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Por su amplia repercusión, Tele  y Radio reproduce este artículo del Doctor en Ciencias sobre el arte Rufo Caballero, publicado en Trabajadores y en el Portal de la Televisión Cubana.  Rufo se pregunta: ¿Otros modos de concebir la programación en la televisión cubana?

La zona incierta entre el serial y la telenovela, la sobreactuación intencional en algunos desempeños, son virtudes que, al lado de cacofonías y simplificaciones, hacen visible el mérito de El balcón de los helechos. Pero tampoco estamos frente a una obra maestra: ¿Era como para volver a verla, tan pronto, en el horario estelar de la televisión cubana?

La retransmisión de El balcón… ha sido la gota que colma la copa. La gente no cesa de meditar, en tonos no siempre calmos, sobre la impertinencia que implica reiterar telenovelas y seriados solo a escasos años de su primer pase.

La televisión cubana se ha vuelto, en términos de dramatizados, un persistente culto a la onda retro, con referentes demasiado cercanos en el tiempo, cuando varios teleteatros y hasta novelas de más de dos décadas atrás tendrían hoy mucho que enseñarnos, la verdad. El caso está, creo, en que apenas existen algunos.

La gente debe entender que no se trata solamente de un problema de mentalidad o de criterio de programación.

La primera institución cultural que siente sobre sus espaldas la crisis económica es la televisión. La macrocrisis económica que vive hoy el planeta afecta sobre todo a una mega y metainstitución como la televisual, cuyo criterio productivo tiene que concebir, y resolver, a un tiempo, lo mismo noticiarios que revistas musicales, espectáculos públicos y actos oficiales, dramatizados, etcétera.

El audiovisual es muy caro, en todas partes.

El recorte era inevitable. Y a la hora de decidir entre la producción de una costosa telenovela (para nuestro contexto) o de asegurar la transmisión puntual de la información —que implica desplazamiento, movilidad de los equipos técnicos, etcétera—, la televisión garantiza, es lógico, lo segundo.

El compromiso comunicacional de la televisión está por encima de su aspiración al arte.
Claro, los dramatizados comunican, y comparten ideología, como pocos programas. Es justo ahí donde entran las valoraciones sobre programación la circunstancia actual no implica solo, pero sí también, una cuestión de mentalidad.

En los últimos años, no pocas series, tanto cubanas como extranjeras, vistas y agradecidas por nuestro espectador, han flexibilizado la expectativa que antes únicamente esperaba telenovelas en el límite del melodrama.

De alguna manera, ha ido cediendo el exhibicionismo del sentimiento, en favor de propuestas más racionales, de otros valores conceptuales. Prende la comprensión de que incluso las emociones poseen su rigor. A ello ha contribuido toda una fuerte tradición de unitarios (telefilmes, teleteatros, cuentos a partir de adaptaciones de la literatura al audiovisual), que suponen una considerable competencia para los más rancios patrones de la telenovela convencional. Los realizadores cubanos sumergen al espectador en mundos dramáticos más complejos, que manipulan sabiamente ganchos y mecanismos empáticos de la telenovela, para suscitar una mirada incisiva al entorno social, a los sujetos y las problemáticas de la Cuba contemporánea.

Me pregunto entonces: ¿Por qué, mayormente, se asocia la franja de estelaridad —por tradición vinculada entre nosotros al dramatizado— a la telenovela, o en general, a producciones seriadas bastante recientes, que pueden multiplicar el tedio del receptor? Obligados por las circunstancias, ¿por qué no pensar mejor en lo episódico, en el dramatizado unitario que perfectamente pudo escapársele al espectador en su primer pase, años atrás?

La producción de unitarios en Cuba viene siendo tan interesante y copiosa (en algún momento fue proclamada como la cresta de la ola audiovisual, por encima del cine) que pudiera pensarse en ciclos, por autores o temáticos. Digamos, los dos grandes autores, Charlie Medina y Rudy Mora, agradecerían sendos ciclos que sistematizaran sus estilos y preocupaciones en el unitario. Los teleteatros de Tomás Piard, en mi criterio lo más valioso de su producción, pudiera ser otra variante. Un cuarto ciclo pudiera ocuparse del cierto tono, feminista o no, supuesto por la incorporación, cada vez mayor, de realizadoras, bajo las interrogantes:

¿La condición de género del sujeto que dirige implica una mirada-otra a la realidad? ¿Ese solo supuesto entraña ya una segregación peligrosa? En otro orden, ¿qué áreas privilegian los realizadores, como Delso Aquino, que van consolidando una obra?

Pudiera alternarse los ciclos; algo así como esto: el lunes para los autores; el miércoles para las realizadoras (o al revés, no quiero suspicacia de género); el viernes dedicado a ciclos temáticos, según problemáticas sensibles. También, puntualmente, puede pensarse en la retransmisión de capítulos finales de telenovelas o series, o capítulos climáticos, y a partir de la reacción, pensar en la posible continuidad, con un criterio más dinámico, atento a la retroalimentación.

En todo caso, no es lo mismo reprogramar un episodio que toda una serie o telenovela, capaz de esclavizar al espectador sin otras opciones que el déja vu y la longaniza. Esto da idea, además de la pobreza material, de pobreza espiritual.

Otra opción sería pensar muy seriamente, en las condiciones actuales, cuánto daño puede hacernos el chovinismo. Siempre que exista una vibrante y sonante producción nacional, claro que debe tener el protagonismo.

Eso sucede en Cuba, en Estados Unidos, y en todas partes. Toda cultura intenta afincar los valores que la sustentan. Pero si en un período no hay producción porque la economía no lo permite, ciertos filmes y seriados extranjeros pueden resultar igual de pertinentes, siempre que respondan a nuestra escala de valores.

Lo importante no es el cubaneo de superficie sino los valores de fondo.

Valdría revisar toda esa producción de seriales —no solo de Estados Unidos; de Europa, de Latinoamérica— y programar en horarios estelares series vigorosas que, hablando de espacios o tiempos distantes, afirmen una escala de valores que nos interesa aquí.

A veces siento que el examen de lo foráneo resulta un tanto ligero. No siempre “sexo, violencia y lenguaje de adultos” son los principales “problemas”.

En ocasiones, el veneno viene envuelto en una amable apariencia de comedieta tonta, de clase media americana, donde se nos dice que, caramba, aquel sí que es el mejor de los mundos posibles, porque, por encima de los escollos del camino, aguarda un final amable, confortante, donde el individuo puede acariciar, en definitiva, el sueño americano. Análisis, distingos de este tipo, son los que se precisan, y no determinadas devaluaciones gruesas.
El caso es que pensemos todos en escapar del moho y la naftalina. Una cultura como la cubana, que ha renacido mil veces de penurias y condiciones no propicias, no merece el marasmo de la reiteración acrítica.

Por si acaso, ahora mismo recuerdo una aventura que vi cuando era un nené. Se llamaba, como el personaje y la novela, Enrique de Lagardere. Si se enteran de que la van a repetir, me avisan. Recuerdo que entonces me encantó, y nunca la recuperación de la infancia está de más.

Fuente: Rufo Caballero/ Trabajadores y Portal de la Televisión Cubana

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