelson Dorr, Gilda Hernández, el uruguayo Ugo Ulive, el alemán Hannes Fischer y luego por Mario Balmaseda, Roberto Blanco y Miriam Lezcano.  En los setenta se enroló en el Teatro del Tercer Mundo y el Político Bertolt Brecht. Fueron memorables sus actuaciones en El carillón del Kremlin, El rojo y el pardo, Los días de la comuna, Andoba, de Abraham Rodríguez, y en una controvertida pieza de Raúl Macías, versión cubana de la brechtiana La irresistible ascensión de Arturo Ui, en la que personificaba al dictador Batista. También se sintió motivado por la dirección, faceta en la que puso en escena, entre otras obras, Cañaveral, de Paco Alfonso, y El ingenioso criollo Don Matías Pérez, de José R. Brene. Pero desde que en 1959 hizo una pequeña aparición en Nuestro hombre en La Habana, del británico Carol Reed, el cine también lo ganó. Su impronta quedó en más de veinte filmes, entre los que vale citar Realengo 18 (1961), de Oscar Torres; el primer cuento de Cuba 58 (1962), de José M. García Ascott; Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea; Mella (1975), de Enrique Pineda Barnet; El brigadista (1977), de Octavio Cortázar; Río Negro (1977), de Manolo Pérez; Jíbaro (1984), de Daniel Díaz Torres, Baraguá (1985), de José Massip; y Bajo presión (1989), de Víctor Casaus.  

La pasión que imprimió René en cada actuación, en esa forma suya de hacer fácil y natural lo más difícil, es el legado de un artista comprometido con su realidad y su tiempo.

 Fuente:  Pedro de la Hoz pedro.hg@granma.cip.cu

tomado de Granma digital

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