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Destacó Tubal Páez en la despedida de duelo de nuestra compañera Gisela Bell Heredia

En el cementerio de Colón fue sepultada en la mañana de este jueves nuestra querida compañera Gisela Bell Heredia, integrante de la Presidencia Nacional de la UPEC, presidenta de la Delegación Ramal de la Radio Nacional, y destacada periodista de Radio Rebelde.

Tubal Páez, presidente de la UPEC, tuvo a su cargo las palabras de despedida de duelo. A continuación, el texto íntegro:

Es difícil, por doloroso, decir unas palabras junto a la tumba impensada de Gisela Bell Heredia; sin embargo, lo cumplo no solo como mandato de sus familiares y compañeros, sino como un compromiso de lealtad a la verdad, tal el pacto que ella hizo con la vida al escoger el periodismo como la razón principal y definitiva de su existencia.

Entonces el deber se despoja de todo formalismo y deviene también acto de justicia reconfortante. Es por eso que cada uno de los presentes podría exponer sus sentimientos con agrado, con su pedazo de justicia, de verdad y de deber para levantar aquí un recuerdo colectivo de Gisela, o la Dama del Periodismo Cubano, como la halagábamos en los pasillos.

Pero en la noticia, según pretenden los viejos textos del oficio, debe sacrificarse la subjetividad en aras de no contaminar la objetividad. Es el drama eterno del periodismo nuestro en el que nos sabe a crimen la represión de las emociones personales.

Pero escapemos hoy a ese conflicto con la comunión de hechos y sentimientos para en unas palabras, nunca finales, acercarnos a la vida de una compañera donde se sintetizan como en pocas la mujer, la cubanía, el periodismo y la Revolución de este último medio siglo.

Si partimos de esto, no puede desorientarnos un dato en su solicitud de ingreso a la UPEC en 1977, cuando trabajaba en el semanario Guerrillero, publicación del Partido en el municipio de Santiago de Cuba, y cursaba la carrera de Periodismo en la Universidad de Oriente. El dato responde a la pregunta: “¿Título que posee?” Y Gisela escribe “Electricista”.

Claro, había terminado la Alfabetización en la que ella, adolescente, enseñó a leer y a escribir a once compatriotas en Guantánamo y al finalizar la campaña en toda Cuba, reclamó a Fidel, junto a otros 100 000 muchachos, aquello de “Dinos que otra cosa tenemos que hacer”. Alguien le sugirió que allá, en la provincia de Oriente, se necesitaban esos técnicos; entonces, impelida por el deber, no dudó en ingresar al plan de becas como estudiante de esa especialidad.

Es en esa beca donde sobresale como miembro de la Unión de Estudiantes Secundarios, y participa, durante la Crisis de Octubre, en la recogida de café en las montañas de Yateras. Pronto se gana su ingreso en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y es elegida más tarde como secretaria general de su Comité de Base y cuando concluye los estudios continúa trabajando para la organización juvenil en la Seccional Tres de Santiago de Cuba.

Fueron los días en que ingresa a los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), de los cuales integraría el Comité Nacional, etapa en la que no elude tareas, particularmente intensas y siempre novedosas en aquellos años fundacionales y de cambios profundos, como en la Defensa, donde casi niña todavía se alista en el Batallón Femenino de las Milicias y en la Policía en calidad de auxiliar, con ello respondería también a sus compromisos iniciales en la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

Diez años militaría en la UJC , tras lo cual, a los 27, ingresa al Partido en el que ocupará distintos cargos en los núcleos a los que perteneció.

Pero en la comunicación se definiría su futuro. Ello estaba en su mente, en su vocación y en su naturaleza, donde como en todos los humanos, los impulsos eléctricos se convierten en conciencia. Ya en 1968 se desempeñaba como locutora primero y reportera después en Radio Siboney y Radio Mambí.

En el sistema de elección propio de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), los afiliados de todo el país la llevaron en dos ocasiones, mediante el voto secreto y directo, al Comité Nacional y este, a su vez, a la Presidencia, en una de cuyas reuniones se desplomó definitivamente, cuando no pudo disimular ni imponerse, como otras ocasiones a los duros latigazos de la enfermedad en su etapa final.

Representó a la organización en la Comisión Electoral Nacional que condujo el último proceso de elecciones generales, fue Presidenta del Comité Ramal de nuestra organización para atender a los afiliados en las emisoras nacionales de radio. Integró jurados, distintos grupos de trabajo como el círculo especializado en temas jurídicos y parlamentarios, e impartió cursos de superación a sus propios colegas.

Sus responsabilidades en la UPEC, las simultaneó siempre con sus tareas de reportera estrella, experimentada, segura, precisa, puntual, ética y dispuesta, dejando constancia permanentemente de esos atributos insoslayables en un buen profesional, a los que nunca separó de su buena presencia, ademanes elegantes e impecable comportamiento personal, cuyo basamento radicaba en el caldo de cultivo que la Revolución propició para que prendieran con fuerza los valores esenciales y formales inculcados por una familia que preparó a sus hijos para enfrenarse de manera digna a la vida.

Ello le daba plena autoridad al hablar de nuestros problemas, de las cosas buenas y malas, de aquéllas que tienen asidero dentro del sector y de las que tienen sus causas fuera. De las que son subjetivas y de la que se sustentan en las complejas circunstancias de un país bloqueado y agredido, pero sobre todo del papel desempeñado por la prensa en la formación de una conciencia patriótica, revolucionaria y socialista en el pueblo cubano.

Tras su misión en África, en 1983, Gisela se incorporó a Radio Rebelde a la que entregaría sus principales fuerzas hasta que su energía se agotó. El colectivo depositó en ella toda su confianza al asignarle coberturas extraordinarias, tanto dentro de Cuba como en el exterior. Por eso se le vio entre los enviados especiales en viajes del Comandante en Jefe, como fueron la toma de posesión de Chávez y de Mandela.

Esta última la marcó por muchas razones, pero sobre todo por su piel negra y tener el privilegio histórico de celebrar en la propia Sudáfrica el fin del Apartheid, aquella indignidad humana que ella, con su aporte internacionalista en Angola, contribuyó a acelerar su desaparición de la Tierra.

Imaginamos su felicidad al ver abrazarse a Fidel y Mandela, los dos protagonistas principales de aquella ceremonia, en lo que había sido el principal bastión del racismo en el mundo.

Se graduó de periodista, y en el ejercicio mismo de la profesión se graduó como ser humano con magníficas notas. Fue ejemplo porque fue auténtica y consecuente con su palabra dirigida hacia el micrófono o hacia sus compañeros, en público, en familia o en privado.

Las condecoraciones que vimos sobre su féretro, no todas por cierto, nos recuerdan su desempeño como alfabetizadora, como cederista y federada destacada; como figura de la radio, la cultura nacional, el periodismo y el movimiento sindical; como internacionalista combatiente, corresponsal de guerra, y de distintas instituciones, como las Fuerzas Armadas Revolucionarias y la Asamblea Nacional, en reconocimiento a sus méritos políticos y a su labor profesional.

Estos son apuntes, principalmente tomados de documentos, de su historia personal escrita, y de testimonios de algunos compañeros y de nuestros años de trabajo común, pero la Gisela verdadera es la que está y estará siempre dentro de nosotros y nos acompañará hasta que la sigamos en nuestra despedida definitiva como debe ser.

La tendremos dentro en recuerdos grandes o pequeños, intensos o pausados, indelebles o fugaces, vistos desde la sensibilidad y la formación de cada cual.

García Márquez, al escribir sobre Hemingway tras su muerte de un escopetazo sorprendente, dijo del también periodista y escritor que este había muerto de muerte natural. Gisela vivió en la naturaleza de su tiempo, en la vorágine de la explosión social permanente de un proceso revolucionario genuino, y murió, en otras circunstancias de manera natural, como único mueren los buenos, rodeados del afecto de todos, de quienes la conocieron y en quienes su ejemplo dejó huellas, especialmente en los millones de oyentes que se identificaron, durante décadas, con su voz, sus ideas y su descripción no imparcial del mundo.

En nombre de su familia ejemplar, de sus colegas de Santiago de Cuba y de Radio Rebelde, del ICRT, de sus compañeros del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido, del Comité Nacional de la UPEC y de su Presidencia, agradecemos su presencia aquí esta mañana, que aunque luminosa nos resulta inevitablemente triste.

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