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Un grupo de lectores molestos me exige, con algo de razón, afrontar la telenovela cubana con el mismo rigor exhibido en estas páginas ante la brasileña Mujeres apasionadas. Aparte de las tenues similitudes entre ambas, habida cuenta de que las dos se dedican a la contemporaneidad de sus respectivos países (y el hecho totalmente fortuito de compartir horario y teleaudiencia), son demasiado distintos los contextos culturales, económicos y sociales, como para pedirle al crítico el mismo rasero ante dos fenómenos audiovisuales realizados con muy distintos propósitos, alcances y estilos. Sería como obligarnos a comparar, y a decidir quién es mejor, entre Silvio Rodríguez y Chico Buarque. A ver, ¿por qué razón se le asigna a la crítica, o alguien se cree con la potestad, de dirimir con justicia «oposiciones» y jerarquías tan innecesarias y artificiales? Mi casi total contrariedad ante la mayor parte del seriado carioca, explicada en su momento, no puede ni debe condicionar la opinión y reflexión que merece Historias de fuego, «la novela de los bomberos», como familiarmente se la conoce. 

Hace poco, en Ciudad Libertad, se incendió un laurel de esos que majestuosamente rompen las aceras. Algún fumador desaprensivo debe haber lanzado una colilla encendida, y tuvieron que venir los bomberos a apagar los restos del todavía hermoso árbol. Cuando llegaron en su carro rojo, fue imposible contener la algarabía de los niños, cuyas clases no habían terminado, pero que se amontonaban en las ventanas gritándole su admiración a los bomberos, les preguntaban por El Guajiro, y muchos cantaban la canción de Buena Fe que le sirve de tema a la serie, como una manera de estimular y rendir homenaje a los valientes jóvenes que controlaron, en un dos por tres, el siniestro amenazante. Veinte años se demorará el árbol en retoñar, pero los bomberos cubanos de ahora mismo están recibiendo el cariño agradecido de mucha gente, gracias a la serie que les ha conferido mayor visibilidad a su extraordinaria labor.

 

Esa capacidad mitologizadora que tiene la televisión, utilizada esta vez a favor de una noble causa, no significa que debamos callar las numerosas imperfecciones, ambigüedades, errores de tono y de puesta en escena, problemas flagrantes de edición (excesos y dilaciones en momentos anodinos, mientras se precipitan hasta hacerse invisibles los de medular dramatismo) con que nos castiga la propuesta cubana de horario estelar. Precisamente lo estelar del horario nos condiciona a todos nosotros, espectadores insatisfechos con nuestra programación dramatizada, a exigirle grandes compensaciones a la serie cubana que ocupa tan privilegiado espacio.

 

Y tal vez estas Historias de fuego eran más adecuadas para otro horario, con capítulos más extensos, donde no molestara tanto la larguísima presentación y despedida. Pero eso ya no tiene remedio, y quedará la discusión, si acaso, para próximos seriados cubanos. Ojalá pudiéramos tener más de uno al aire; qué más quisiéramos que colocar un título cubano en la marea de series norteamericanas (la mayoría excelentes) que ocupan los horarios de la alta noche y la madrugada.

 

A pesar de los muchos pesares y entuertos, no obstante los evidentes errores en la designación del elenco histriónico, las torpezas narrativas o el diseño superficial de algunos personajes —problemas amplificados por una edición que parece interesada en lesionar a toda costa la historia, en lugar de preocuparse por reforzar los momentos climáticos, la fluidez y el ritmo de la acción— se aprecian valores como el dimensionado diseño de algunos personajes (particularmente los de Rubén Breña y Heydi González, cuyo desempeño sorprende agradablemente), la voluntad concreta por apresar con honestidad ciertos fragmentos de nuestro entramado psicosocial (los problemas de comunicación padre-hijo, la corrupción administrativa, la prostitución, las envidias y competencias profesionales, etc.), algunos momentos de brillantez histriónica (en los cuales sobresale el propio Breña, Alina Rodríguez, Ketty de la Iglesia), al tiempo que merece encomio cierta frescura humanizadora en el tratamiento de los héroes, y aunque creo pudo profundizarse mucho más en la vida de un cuartel, en la psicología del recluta, y en la mentalidad militar, el intento es uno de los primeros en nuestra televisión que mira en los costados cotidianos de la vida marcial, más allá de las facetas estoicas.

 

Aunque el chivo expiatorio de todos los problemas de la serie ha sido el guión (según los comentarios que he leído, ojalá que al interior de la televisión predomine un análisis más profundo), las ineficacias de la serie hay que buscarlas también en otros terrenos. Nadie está interesado en negar la falta de profundidad psicológica, e incluso de conflictos poderosos, en los bomberos a los cuales se consagra la serie. Aparte de Aniceto-Breña y de su competidor más joven (a cuyos dilemas amorosos e intentos de cambiar los métodos directrices del cuartel pudo sacársele mayor provecho dramático), los demás bomberos son tratados cual deportivos figurantes, gente sin conflictos cuya presencia, y diálogos, apenas alcanzan peso específico en la dramaturgia. Además, toda la subtrama del solar y sus habitantes enrarece el tono dominante —que a todas luces se aproximaba al melodrama de costumbres y al género de aventuras— y altera los propósitos principales de la obra con pinceladas de folclorismo vernacular, o de farsa, que colorearon el conjunto con los indeseables matices de la inoperancia y la ridiculez.

 

Cada vez que un actor declara, o sugiere, en radio o televisión, para miles de espectadores, que los problemas de una obra radican por completo en el guión, yo invitaría en la siguiente emisión de ese programa a los guionistas, para que relataran la cantidad de escenas, bien o regularmente escritas, que puede estropear un actor o actriz cuando no entiende el personaje, no logra concentrarse, el director no le explicó el modo en que se le podía dar vida a equis situación, o simplemente no entra en el rango de lo que ese intérprete puede hacer desde la verosimilitud y la organicidad. De todo ello hay un poco en esta serie donde demasiados actores y actrices recitaron sin ninguna intención sus parlamentos y recurrieron a los vicios más extraviados y a los lugares comunes más desalentadores de la actuación contemporánea.

 

Hay capítulos que debieran emplearse, en nuestras escuelas de arte, como ejemplos de lo que algún actor jamás debe hacer delante de una cámara televisiva. Me ahorro los nombres porque la crítica no ha de ser paredón para fusilar la autoestima profesional de nadie, pero la redacción de dramatizados, en pleno, debiera sentarse a revisar el modus operandi que sigue a la aprobación de un guión, es decir, a la producción de una telenovela. No basta con llenar el hueco en el horario. Hay que hacerlo con el más alto sentido de sacar al aire una producción decorosa y profesional.

 

Los jóvenes actores y actrices no alcanzaron a sorprender tan agradablemente como en ¡Oh, La Habana!, porque los insertaron a casi todos en una dicotomía de buenos-serios-pesados y malos-gozadores-antipáticos, que apenas les permitió destacarse a los más diestros. Además, en cuanto al cuadro adulto, no se entiende muy bien qué criterio se siguió a la hora de arriesgar la pegada de buenos personajes con actores incapaces de conferirles vida, cuando tenían a otros en el reparto (Fernando Echevarría, Alberto Pujols) tan notables como siempre y condenados a la brevedad de sus apariciones.

 

Una combinación de pésimas actuaciones, mala dirección y errores de edición (como escenas importantes picoteadas sin ninguna necesidad, y otras abrumadoramente largas, donde parece no llegar nunca el próximo corte) malogró muchos episodios, sobre todo los segmentos melodramáticos, básicamente referidos a la trama que rodea al doctor, su hijo desviado, la ex esposa que prefirió a un empresario extranjero, el padre bombero recién descubierto, y la amante-colega que no entiende muy bien el lugar que ocupa. A pesar de que esa línea dramática jamás consiguió articularse de manera natural con los bomberos, estos resultaron convenientemente ennoblecidos por lo bien realizado de la mayoría de las secuencias de incendio y de calamidad (que eran excepción, por supuesto), sobre todo teniendo en cuenta el nivel precario, por consabidas razones, de la truca, las escenas de acción y los efectos especiales en nuestra televisión. Con imaginación y acertados criterios en los movimientos de cámara solucionaron lo que parecía irrealizable, y pulsaron con acierto una de las claves fundamentales del cine de aventuras: héroes enfrentados a peripecias que requieren extraordinario coraje, en pro del bien colectivo.

 

En fin, que los bomberos ya tienen su telenovela. Falta ahora que los cubanos todos dispongamos de un reflejo estable, dimensionado, complejo y plausible en la pequeña pantalla. Y si el fuego se sale del candelero, a sofocarlo para que no cause mayores desmanes, que todo se cura cuando se alientan nuevas obras y uno es capaz de aprender con los escollos que tuvo el camino. Ojalá que esta invitación sea transferible y alentadora para la directora debutante Noemí Cartaya y también, cómo no, para los jóvenes guionistas Serguei Svoboda y Felipe Espinet. Estoy seguro y convencido que funcionará mejor, así tendrá que ser, la próxima teleserie donde se alisten los técnicos y actores que intentaron convertir en algo memorable estas Historias de fuego, porque fuerza, talento, inteligencia y sudor jamás será lo que falte en este país. La obra no quedó todo lo bien que se esperaba, pero tampoco puede permitir uno que los errores se conviertan en abrigo de la inercia o el pesimismo. Y a comenzar de nuevo, como decía aquel precioso tema de una grandiosa telenovela.

 

Fuente:  Joel del Río, Juventud Rebelde.  Foto:  Martha Vecino.

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