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La última vez que José Antonio Rodríguez apareció en público fue precisamente en un teatro. Cumplía 80 años, y un sencillo tributo en el Centro Cultural Bertolt Brecht congregó a familiares,amigos y artistas a celebrar su aniversario. Los que estuvimos presentes en el homenaje no pudimos menos que regocijarnos por su presencia física, por verlo en pie,aun cuando su mente estuviera atravesada por una enfermedad degenerativa.

Un año hace de este encuentro y ahora recibimos la noticia de su muerte, que no por esperada es menos dolorosa. Pero dejémoslo claro, aun cuando no quede ya entre nosotros esa fuerza expresiva, organicidad y técnica iluminada que hicieron de él una de las mayores figuras de la escena nacional, su maestría permanecerá por siempre.

José Antonio Rodríguez fue un protagonista absoluto, un hombre que concibió la actuación no solo como un acto de amor, sino también de conocimiento.

Nacido en La Habana, en 1935, se inició en la radio donde trabajó durante muchos años, hasta que, a partir de 1961, pasó a formar parte del Conjunto Dramático Nacional. Siete años después, integró el célebre grupo Los Doce, de Vicente Revuelta y luego, se unió a la tropa de Teatro Estudio.

Fundador y director del grupo Buscón, intervino como actor o director en innumerables puestas teatrales, entre ellas, Los asombrosos Benedetti, Buscón busca un Otelo, y Cómicos para Hamlet, versiones que llegaron a ser muy premiadas y reconocidas por el público y la crítica.

En 1962, debutó en el cine en el filme Cuba 58, de Jorge Fraga. Luego vendrían otros filmes también sobresalientes como La primera carga al machete (Dir. Manuel Octavio Gómez), Una pelea cubana contra los demonios y La última cena, ambas dirigidas por Tomás Gutiérrez Alea; Cecilia, de Humberto Solás y Pon tu pensamiento en mí, de Arturo Sotto.

A lo largo de su carrera, Rodríguez participó en más de una veintena de filmes, innumerables obras teatrales y programas para la radio y la televisión. Suerte de testimonio gráfico que nos queda a los que no pudimos disfrutarlo en escena. Su interpretación en la televisión del Rigoletto de Las Impuras, de Miguel de Carrión —recuerdan quienes la vieron—, fue memorable.

Su voz, además, figuró en la narración de una considerable cantidad de documentales tanto para el cine como para la televisión cubana.

Actor, locutor y director teatral, Rodríguez se consagró como una figura emblemática de la radio, el cine, el teatro y la televisión nacional, lo cual le hizo merecer, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional de Teatro en 2003.

Por su abarcador quehacer actoral recibió dos Premios Coral de actuación en festivales del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, la Medalla Alejo Carpentier, la Orden por la Cultura Nacional y, especialmente, el reconocimiento del público, que tanto lo estima y valora como excepcional artista de Cuba.

El silencio que desde hoy lo absorbe dialogará siempre con esa particular voz que durante tantos años nos ha acompañado y que muchos tendremos siempre en la memoria. No hace falta nada más.

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