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El universo de la intelectualidad cubana asume hoy con dolor la pérdida de Rufo Caballero, uno de los más lúcidos y brillantes exponentes de la crítica y la investigación cinematográfica y audiovisual en la Isla.
   En solo 45 años de edad, con los cuales contaba al morir,  Rufo se destacó por sus análisis sobre diversas facetas del arte en medios y revistas tan diversas como el Caimán Barbudo, la Gaceta, Unión, la Letra del Escriba o publicaciones periódicas como el diario Juventud Rebelde.
   Tampoco su corto paso por la vida fue impedimento para que se convirtiera en uno de los más jóvenes doctores en Ciencias sobre Arte en la Isla, prueba fehaciente de su amor por la investigación y el desarrollo del pensamiento.
  Sus criterios, lejos de cualquier paternalismo llegaron siempre acompañados de profundos razonamientos teóricos, de ideas apuntaladas con el conocimiento de quien dedicó una vida al estudio y debate de las más diversas tendencias del mundo de la creación.
   Pocos temas le fueron ajenos a Rufo, al reflexionar lo mismo sobre artes plásticas y ballet que para acometer un examen de una puesta en escena o un producto audiovisual
  Y es que si se tuviera que señalar un aporte del crítico a la conformación del pensamiento cultural de la nación sería la aguda visión que tuvo para introducirse y emitir valoraciones sobre zonas complejas como el cine negro, la poética del director Humberto Solás o el séptimo arte en Latinoamérica.
  Su carrera como docente también fue meritoria porque desde su puesto como profesor titular de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana o en diversos cursos, supo entablar puentes de intercambio de ideas con los estudiantes.
   Su aparente postura de serio intelectual ocultaba a un Rufo que, como buen cubano, era amante de la música popular bailable como Van Van o la Charanga Habanera.
   Durante la última edición del Festival Internacional de Cine Pobre Humberto Solás, ofreció una conferencia donde ante la mirada atónita de todos confesó, entre risas, su pasión por el deporte.
  Así era Rufo Caballero, de complexión rolliza y amplio diálogo, quien más allá de títulos y premios supo ganarse desde la página de un libro, una revista o un espacio de crítica televisiva, un lugar en la vida cultural de Cuba.

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