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La telenovela brasileña Páginas de la vida nos regala un inventario de conflictos donde se combinan cuidadosamente los índices repetitivos del melodrama convencional, con algunos matices y variaciones que acercan la obra al realismo

Uno de los méritos patentes de la telenovela brasileña Páginas de la vida —demasiado parecida a su coterránea predecesora como para sorprender a alguien, aunque mejor contada, actuada y realizada— es haber incitado a miles de televidentes a repensar ciertos conceptos personales en torno a temas cardinales: las personas con síndrome Down y su posibilidad de integrarse al sistema educacional «normal», el restablecimiento de una existencia fecunda y pródiga luego de romper con las dependencias que impone la coexistencia en pareja, el sida y el celibato, el alcoholismo y la vida filial, la anorexia y el culto a la delgadez extrema, la intolerancia con el diferente, las contradicciones salvables o no entre consortes que expresan puntos de vista diametralmente opuestos...

Al igual que en su novela anterior (Mujeres apasionadas), Manoel Carlos nos regala un inventario de conflictos donde se combinan cuidadosamente, en cuanto al diseño de personajes, los índices repetitivos del melodrama convencional, con algunos matices y variaciones que acercan la obra al realismo, o al espíritu controversial inherente a las mejores teleseries contemporáneas que en el mundo han sido.

Del típico melodrama femenino y romántico que suele caracterizar los guiones de Manoel Carlos (Felicidad, Por amor, Mujeres apasionadas) esta serie presenta en veloz sucesión los personajes paradigmáticos de las madrecitas en versión sacrificada o autoritaria; hijos y padres que desconocen su oscuro origen y su vínculo de sangre; malvadas en variante trepadora, histérica o intolerante y egoísta; galán seductor e inescrupuloso y tierno e incomprendido; tres o cuatro parejas entrampadas en sucesivos intercambios como si se tratara del baile de la silla; una familia patriarcal y adinerada que reluce por su voluntad transgresora de las barreras sociales, por su generosidad y decoro, y veremos incluso a una monja enamorada de un enfermo de sida, algo así como la sublimación del amor imposible. Pero no hay que sufrir demasiado con las barreras que se les interponen, pues, aunque ignoro cómo concluye el difícil idilio, ¿acaso alguien olvidó el final en plena cama de aquel cura apuesto, joven y sin vocación, que resistió durante 150 capítulos, más o menos, el asedio erótico de una benefactora bellísima, riquísima, simpatiquísima y satísima?

Alrededor de 200 capítulos tiene esta versión internacional de telenovela concebida por el monopolio O Globo para horario estelar. Y muy fácil le resultará en Cuba ganarse a la millonada fanática con que cuenta el género, máxime cuando la producción de homólogos nacionales se ha deprimido hasta cero, y nuestra pequeña pantalla nos castiga (independientemente de sus virtudes, que también las tiene) con la insólita retransmisión de un folletín a la antigua, como Las huérfanas..., nada menos que en las frecuencias y en el canal más concurrido. Ojalá la nueva teleserie de Rudy Mora consiga sacarnos de este marasmo de redundancias y antigüedades, aunque sea durante unas cuantas semanas.

Pero nada de ello tiene que ver con la esencia de esta telenovela, que incluso en su país de origen, en la temporada 2006-2007, logró conquistar hasta un 70 por ciento de teleaudiencia (lo cual es casi un milagro en aquella nación) debido, creo yo, a que cumple con tres requisitos indispensables para una buena novela de tema contemporáneo: reajuste tendiente al realismo de los eternos conflictos melodramáticos (sin «exagerar» con la exhibición de la pobreza, la exclusión o la desigualdad), un guión fluido, balanceado, repleto de personajes sugestivos y aceptablemente diseñados, o puestos en situaciones que se ganan fácilmente la identificación de cualquier espectador y, por último, uno de los elencos más estelares vistos en cualquier telenovela brasileña que recordemos, actores y actrices consagrados y provenientes de dos o tres generaciones, para que todos y todas se solacen con sus estrellas preferidas.

La serie implica el regreso a la pantalla cubana de Regina Duarte (para mí un verdadero placer, aunque no les falta razón a quienes le critican cierta tendencia a la sobreactuación, a las muecas y «caritas» medio beatíficas, aunque varíen las circunstancias), de nuevo interpretando a una matriarca divorciada, estoica y humanitaria, alguien cuya vida cambia luego de separarse de su esposo (como en aquella irrepetible Malú), dispuesta a moverse entre dos galanes otoñales (como la Porcina de Roque Santeiro), mujer activa, capacitada, generosa, empoderada (como Chiquinha Gonzaga o la Raquel Accioly de Vale todo). Si bien el melodrama y la comedia sentimental le permitieron a Libertad Lamarque, María Félix o Mirtha Legrand presentarle a las audiencias del continente determinados cánones del comportamiento en los años 30 o 50, la Duarte se ha valido de similares géneros para modernizar el ideal femenino latinoamericano reinterpretándolo en la imagen de mujeres frágiles, tiernas e inseguras, pero también fuertes, independientes e íntegras.

No es Regina Duarte otra actriz de las que actúa bien o regular en la telenovela de turno. Ella alcanzó la dimensión del mito, de la personalidad intelectual con enorme capacidad de influencia cultural. Además de reina de la telenovela desde los años 70 hasta ahora, también ha protagonizado varias películas de cierta importancia y es poderosa presencia escénica, atenta a convertir cada nuevo trabajo en algo diferente, retador. Con todo ese aval, fue un desafío esta telenovela porque, según ha declarado, «Helena perdía una hija, y pensé que sería una de esas mujeres que no supera la crisis y se queda en el pasado. Pero ella levanta la cabeza, tiene un problema y de repente hace una broma, o se preocupa por ensanchar los móviles de su existencia. El gran reto fue la relación con Joana (Mocarzel, la actriz Down que hace de Clara). Ni siquiera ensayaba, y todas las escenas estaban sometidas a la improvisación, pero fue una experiencia maravillosa, que me permitió abrir la mente a estas personas, y comprender la lucha de mi personaje no solo a favor de su hija, sino en contra de la discriminación, el prejuicio y la intolerancia».

Sin embargo, creo que la verdadera revelación no ha sido Regina, acostumbrados como estamos a su natural histrionismo. Lilia Cabral en el papel de Marta, madre de Nanda y abuela renuente de Clara, nos entrega uno de los mejores desempeños vistos últimamente en televisión. Ella consigue trascender las engañifas gestuales y amplificaciones exteriores, y perfilar a una persona absolutamente creíble. Y si dramatúrgicamente está en la serie para jugar el papel de la desalmada, la odiosa y desnaturalizada, alguien que ha edificado su credo y su posición en el mundo a partir del hastío, el cansancio, la insatisfacción y el materialismo, la actriz consigue investir de adolorida humanidad y extraordinario poder de convencimiento a su personaje, con el auxilio de diálogos y situaciones mayormente verosímiles. (A desear que sean muy breves las apariciones semisoñadas de Nanda, y sus diálogos con la madre desde el otro mundo, porque este es uno de los recursos dramáticos más baratos, ridículos y torpes que suele emplear el guionista. ¿Se acuerdan de la niña infeliz a quien se le aparecía primero un ángel terrible, y luego la madre muerta en la infausta Mujeres apasionadas?)

En otros acápites, Páginas de la vida ostenta una firme mano rectora organizando la enorme banda (fue dirigida por Jaime Monjardim, quien también orquestó los talentos de Roque Santeiro, Derecho de amar, Chiquinha Gonzaga, Aquarela do Brasil y Siete mujeres), una fotografía que se luce en exteriores y languidece en estudio, y un montaje casi siempre dinámico, aunque tanto el montaje como la fotografía y la dirección de arte terminen subordinándolo todo a los fórceps conceptuales del melodrama, reactivado con pequeñas dosis de verismo documental.

Tanto es así que el autor del guión se ampara en «las razones del corazón», es decir, en la desmesura sentimental y lo ilógico medio verosímil, y concluye ofreciéndole a su fiel auditorio numerosos momentos de alegría y tristeza, emoción y credulidad, pero no tanto de raciocinio, lógica y desarrollo intelectual. No queda de otra que tratar de gozar con lo que estos personajes sufren, y disfrutar con máxima intensidad, eso sí, los breves instantes de excepcional animación y pericia profesional que ofrecen estas páginas, en medio de decenas y decenas de capítulos rutinarios y monótonos.

Pero la iteración es otra de las reglas inviolables de la telenovela, y a quien le moleste, como a este cronista, solo puedo aconsejarle que haga como yo, y se ausente de las frecuencias de Cubavisión un par de semanas, y se dedique entonces a otra cosa que le parezca más elevada y sutil. Luego, le pide a alguien que le cuente lo que ha pasado (la telenovela, cuando es nueva, deviene incontestable medio de comunicación interpersonal) y en el plazo de una quincena, ahí está usted volviendo al redil de Helena y Marta, y viviendo —como si de verdad lo afectaran— las emociones recreadas no solo por la Duarte y la Cabral, antagonistas inconfundibles, sino por otros muchos actores y actrices de espléndido desempeño, como Renata Sorrah, Edson Celulari y Vivianne Pasmanter, por solo mencionar a un pequeño grupo de consagrados que ratifican aquí su estelar categoría.

Y cuando uno regresa, como el hijo pródigo al hogar (¿acaso la sala de la casa, con el televisor sintonizado en la telenovela de ocasión, no es el lugar más usado para gastar el tiempo libre de la familia cubana?) se encuentra que poco importan ya las horas infinitas de diálogos insulsos, situaciones baladíes y los excesos de ñoñerías y linduras. Hemos caído en el dulce vacío de regalarle nuestro tiempo a la educación sentimental de una telenovela brasileña, a la que no le faltan, siquiera, el costado didáctico y la preocupación social. ¿A qué más?

Fuente:  Joel del Río en Juventud Rebelde

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