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20080331194042-molto-ch.jpgAcabo de regresar de las provincias de Guantánamo y Santiago de Cuba. Mi condición de Vicepresidentes de la UPEC me ha permitido participar de los debates del VIII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, en medios de prensa provinciales y municipales: periódicos, radioemisoras, telecentros. Y en todas he sido testigo de la discusión franca acerca del papel de la prensa en Cuba socialista.

           

Antonio Moltó (izq.), durante el programa Hablando claro, de Radio Rebelde, junto a los colegas Herminia Rodríguez y Luis Sexto. (Foto JAMP)

 

Pero, me pregunto, cuándo no ha sido así, cuándo los periodistas no hemos debatido sobre el papel que en Cuba le asigna a la prensa la Constitución de la República y la plataforma programática del Partido gobernante. Habitualmente, tanto los periodistas como los políticos más influyentes en Cuba les han exigido a los medios y sus trabajadores un papel crítico, previsor, de alerta. Recientemente, el Buró Político del Partido Comunista aprobó un documento donde reitera su política acerca de la eficacia de la prensa, en un acto que fue la continuidad de momentos similares en tiempos pasados y recientes.

 

Los tres pilares que sostienen el Octavo Congreso de los periodistas, que celebra ahora sus sesiones de base, son, precisamente ese último documento en que se nos convoca  -incluyendo a organismos del Estado y organizaciones de masas- a la realización de un periodismo abierto y militante, crítico y responsable, comprometido con los valores más humanos y revolucionarios de la sociedad cubana. No se no ha convocado al silencio, no se nos ha recomendado la pusilanimidad. Al contrario, la Revolución, cuya perdurabilidad los periodistas, junto con la mayoría del pueblo, trabaja por garantizar, exige una prensa capaz de influir con sus enunciados informativos y sus percepciones reflexivas.

 

Junto a nosotros, en nuestras asambleas -a veces apasionadas porque la convicción implica también el calor que atiza los argumentos y exalta la verdad- están también los últimos discursos de Raúl, cuya claridad manifiesta, sin ningún resquicio para la duda, la continuidad histórica de sus ideas y valoraciones y las de Fidel.

 

¿Cómo sería posible el discurso del 26 de julio de 2007, en que Raúl habló de la necesidad de aplicar ciertas readecuaciones en la sociedad cubana, sin aquella clarinada del 17 de noviembre de 2005 cuando Fidel advirtió que los revolucionarios, con sus errores, podíamos hacer con la revolución lo que no habían podido los Estados Unidos en 40 años de hostilidad? Pero más atrás, en el año 2000, Fidel definió la revolución como el proceso que, entre otros significados, implica también cambiar cuanto tenga que ser cambiado para mejorarla.

 

Es decir, Cuba, su pueblo, su sociedad, el socialismo están viviendo hoy un período de mejoramiento en estructuras y métodos, estrategias y tácticas como le ha sido consustancial desde 1959. Eso explica porqué ha podido sobrevivir a tanta guerra con fuego y a tanta campaña basada en mentiras e infundios mediáticos que intentan manipular la opinión dentro y fuera de Cuba.

 

El tercer pilar, es, como ya he insinuado, la presencia de Fidel y su pensamiento.

 

Los periodistas cubanos sabemos qué lugar nos corresponde en este proceso. Sabemos, además, que aparte del apoyo político del Estado y el Partido dirigente, hace falta virtudes humanas como el valor, la honradez y la decencia y capacidades profesionales para defender la verdad y el gran ideal nacional de justicia e independencia, con altura, precisión, y dominio de las formas.

 

No nos sentimos hoy particularmente alentados. Estamos seguros que hoy es igual que ayer. Sabemos que hemos gozado de confianza y respeto. Sabemos que nuestra profesión en Cuba no puede responder a dineros y prebendas ni amenazas, sino que ejercemos una vocación que se consagra a defender los valores más limpios que trajo a Cuba la Revolución de Fidel y Raúl, juntos ayer, como juntos hoy en la gran causa de la nación.

 

Si algo hemos aprendido los periodistas cubanos ha sido a enfrentar la realidad, incluso a detectar nuestras deficiencias y debatir para corregirlas. Hoy, repito, no es distinto a cinco, diez o 20 años atrás. ¿Desde cuándo no peleamos por ejercer un periodismo militante y creador? Muchos de nosotros éramos jóvenes cuando pretendíamos ocupar el lugar que la Revolución nos asignaba. ¿Cuándo, pregunto, Fidel no nos estimuló a cumplir con esa herencia legada por Martí de hacer un periodismo que  no fuera aprobación bondadosa ni ira insultante, sino examen, consejo? Todavía en Cuba seguimos contando con Fidel. Todavía vemos en nuestras páginas el respeto que profesa a los medios usándolos como espacio de sus colaboraciones y firmando como uno de nosotros: como el compañero Fidel.

 

Uno se pregunta a qué tanta alharaca en medios del extranjero sobre los trabajos escritos, hablados, televisados de periodistas cubanos que enjuician con madurez y libertad la obra de todos. ¿Tengo que repetirlo? Ninguno de nosotros cree que vivimos un momento excepcional, único.

 

Quien esto escribe, que ha pasado 41 años de su existencia dedicado a trabajar en los medios, siempre ha utilizado en su labor una óptica crítica, dentro de las leyes y las reglas de Cuba. Dirijo y modero desde hace casi tres lustros el programa Hablando Claro, surgido a mi modesta iniciativa en 1993, en Radio Rebelde. El título es una declaración de principios y de fines: hablar claramente, abordar los problemas. Hoy decimos sin mordazas cuanto creemos que es justo y atinado. Nadie nos regaña, nadie nos dice que no digamos eso que todos los días, de lunes a viernes, miles de cubanos, incluso, oyentes en el extranjero, escuchan a las 12 y 15 del mediodía. Hoy decimos, sea reiterado, como dijimos ayer. Nada ha cambiado. Hemos sido los mismos y los mismos han sido nuestros criterios constructivos, reconociendo el mérito y criticando el demérito o el desvalor. Hemos tenido como divisa central en nuestro espacio crítico aquella recomendación de Fidel de apelar siempre a la vergüenza del ser humano.

 

Por ello, no creo que ninguna aviesa campaña de manipulación mediática quiebre nuestra unidad, ni las distorsionadas interpretaciones que se difunden en algunos medios del exterior amengüen nuestro ímpetu y nuestra vocación de servicio popular. Seguiremos haciendo lo que solo nosotros los cubanos, y los cubanos honrados, solidarios, enemigos de cualquier intento de someter a Cuba a caducas dependencias, podemos hacer en Cuba.

 

Ninguno de nosotros, los periodistas que en Cuba vivimos y trabajamos en medios cubanos, cobramos por mentir; ninguno de nosotros recibe un salario por volver los ojos al Norte,  a ese Norte que según Martí, siempre nos ha despreciado. No hay periodista independiente, esa es una verdad que la práctica y la teoría ya han desmentido. Siempre vamos a depender y nos diferenciará básicamente el tipo de dependencia. Unos dependerán del dinero que les paguen por  la servidumbre, la manipulación informativa, por  pasar mentira por verdad. Pero los periodistas cubanos, que hoy debatimos, hablamos, escribimos y estimamos que cuanto hacemos puede hacerse mejor, dependemos y servimos a los ideales de igualdad, libertad, independencia que nos viene como una tradición heroica desde principios del siglo XIX y que la Revolución, en 1959, renovó con la unidad nunca desmentida de Fidel, Raúl, Camilo, el Che y todo el pueblo, nutrida con la sangre de miles de cubanos de todas las generaciones.

 

En verdad, depender de esa causa y de esos valores, nunca será una deshonra.

 

Fuente:  Cubaperiodistas

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