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20071101003028-logo85.jpgA la radio cubana no le faltan voces, pero no hay peor sordo que el que no quiere oír. Tal vez, obnubilados por los premios de cada año, el Festival de la Radio se ha resistido a ver el reverso de sus propios galardones. Y lo peor, pretende erigirse en el Top-Ten de la programación radial en el país.

Esa consideración ha viciado el objetivo del Festival y es la causa de tanto desaguisado.

Treinta Festivales son suficientes para el análisis.

Comencemos por las bases. En ellas se establece que los programas a concursos deben haberse transmitido en una fecha determinada, pero ahí está la primera trampa. ¿Quién controla que efectivamente sea así? ¿A quién le interesa apegarse a esas bases? ¿En la práctica, es posible hacerlo en las mil y una categorías convocadas?

Muchos programas ganadores (¿quien lo ignora?), son resultado del “laboratorio”, de largas horas en los estudios buscando la perfección. No han sido transmitidos en el lapso señalado, incluso algunos no han sido transmitidos en absoluto, sino que se les acomoda en una fecha, a discreción.

En un concurso de prensa escrita, por ejemplo, esto no pudiera pasar: la obra quedaría descalificada. Ningún autor podría enmendar lo ya publicado y luego enviarla a concurso. En la radio, evaluados y evaluadores cumplen un pacto de silencio: En las convocatorias a nivel de emisoras, municipio, provincia y nación, todos se hacen de la vista gorda.

¿El Festival se ha olvidado del carácter efímero de una puesta en bocina? Tal vez, sus caminos poco prácticos, son los responsables y generan en sí la burla de sus bases.

Si se admite que la práctica es el criterio de la verdad… ¿Por qué no se cambian sencillamente las bases y se termina con tanta incongruencia? ¿Por qué no se convoca a la participación de programas transmitidos o no?

La propia concepción del Festival propicia la trampa.

¿Habrá que buscar la espada para desatar el nudo?

Y es que el Festival de la Radio pretende formarse un juicio de la programación real transmitida en las emisoras, con los programas presentados a concurso, ignorando que varios de ellos no son los programas que se radiaron, aunque se llamen de la misma manera y en la ficha entregada, en el papel, cumpla “estrictamente” con las bases emitidas. He ahí, a mi entender, un error de procedimiento

Podrán decirme que no son todos, que los espacios dramatizados y algún que otro tipo de programas, han sido tomados de la transmisión efectiva… pero a estas alturas, desafortunadamente, la tendencia es otra: las emisoras liberan a sus realizadores de cualquier compromiso diario en pos de fabricar el posible programa ganador. Pregúntese a conciencia y se sabrá.

Digo más: el gigantismo de las convocatorias, insufla a esta fabricación de programas, en el afán de ganar un premio.

La paradoja toma el batón: a veces, no se convocan tipologías de programas que ya tienen arraigo, y sin embargo, se da espacio a temas especiales que “invitan” a la creación de programas, mas para complacer la convocatoria del Festival, que para responder a la necesidad de la audiencia.

¿Acaso es pecado querer presentar a concurso la mejor obra posible? No, de ninguna manera; mas el pasar gato por liebre, en materia de concurso, hablando en cubano, no tiene otro nombre que engaño (un autoengaño sin sentido, un engaño múltiple), aunque venga “envuelto” en no sé cuantas consideraciones.

Si se entiende un premio de la radio como el reconocimiento a un colectivo de realización, va mi aplauso.

Cada premio obtenido honra, y lo hace doblemente, cuando se ha conseguido a base del talento y entrega, a contrapelo de las carencias materiales, con la ayuda de una emisora vecina, pero…tomar los resultados del Festival de la Radio para evaluar, o acaso, aquilatar de una u otra forma la programación habitual es un dislate. Clasificar a toda una emisora o a una provincia, por el valor de los premios es, cuando menos, un exceso.

Es hora de buscar otros mecanismos (¿monitoreos más efectivos, nominaciones por territorio?...) que quiten al Festival ese peso extra que amenaza con hacerle zozobrar, que sacude el deseo de muchos de participar en él. Y lo dejen en la médula, un encuentro de arte radial.

Hay reticencia a admitirlo, pero lamentablemente así sucede.

El Festival se ha vuelto un agobio, una presión para realizadores y directivos. Quizá sea hora de revalorar su frecuencia anual. Se le ha dado tal relevancia que eclipsa al resto, al trabajo diario y consagrado de algunos… que no reciben premios.

Todo no acaba ahí.

El Festival de la Radio no debe confundirse con una gala de premiaciones; debía ser esa fiesta prometida; y sobre todo, un instante ideal de intercambio, de reflexión para mirar la radio por dentro, para mirarse. Mucha falta que hace.

El Festival de la Radio apostó a un bando inequívoco en la larga discusión de la radio esencialmente vista como arte o canal. Sin embargo, algunos han tomado el Festival como un pico, como un fin y no como una consecuencia, una derivación natural de lo que se hace cotidianamente.

No se ha creado ningún espacio que a nivel nacional transmita los programas ganadores (a menos de gestiones personales y eventuales) a pesar del viejo y justísimo reclamo de la gente de la radio y del seguro beneplácito de la audiencia. Eso vale más que un trofeo, un diploma o una cantidad de dinero.

Entonces, el Festival ganaría en coherencia y seguramente, de buena gana, muchos más quisieran estar representados en sus sesiones y concursos.

¿Y qué decir de la memoria? Se repite la necesidad de archivar los mejores programas. Sé que hay pasos, pero aún tímidos y aislados. A mi modo de ver, va faltando más recursos; pero también conciencia.

Es hora de dejar las lamentaciones sobre pérdidas irremediables y establecer pasos concretos para conservar lo mucho de valía que producen las emisoras cubanas. Es una tarea pendiente para todos, desde el nivel municipal hasta el nacional.

¿Habrá que seguir soñando con las radiotecas?

Si para algo debiera servir el Festival de la Radio, es para eso. Para discernir cuales son los espacios modélicos a seleccionar, sin que sean los únicos candidatos al archivo que los salve. Las nuevas tecnologías, seguramente simplificarían este proceso, sin pensar que todo está en la mano.

Vale recordar que aunque los concursos estén muy de moda (mediado más de uno por razones comerciales), la apreciación de una obra de arte tiene un carácter subjetivo; por lo tanto, el jurado somete la obra en cuestión a su arbitrio. Y ha de asumirse cada premio como una consideración, no como una regla.

Por otro lado, un asunto a reconsiderar, son los dictámenes de los programas no ganadores por parte del jurado del Festival Nacional. La mayoría, son personas prestigiosas, avaladas por un sólido trabajo en el medio, pero….¿hasta dónde será efectivo someterlos a estas consideraciones, en medio de largas sesiones de escucha?

Verdad es que se han buscado fórmulas para el festival, mas cada localidad tiene sus características y sus números. Eventualmente, estimular la competición por territorio puede tornarse desleal y hasta absurda. Un festival no es una carrera de cien metros planos.

El Festival de la Radio puede ser una guía; pero no debe imponer la dinámica a la programación radial cubana. En todo caso, ha de devenir de esa programación de manera natural.

Es hora de que el Festival de la Radio Cubana se detenga a observar el reverso de sus premios, so pena de formalismo, de irse desinflando y ser una caricatura de sí mismo.

Autor: Reinaldo Cedeño Pineda
Fuente: la isla y... LA ESPINA
Weblog de Reinaldo Cedeño Pineda... dedicada a la opinión... además literatura y temas de cultura general.
http://laislaylaespina.blogspot.com/search?q=festival+radio


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