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En no pocas ocasiones he escuchado decir que las palabras tienen alma. Tal vez alguien se pregunte cómo puede ser eso posible cuando las palabras son como brisas que pasan, acarician el rostro y después no vuelven más. Sin embargo, me atrevería a afirmar que no solo tienen alma, también poseen fibra, emoción, sentimiento..., elementos todos que cobran vida en esos profesionales de la voz y artistas de la expresión oral que son los locutores.

Con los ecos aún latentes del II Encuentro Científico Nacional de Locución —espacio de análisis y diálogo acerca de temas claves de ese sector en el país— quedaron revoloteando algunas ideas sobre las cuales valdría la pena volver la mirada. Entre ellas, los principales desafíos que enfrenta el ejercicio de la locución. Con ese propósito JR conversó con experimentados profesionales del habla.

«Muchos son los retos», comentó Marialina Grau, presidenta de la sección de Locución de la UNEAC. «Debemos darle la importancia que merece a la expresión oral, la limpieza al hablar, el respeto al español que hablamos en nuestro país y el cuidado de las curvas entonacionales, todo lo cual conforma nuestra identidad. Los cubanos hablamos con una musicalidad que nos distingue, de la misma forma que los argentinos, chilenos, uruguayos y mexicanos tienen la suya».

¿Cuántas veces no vemos o escuchamos en nuestros medios de comunicación a personas que emplean frases foráneas, copian estilos o se proyectan de una forma que no es la idónea? En busca de las causas nos topamos con un aspecto que ha generado mucha polémica: la intrusión profesional.

Según algunos experimentados locutores, es común ver a populares artistas —ajenos al campo de la locución— presentando o conduciendo espacios para aprovechar su atractivo en aras de despertar el interés del público. Sin embargo, no son pocos los que con su desempeño perjudican el ejercicio del buen decir ya que no están formados o habilitados.

Al respecto, Edel Morales, quien marcó época en el Noticiero Nacional de Televisión, significó que hay presentadores, conductores y animadores que no reúnen las condiciones requeridas, a pesar de que se desempeñan en estos roles.

«Se impone atajar a tiempo cuestiones como estas que desvirtúan la profesión. Como consecuencia se cae en la chabacanería y la banalidad reflejada en la mala dicción, en los problemas para articular, y en la incorrecta pronunciación y lectura de la cadena hablada. Injustamente se atribuyen erratas al locutor, que ha sido siempre una persona preparada y patrón de la expresión oral. Ni la radio ni la televisión pueden hacerse eco de malos ejemplos con frases que desgraciadamente se van acuñando en el público».

Hay casos excepcionales, recordó Marialina. «Tenemos los ejemplos de Rosita Fornés, quien fue muy buena conductora, además de cantante, actriz y bailarina, pero se preparó para esa labor; y el de Esther Borja, conductora también durante muchos años de un programa musical. Ellas lo pudieron hacer, pero esa no es la situación de la mayoría. Ser actor o cantante no implica que puedas llevar adelante la conducción y ese es un factor que se debe conocer y tener presente».

En opinión de los profesionales entrevistados, la búsqueda de voces y rostros del agrado del público —en un intento de ganar en atractivo o proyectar más naturalidad— no significa sacrificar la técnica y la profesionalidad.

Para Miguel Sierra, locutor de la emisora Radio Cadena Habana, «si tienes incorporado hablar correctamente lo haces con naturalidad, de lo contrario la expresión oral se percibe forzada y conduce a la pérdida de credibilidad».

Consideró que el principal desafío de la locución es lograr ser reconocida como tal y que no se minimice, pues es un arte con un alto nivel de responsabilidad. «Los locutores devienen paradigmas no solo del idioma sino también del sistema de valores. Las personas imitan a los locutores —quienes llegan al círculo más estrecho de las relaciones interpersonales—, por tanto no se puede descuidar la importancia de un individuo frente a un micrófono».

Hay quienes afirman que en Cuba hay una decadencia de la locución, señaló César Arredondo, con sus dotes de excelente comunicador. «Pienso que no es así, sino que simplemente estamos en otro momento donde es vital insistir en la superación y el adiestramiento».

Ante los retos, se impone la necesidad de abogar por profesionales cada vez más preparados y capaces de responder a las exigencias de una labor para nada sencilla. El locutor no es ese personaje que está en los medios como un simple transmisor de mensajes o ideas plasmadas en un guión. Es un artista capaz de dominar la técnica y poseer sensibilidad, un orfebre de la voz, que educa y se erige como patrón identitario de referencia y paradigma de la cultura idiomática.

FUENTE: Lourdes M. Benítez Cereijo, de Juventud Rebelde.   En la foto, dos grandes de la locución en Cuba, los maestros César Arredondo y Franco Carbón.

 

 

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