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Los martes y jueves de Cubavisión están de estreno. Dos series dramáticas norteamericanas, de muy distintos cortes, acompañarán a los televidentes nacionales por un buen tiempo. Los sopranos y Anatomía de Grey, ambas avaladas por un éxito inusitado de crítica y público, sorprenderán con seguridad a los muchos que se mantienen despiertos hasta pasadas las diez de la noche. Y hay que reconocer un detalle: el horario seleccionado no pudo ser mejor, teniendo en cuenta las características de estos productos, el alto grado de elaboración de su lenguaje visual y verbal, así como la naturaleza de los mensajes que portan, concebidos exclusivamente para adultos.

 

Los sopranos se transmitió en Estados Unidos, y conjuntamente en otros países del mundo, entre 1999 y 2007. Contó con seis temporadas —la última de ellas dividida en dos partes—, lo que reportó ocho años de convivencia con sus personajes y situaciones, que fueron ganando, paulatinamente, en efectividad y alcance. Aunque su trama discurre entre mitos propios del universo de los mafiosos, y su protagonista es un auténtico capo de esa especie, la variedad de conflictos que registró —desde aquellos estrictamente familiares hasta cuestiones de índole existencial y filosófica— permite alejarla definitivamente de lo entendido —y extendido— como típica historia de gángsteres.

 

Todo comienza cuando Tony Soprano, un poderoso jefe de la mafia italoamericana en Nueva Jersey, decide atenderse con una prestigiosa psiquiatra a causa de los problemas que se le generan tanto en el seno de su hogar, como en el de su singular «trabajo». Aunque él trata de no revelar información que ponga al descubierto el verdadero trasfondo de su negocio, esta comprende desde el inicio que se halla en terreno peligroso. Para salvar responsabilidades, le propone un trato: mientras Tony no revele nada comprometedor, ella mantendrá el secreto profesional. Es así como empezamos a conocer a este hombre, que intenta a toda costa ser —y no parecer— un buen padre de familia, a la vez que se desgasta evadiendo a los investigadores del FBI, limando asperezas entre clubes rivales y dirigiendo, como si fuera poco, uno de los más influyentes.

 

Sus preocupaciones son cuantiosas: no se entiende mucho con su mujer, Carmela, quien a menudo reclama de este un cambio de oficio; su madre, Livia, no solo es manipuladora, sino también iracunda; en cuanto a sus hijos, apenas mantiene comunicación con la hembra y del varón solo espera dolores de cabeza. Para más trauma, Tony debe enfrentar al ambicioso «Tío Junior» Soprano, con quien mantiene desde siempre una encarnizada lucha por el poder.

 

Con todo lo anterior, es claro que el tono no podía ser otro. El humor negro, con copiosos guiños al cine de mafiosos —se homenajea no solo la trilogía de El padrino, sino también El precio del poder, de Brian de Palma y Uno de los nuestros, de Martin Scorsese—, viene aquí como anillo al dedo, en tanto mantiene un gratificante equilibrio en el terreno de las simpatías de los espectadores con estos extravagantes personajes, llenos de complejos, manías y de un gracioso —y a veces espeluznante— sentido del amor y la amistad.

 

Son múltiples las apreciaciones que se han hecho en torno a la serie, si bien casi todas coinciden en la excelencia de su factura, la calidad de sus guiones y el encomiable trabajo de los actores. Su creador, David Chase, fue reconocido varias veces por las más célebres asociaciones de escritores televisivos y críticos; en 1999 obtuvo un Globo de Oro. Por su parte, James Gandolfini (Tony) recibió ese popular galardón en 2000 por mejor actor en una serie dramática y luego se le ha nominado en prácticamente todas las temporadas. El periódico New York Times dijo en una ocasión que Los sopranos es tal vez la mayor obra de la cultura popular estadounidense de los últimos 25 años. Con ese concepto abarcan mucho, es cierto; pero no hay dudas de que una buena impronta debieron haber dejado sus creadores cuando la calificación fue tan generosa.

 

Otra serie que despertará curiosidad entre nuestros televidentes es Anatomía de Grey. Su título alude a un famoso manual de esa especialidad, además de ser el apellido de la protagonista. Con 72 episodios al aire, la historia de un grupo de cirujanos en plena faena y de otro compuesto por jóvenes que procuran seguir los pasos de aquellos, ha mezclado exitosamente, hasta el momento, los ingredientes más socorridos en este tipo de producción: drama, intrigas amorosas y un poco de humor.

 

Escrita por la afroamericana Shonda Rimes (guionista de la saga Diarios de una princesa), la acción se ubica en un hospital ficticio y propone, según algunos críticos, una mirada femenina al duro y muchas veces controvertido mundo de los médicos. Meredith Grey, hija de una reconocida cirujana, llega a pasar un curso de preparación, luego de su licenciatura, al Seattle Grace Hospital. Junto a cuatro amigos suyos —Cristina Yang (muchacha con serios problemas de carácter); Izzie Stevens (de origen campesino y un tanto impresionable); George O’Malley (amable pero inseguro) y Alex Karev (arrogante y codicioso)— topa de frente con una rutina de trabajo que está obligada a dominar. Allí conocerá de cerca, entre otros personajes, a la severa Dra. Miranda Bailey, apodada «La Nazi» y al Dr. Derek Shepherd, con quien llega a relacionarse sentimentalmente. En los primeros tiempos, Meredith hará lo imposible por mantener en secreto que su madre padece de Alzheimer, a la par de adaptarse a la dinámica de un oficio que le consume todos los minutos y de llevar su compulsiva promiscuidad sexual a límites soportables.

 

Muy premiada también en Estados Unidos, Anatomía de Grey obtuvo igualmente el Globo de Oro en 2007 al mejor drama seriado. Cada capítulo lleva el nombre de una canción, algo que conllevó a utilizar temas de los más diversos estilos y cantantes y funcionó, de paso, a modo de publicidad. Aunque no se detiene demasiado en los casos propiamente médicos, ni escruta con morbosidad, sino más bien con desenfado, entre salones de operaciones y consultas especializadas, todo parece indicar que la serie supo transmitir a la perfección mucho de ese universo pletórico de tensiones, donde se lucha a diario contra la muerte y otros males con peores consecuencias como puede ser la competencia profesional.

 

No sé hasta qué punto ese feminismo que señalan los especialistas —solo tres de sus diez guionistas son hombres— podría ser un lastre para este tipo de obra coral, poblada de caracteres y conflictos tan disímiles; pero a juzgar por su vasta reputación internacional y al hecho de que conocemos de antemano la estimulante experiencia que resultó ser Mujeres de blanco, donde ni por asomo el enfoque de la mujer eclipsó al de los hombres, bien vale un voto de confianza.

 

Con ambas propuestas, la Televisión Cubana da muestras fehacientes de receptividad para con sus espectadores habituales, quienes exigían que las series de estreno pasaran a una hora más adecuada: ni muy temprano, ni muy tarde. De igual forma, vuelve a demostrar un probado rigor en lo que concierne a la selección de dramatizados de probada calidad estética y alto poder comunicacional.

 

Ahora solo nos queda disfrutar. Ya vendrán luego los comentarios.

 

Fuente:  Por: Randol Peresalas

 

Correo: randol13@jrebelde.cip.cu

 

Tomado de Juventud Rebelde digital.

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