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NUEVA YORK. – La mañana de este viernes en la Asamblea General de las Naciones Unidas deparó un momento histórico cuando el Papa Francisco, en un contundente discurso pronunciado en español e interrumpido reiteradamente con aplausos, abogó ante los líderes de la comunidad internacional por un mundo sin exclusión, sin guerras ni armas nucleares, donde prevalezca la justicia para todos y se ejerza un verdadero derecho del ambiente.

El presidente cubano Raúl Castro Ruz, anfitrión del Obispo de Roma durante cuatro días en la Isla antes de su visita a Estados Unidos, estuvo entre los atentos oyentes de la intervención que se convirtió en perfecta antesala de la inauguración de la Cumbre que aprobará la Agenda de Desarrollo posterior al 2015.

El Papa Francisco recordó que esta era la quinta ocasión en que un Sumo Pontífice visitaba las Naciones Unidas, antes lo hicieron sus predecesores Pablo VI en 1965, Juan Pablo II en 1979 y 1995, así como Benedicto XVI, en 2008.

Reconoció la trayectoria de la Organización que por estos días celebra su 70 aniversario, la cual ha dado “respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de distancias y fronteras y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación del poder. Una respuesta imprescindible ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades”.

Dijo que aun cuando son muchos los graves problemas no resueltos todavía, “es evidente que, si hubiera faltado toda esa actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades”.

La experiencia de estos años, consideró el Papa, muestra que la reforma y la adaptación a los tiempos son siempre necesarias, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación real y equitativa en las decisiones.

“Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sustentable de los países y la no sumisión asfixiante de estos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia”.

Fue enfático el Sumo Pontífice al afirmar que “dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales”.

Estimó luego que el abuso y la destrucción del ambiente van acompañados por un imparable proceso de exclusión. “Un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles y con menos habilidades”.

“La exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados a vivir del descarte y deben sufrir injustamente las consecuencias del abuso del ambiente”.

No bastan los compromisos asumidos solemnemente, subrayó. El mundo reclama una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado.

Sobre la nueva Agenda de Desarrollo posterior al 2015 que debe quedar aprobada en la Cumbre, reflexionó que el indicador más simple y adecuado para su cumplimiento será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad de espíritu y educación.

Aseveró que la guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. “Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y entre los pueblos”.

Exhortó el Papa Francisco en la ONU a empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación. Hizo votos luego para que “el reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear en una región sensible de Asia y Oriente Medio… sea duradero y eficaz y dé los frutos deseados con la colaboración de todas las partes implicadas”.

Mencionó igualmente el fenómeno del narcotráfico, “otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas”. Una guerra “asumida” y pobremente combatida, que va acompañado de la trata de personas, del lavado de activos, del tráfico de armas, de la explotación infantil y de otras formas de corrupción, expresó.

Y luego de citar al gaucho Martín Fierro, un clásico de la literatura de su tierra natal, Argentina, que canta: “Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera”; convocó a los representantes de los Estados a dejar de lado los intereses sectoriales y las ideologías para buscar sinceramente el servicio del bien común.

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