Facebook Twitter Google +1     Admin

José Martí y el pito de los trenes

Publicado: 19/05/2011 00:12 por Tele y Radio en De Cuba
20110519051213-marti-tumba.jpg
 

Qué dos cosas le faltan a mi pueblo!: el mar y un rinconcito pisado por Martí.

Uno no se resigna. Uno se sigue imaginando un malecón con luna y con muchacha. Uno vuelve la vista sorprendido y es feliz el instante que tardamos en admitir que no: que aquel señor de mostacho y traje negro, recién llegado en tren, no puede ser José Martí.

Aunque una vez escribió que odiaba el mar en cuyo lomo complaciente llegaba el buque de un tirano, el mar y él son dos costados de una misma ausencia: Apóstol que no arriba a la estación, costa que deseamos para que una botella traída por el oleaje anuncie que al fin llega, que Santa Clara −nueva Tampa−, banda de música y banderas, se levanta a abrazarlo.

Uno sueña la escena: los niños prestos a observar cada gesto para imitar los ademanes, la voz del peregrino... Y, apretujados en la primera fila, ante el andén, los más queridos santaclareños: el brigadier Ramón Leocadio Bonachea, a quien un día recordó que Las Villas necesitaban a sus gloriosos veteranos; Ricardo, "el buen Garófalo", y una manta de lana donde se abrigan ese desinterés, esa caridad y esa constancia que en otras partes tienen otros nombres, pero en Santa Clara se llaman Carolina Rodríguez.

Dulce espejismo el de cargarle su desgastada maleta de cuero y conducirlo hasta la glorieta, donde el Delegado iba a hablarnos antes de sacudirse el polvo del camino.

Pero no vino nunca.

Quien sí llegó una vez fue el doctor Mañach. El 24 de febrero de 1949 pronunció el discurso inaugural de ese Rincón Martiano que queda justo frente a la terminal ferroviaria. Allí estuvieron el alcalde Artiles y otras personas de mucho ringo rango. El escultor Alfredo Gómez y el arquitecto Silvio Pairol nos regalaban el muro con el busto y los dos imprescindibles aforismos. Mientras, Mañach nos convocaba a "este lugar sagrado, al cual de hoy en adelante deberán venir los villaclareños con la frente alta, la mejilla limpia y la mirada clara, a rendir tributo de devoción..." Y Mañach comentaba: "Siempre suponemos al Martí fulgurante que cae desplomado en Dos Ríos, pero no recordamos suficientemente aquel otro heroísmo suyo, pequeño y cotidiano..." Y Mañach advertía: "Porque le tengamos un rincón a Martí no hemos cumplido con él; aquí él puede también estar arrinconado."[1] Mañach siguió viaje. Al otro día el pito de los trenes sonó igual.

Pobre ciudad de Santa Clara a la que el Maestro dedicó tan pocas líneas. Para colmo, la vez que apareció bajo su firma que Santa Clara no fallaría, no era sino una errata. Pobre ciudad, más pequeña en el mapa de mi nostalgia que aquellas veinticinco casas de Hanábana por donde cabalgó el niño jinete, junto a su gallo que valía dos onzas... Más pequeña que El Abra, finca de Isla de Pinos por donde se paseó en volanta. Más pequeña que Regla, en cuyas calles empedradas el joven tribuno soñó que brotaban las flores. Y que la villa de Guanabacoa, cuyas tejas catalanas temblaron ante el grito de: "¡Muerte, Muerte generosa, Muerte amiga!"[2] Pobre ciudad de Santa Clara, más pequeña en el mapa de mi nostalgia que los villorrios de Oriente donde el Delegado descubrió que ascendía a su plena beldad en el silencio de la naturaleza.

¡Qué dos cosas le faltan a mi pueblo!

Los trenes pasan, pitan desalentados, mientras espero que el océano me traiga una botella con el aviso de que ha llegado el día tremendo; de que retumba el himno; de que se izaron las banderas; de que −por fin− Martí me abraza frente a este malecón inexistente.

......................................
Tomado de: Después del huracán, de Yamil Díaz Gómez. Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, Cuba, 2007

[1] Jorge Mañach: Discurso pronunciado por el Dr Jorge Mañach Robato en el acto de inauguración del Rincón Martiano, en el Parque de los Mártires de la Ciudad de Santa Clara, Editorial Lex, La Habana, 1949, pp. 3, 7 Y 12.

[2] José Martí: Obras completas. Edición crítica, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2002, t. 6, p. 89.

Yamil Díaz Gómez (Santa Clara, 1971). Licenciado en periodismo. Escritor y editor. Ganador en cinco ocasiones del certamen literario Fundación de la Ciudad de Santa Clara, ha obtenido además los premios Abril (1994), Bustarviejo (1996), Regino Pedroso (1998), Razón de ser (2000), Poesía de amor Varadero (2001), Dador (2004), 26 de Julio (2006), Memoria (2006), entre muchos otros. Ha publicado los títulos: Apuntes de Mambrú (1993, 2006), En el buzón del jardín (1999, 2002), El flautista en la cruz (2000), Soldado desconocido (2001, 2006), Crónicas martianas (2001), Lluvia (2004), Fotógrafo en posguerra (2004, 2006), Los dioses verdaderos (2005), Ese jardín perdido (2006), y La guerra queda lejos (2006). Aparece en numerosas antologías. Trabaja como editor de la revista Signos.

http://www.lajiribilla.cu/2010/n481_07/elcuento.html

Comentarios  Ir a formulario



No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.





Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris