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Por estos días un tema musical y su video avivan cierta discusión entre los cubanos. El Chupi Chupi, reguetón de Osmani García ,ha sido retirado de la próxima edición de los premios Lucas, luego de que inicialmente fuera nominado a ese galardón en unas cuantas modalidades, entre las que se incluían la de mejor producción, edición, fotografía y dirección de arte.

El Chupi Chupi, como su nombre lo indica, es una de las tantas golosinas audiovisuales que hoy se graban y se difunden al por mayor en nuestros medios masivos, y que como golosinas al fin y al cabo, no nutren el acervo cultural de los cubanos, por el contrario, enferman de mal gusto. Sin embargo, aunque no dista tanto de otros temas similares parece haber tocado límites con sus contenidos de sexismo, chabacanería y doble sentido grosero.

Si usted aduce que una supuesta mayoría lo sigue, ello no constituye argumento aceptable. Lo corruptible siempre tiene sus recursos para hacerse populachero, y si de algo se valen propuestas similares es de mensajes que rozan lo más vulgar y callejero de nuestras anti-esencias, que por simplistas pueden resultar pegajosas. He ahí el real peligro, tras la supuesta inocencia de estos productos se esconde la funesta desculturalización de nuestros pueblos.

Lo que resulta inaceptable es que videos como el Chupi Chupi, se cuelen en el certamen de nuestros mejores clips y se divulguen sin reservas. Hace rato venimos insistiendo en la necesaria responsabilidad que se precisa en nuestros medios de comunicación masiva.

Si por un lado en el mundo tecnológico en que vivimos cualquiera puede tomar fotos sin ser fotógrafo, cantar, grabar y filmar sin ser artistas, y hasta difundir digitalmente cada una de sus más o menos felices incursiones, lo ilógico es que la radio la TV y los espectáculos públicos sigan ese juego.

Es triste e incomprensible que en Cuba la presentación de una de las principales instituciones danzarias de todo el mundo, como resulta nuestro Ballet Nacional, sea cientos de veces menos costosa al público que un espectáculo con Baby Lores. ¿Cuántos valores culturales pueden deformarse ponderando solo un ritmo que mueve las caderas?

Nada es absoluto. Hay reguetones buenos como pésimas baladas. Y también hay poesía en el tema Nalgas, de Buena Fe, que aún con su mensaje explícito constituye casi un himno al deleite corporal.

Sin lugar a dudas, en el caso en cuestión ni siquiera se trata de un remedo jocoso del Guayabero, Chanito o Formell, como algunos pretenden esgrimir. A mí, como a todos los cubanos, me gusta que baile Marieta, pero no con el deplorable y pegajoso compás que marca el Chupi Chupi, de nadie.

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