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El conocido periodista José Alejandro Rodríguez (Acuse de Recibo, Juventud Rebelde) se suma a la polémica en torno a la teleserie Diana, dirigida por Rudy Mora y nos entrega su comentario, en el que afirma:  "mis respetos discordantes para quienes, adaptados a las fórmulas preconcebidas de la telenovela estándar, se sienten molestos con la factura de esta serie".  Aquí les entrego su trabajo titulado: En la diana

Más de un cubano ya está recreando sus propios conflictos familiares y sociales ante la serie Diana que, dirigida por el agudo buceador de realidades Rudy Mora, transmite Cubavisión los lunes, miércoles y viernes.

Frente a tanto narcótico audiovisual que se ofrece como pan caliente, Rudy y su equipo ya han obrado el milagro de inquietar y estremecer a ciertos sensibles cubanos, sin los falsos maquillajes ni los tramposos señuelos de quienes moldean «hamburguesas» televisivas, fácilmente digeribles para adocenados «hambrientos» de sorpresas y asombros.

Claro que para gustos se han hecho los arcoíris: ante todo, mis respetos discordantes para quienes, adaptados a las fórmulas preconcebidas de la telenovela estándar, se sienten molestos con la factura de esta serie, que aboga por lecturas más hondas y ciertos desasosiegos visuales, de ediciones, montajes y atmósferas alejados del trillo audiovisual.

Este opinante al paso no pretende lidiar con los autorizados diagnósticos de los críticos de arte. Solo como cubano que siente y palpita, subraya la audacia mayor de la serie: espejear zonas conflictivas de nuestro tejido psicosocial, retratarnos en algunos de nuestros fracasos, tristezas y obstáculos; también —por qué no— en los sueños y blindajes sentimentales de este pueblo increíble, que siempre emerge de sus dramas.

Entrampados como muchas veces estamos entre el paradigma social —tan justo y humanista— y aquello que alguien llama la «verdad verdadera», la trama de la vida y de la calle tal cual es y no como quisiéramos, los cubanos necesitamos, precisamente para acercarnos a aquel ideal, ejercicios artísticos de tanta honestidad y transparencia como el de Diana.

Solo mirando hacia las conexiones que establecemos en nuestras intimidades, puertas adentro del hogar, la familia, el barrio y los amigos, podemos armar el rompecabezas de nuestra complicada interrelación sociedad-familia-individuo, que no es armónica ni lineal y presenta retrocesos y reflujos, como nunca lo sopesó aquel realismo socialista que nos encerraba en una virtual burbuja ideológica.

Diana nos ilustra con realismo crispante las mezquindades y los turbios pasadizos adonde pueden conducirnos las carencias y límites de la sociedad; y al propio tiempo, las grandezas y virtudes que pueden prevalecer en esos mismos seres, a ultranza de los agobiantes imponderables.

Pero en su crudo registro, y con una belleza que se valida no precisamente en el edulcoramiento y la asepsia, la serie, con sus casas desaliñadas y rincones hacinados de tanta inquietud, nos susurra sin moralinas que la salvación siempre estará en el amor y la sinceridad. En esa amistad a prueba de todo entre un anciano que, como viejo roble, renquea de pesares en sus ramas genealógicas, y el joven que tartamudea ante los sinsabores, pero lucha y no se desploma, con pocos vientos a favor.

«Esta es la vida», reza el estribillo de la canción tema. Así únicamente, mirándola de frente y sin lentes acomodaticios, podremos asumirla y mejorarla. Aferrados solo a lo que debiera ser; ciegos y sordos, no podremos dar en la diana de Cuba.

Fuente:  José Alejandro Rodríguez, en Juventud Rebelde digital.

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