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La austera fachada de piedras de cantera, levantada sin adornos frente a la nave de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora del Rosario junto a su campanario, desentona, como para despistar, con la exuberante explosión de riquezas que atesora tras sus puertas de madera.

En su interior, el gigantesco altar luce aún «sus columnas salomónicas recubiertas de oro, sus hojas de acanto entretejidas, sus guirnaldas barrocas» tal como lo describiera Alejo Carpentier, quien precisamente ante el sagrario contrajera nupcias, cortejado desde las pechinas por santos y cristianos salidos de la mano de quien es considerado el primer pintor cubano del cual se tenga referencia cierta, José Nicolás de Escalera.

Son estas pinturas al óleo, de forma triangular, las que han sido restituidas a su lugar original después de ser intervenidas en el Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM), justo al cumplirse este año el aniversario 65 de que fuera declarada Monumento Nacional la villa de Santa María del Rosario, ubicada en el municipio de Cotorro, a unos 25 kilómetros del centro de La Habana. Una noticia que recibo con alegría del historiador Orelvis Rodríguez Morales.

Después de seis años de intensa labor realizada por un grupo de especialistas en pintura de caballete de dicha institución, con la especialista principal, Licenciada Zayda Sarol Cepero a la cabeza, reposan finalmente en el alfarje del crucero de la iglesia las obras La Rosaleda de Nuestra Señora y Santo Domingo y la Noble Familia de Casa Bayona, que se unen a La donación de Nuestra Señora a Santo Domingo, repuesta en enero de 2004; en tanto La Glorificación de Santo Domingo espera en fase de estudio para su cercana restauración.

Imprescindibles son para la historia de la plástica cubana estos cuatro cuadros donde se entrelaza la típica temática religiosa que caracterizó la producción pictórica criolla del siglo XVIII, con la huella de su maestro pintor y la de un condado anclado a la historia de los predios rosareños.

La más famosa de las cuatro es, sin duda, Santo Domingo y la Noble Familia de Casa Bayona, y es que en ella aparece, por primera vez, la representación de un hombre negro en la pintura cubana. Su figura irrumpe junto a la familia condal en un primer plano, y no se sitúa a la diestra del santo donde están las mujeres y los hijos, sino a su siniestra donde aparecen, por supuesto, los señores más prominentes, entre ellos el primer Conde de Casa Bayona, a cuyos pies, como fiel servidor aparece este sentado, mientras que con desenfado cruza su brazo por sobre la pierna derecha de su amo.

No sabremos nunca si la pose singular sea acaso la confirmación de la leyenda que a través de los años ha venido a explicar su privilegiada aparición entre los nobles y el santo patrono. Pero de boca en boca nos ha llegado a través de los años la imagen de un esclavo que cargaba barriles de agua de cierto manantial enclavado en las inmediaciones del ingenio Quiebra Hacha y el corral Jiaraco, tierras de su propio señor, el conde Don José de Bayona y Chacón.

Hasta su casona en La Habana, que hoy alberga el Museo de Arte Colonial en la Plaza de la Catedral, trasladaba el agua sulfurosa y los fangos medicinales el siervo, con el propósito de sanar la pierna gotosa de su amo, tal como había curado en más de una ocasión las fatigas del trabajo diario a sus hermanos de la dotación.

El negro se convierte así en el descubridor de las propiedades de las aguas mineromedicinales del balneario de Santa María, gana además su libertad y une su imagen milagrera africana a la del español Domingo, quien según la tradición resucitó a un ahorcado. Concretándose así por esos azares del destino en un solo cuadro, primigenio además, el resumen de una idiosincrasia criolla que entrelaza en su seno cultural, étnico y religioso, la sangre negra con la blanca.

Y por si esto fuera poco, la leyenda de un pintor mestizo detrás de la persona de Nicolás de la Escalera, que solo se vino a aclarar en las postrimerías del siglo XX, con el descubrimiento de su partida de nacimiento en el libro de bautismos de blancos en la Catedral de La Habana.

Pertenecía al gremio de pintores y era considerado maestro. Por su estilo eminentemente eclesiástico el Diccionario de Artistas Plásticos de Cuba, de Antonio Rodríguez Morey, supone su formación en las comunidades religiosas que se asentaron en la Isla, y se aventura a inferir que fueran los dominicos quienes lo iniciaron, por la preponderancia de su patrono en muchas de sus obras.

El primer óleo de Nicolás del que se tiene noticia es un retrato que le hace a Don Luis Vicente Velasco, valeroso capitán de navío que murió defendiendo de los ingleses la fortaleza del Morro en 1762. Sin embargo, sus mayores esfuerzos los destinó a numerosos cuadros realizados para retablos, entre ellos una obra de grandes dimensiones que compone para el Convento de San Francisco, y la Santísima Trinidad de formato lobulado que forma parte de las piezas más notables de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes.

Llamada con justicia por el Obispo Espada y Landa «la Catedral de los campos de Cuba», la iglesia de Santa María congrega hasta hoy, en las faldas de la loma en la que está asentada, las viviendas coloniales y la casona de verano construidas por mandato del conde; y es la misma en que fuera bautizado el primer científico de Cuba, Dr. Tomás Romay y Chacón, que alcanzó celebridad al probar públicamente en sus pequeños hijos y él mismo la recién descubierta vacuna contra la viruela. Años más tarde pasaría por las aguas el ilustre hispanista José María Chacón y Calvo, el sexto y último conde cubano de Casa Bayona. Y hasta la Reina Sofía de España habría de conocer en su visita a la Isla en 1999, esa misma capilla que hoy ostenta restauradas las valiosas pinturas de Nicolás de Escalera.

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