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Fiel a su tradición, Tele y Radio reproduce el criterio de Yuris Nórido, en Cubasí, sobre la teleserie juvenil cubana Mucho Ruido, que ha tenido una notable aceptación entre todos los públicos y debe reportar una alta audiencia.   Luego de la experiencia de Diana, hay que decir, que Mucho Ruido también aborda los problemas de la Cuba de hoy, y lo mejor:  se entiende.  Los dejos con el comentario de Nórido.

Mucho ruido, suficientes nueces  

Realizadores, funcionarios y críticos cubanos han debatido una y otra vez la conveniencia de ubicar, en el tradicional espacio de las aventuras, las que el público denomina “series juveniles”.

Ha pasado el tiempo de la capa y la espada, dicen algunos, convencidos de que el televidente más joven prefiere otro tipo de “aventuras”, que tengan mucho más que ver con el aquí y ahora.

Otros –entre los que se cuenta este redactor- abogan por la coexistencia de géneros. Las aventuras tradicionales no han pasado de moda, ni pasarán nunca: los grandes clásicos siguen perfectamente vigentes.

Pero lo cierto es que, en las actuales circunstancias de producción, a la Televisión Cubana le resulta demasiado complicado realizar puestas que cumplan con los estándares mínimos de calidad.

Recrear los grandes títulos, con sus decorados de época, con sus escenas de combate, con sus particulares exigencias de vestuario y accesorios, resulta demasiado caro.

Ante ese panorama, la realización de series juveniles, más o menos realistas, ambientadas en época y escenarios mucho más cercanos, deviene un camino eficaz y pragmático. Sobre todo porque el público las recibe con manifiesto entusiasmo.

Un ejemplo: Mucho ruido (Tele Rebelde; lunes, miércoles y viernes; 7:00 p.m.), la teleserie de Mayteé y Ricardo Vila dirigida por Mariela López.

Estamos ante un producto no demasiado común en el ámbito de la producción nacional: la historia coral, protagonizada por gran cantidad de jóvenes actores, que recrean las inquietudes, alegrías y accidentes de un grupo de muchachos.

En la verosimilitud de esa recreación radica la principal virtud de la serie. Los jóvenes de Mucho ruido hablan como los jóvenes de la Cuba contemporánea, sin que haya sido necesario hacer concesiones a la chabacanería y el mal gusto.

Los bocadillos están escritos con gracia y chispa, el diálogo fluye, abundan las pinceladas de humor: el resultado es un discurso atractivo, que la estructura dramática sostiene sin traumas.

El argumento de Mucho ruido no da tregua al televidente. Las peripecias se suceden a ritmo trepidante, algo que aporta pujanza a la historia, pero que en buena medida también puede llegar a atropellarla.

Por momentos se extraña cierto regodeo en las situaciones, que permita asimilarlas a plenitud.

La puesta en pantalla es más que correcta, aunque adolece de cierta falta de variedad en los planos: Sobreabundancia de planos medios y generales (algo quizás achacable a la extraordinaria cantidad de personajes en buena parte de las escenas), que estandariza la visualidad y limita su capacidad expresiva.

Con la fotografía pasa otro tanto: en sentido general es eficaz y funcional, pero por momentos parece algo dependiente de los filtros.

Son, en todo caso, detalles que no empañan el impacto positivo de la teleserie, garantizado, en buena medida, por la calidad del jovencísimo elenco y de los intérpretes ya consagrados. La dirección de actores ha logrado una notable uniformidad en los desempeños.

Ha quedado demostrado, una vez más, que es posible realizar productos atractivos con relativa economía de recursos. Mucho ruido –como antes hizo Doble juego- se zambulle sin prejuicios en el complejo universo juvenil. A algunos podrá parecerles más o menos profundo el abordaje, pero en definitiva resulta válido.

Detrás de Mucho ruido hay, en todo caso, suficientes nueces.

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