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A mi amiga La Cadalso; la Minos, para algunos; para otros, la India Rebelde, acaban de otorgarle el Premio Anual de Periodismo Juan Gualberto Gómez, en Radio, por su talentoso e incansable quehacer periodístico a lo largo de varios años.  Porque se lo merece y lo ganó en buena lid, pues se impuso a Carlos Luis Molina y Abel Falcón, Tele y Radio... reproduce esta crónica que le dedicó el semanario Vanguardia, de Villa Clara, con el título:  ¡Usted no es Minoska Cadalso?…

 

Así le digo de manera jocosa a mi buena amiga Minoska Cadalso Navarro, corresponsal en Villa Clara de la emisora Radio Rebelde, cada vez que la veo en la calle. Como si fuera un gran admirador de ella —que realmente así me considero, como muchas personas más— suelo elogiarla en voz alta para que los demás transeúntes me escuchen y hacerla sonrojar sin saber dónde meterse, presa de su gran modestia.

A ella acaban de otorgarle el Premio Anual de Periodismo Juan Gualberto Gómez, merecido reconocimiento por su talentoso e incansable quehacer periodístico a lo largo de varios años.

Recuerdo cuando comencé a escuchar el nombre y la voz de Minoska en la radio —en una etapa de mi vida en la que ni soñaba desandar los caminos de la búsqueda y captura de noticias—, tanto como los reportajes, me llamaba la atención su nombre y apellido, pues creía estar escuchando a una nativa de la antigua Rusia de recio carácter; y a la vez, detrás de aquel femenino timbre vocal ideaba el rostro de una mujer digna de todos los piropos. ¡Cosas de la imaginación!

Mas, en esto último no fallé. Minoska es una persona hermosa por fuera y por dentro. Conversar con ella deviene garantía de pasar un rato inevitablemente agradable. Su facilidad para reír contagia a todos a su alrededor, y siempre tiene un chiste preparado a flor de labios que suelta en el momento menos esperado, además de sus interesantes historias sobre su labor como periodista.

Ella tuvo el privilegio de realizar varias coberturas a viajes de Fidel al exterior, matizadas por un caudal de riquísimas anécdotas, de las cuales jamás olvido la del «Síndrome de la ‘vietnamización’», que confieso me dejó perplejo.

Cuenta la Mino, como también cariñosamente le llaman muchos amigos, que en una visita realizada a Viet Nam decidió conocer la ciudad de cerca a través de sus calles. De inmediato un repentino mareo, casi llegando al desmayo, le impidió continuar la marcha. Al contarle lo sucedido a un funcionario cubano, con mayor tiempo de estancia en el país asiático, este le explicó que había sufrido el «Síndrome de la ‘vietnamización’», pues como cubana, estaba acostumbrada a ver personas de distintas razas en la Isla todos los días; pero, al cruzarse en la «tierra de los anamitas» con miles de personas del mismo color, esto le provocó un tipo de shock visual por la falta de costumbre. Está de más contar las risas y bromas surgidas a raíz de su historia.

Según apreció el jurado, se le entregó el premio por «la gran variedad y calidad de los trabajos, los disímiles temas tratados, la originalidad y la forma con que fueron elaborados y transmitidos por espacios de gran repercusión dentro de la emisora»; pero, detrás de este criterio de apenas cuatro renglones, hay varios años de sacrificio, entrega, dedicación y profesionalidad de una mujer que ha sabido auscultar las entrañas del periodismo, y ganarse el respeto de colegas y oyentes.

La historia del periodismo cubano estaría trunca si no se mencionase la obra de muchas féminas que han llenado de orgullo al más difícil de los oficios, como diría Gabriel García Márquez.

Mujeres de la estirpe de Ana Betancourt —considerada la primera correctora de pruebas de Cuba, al desempeñar dicha responsabilidad en el periódico El Mambí, publicado en la manigua redentora—, René Méndez Capote, Dolores Loló de la Torriente, Mirta Aguirre, Dora Alonso y Violeta Casals, hasta las enérgicas periodistas de estos tiempos, como Minoska, constituyeron, y constituyen, pilares fundamentales en la información y educación cotidiana de nuestro pueblo.

Me hizo muy feliz el premio de Mino, tanto por su condición de gran amiga, como de excelente profesional. A partir de ahora, al encontrarla en la calle, sabrá que no dejaré de decirle en voz alta: «¡Usted no es Minoska Cadalso…?», y le agregaré de inmediato «!…la periodista que obtuvo el premio Juan Gualberto Gómez?».

Y aunque su rostro adquiera el color del más maduro de los tomates, no le quedará más remedio que sonreír, y recibir un fuerte abrazo y un beso.
  Fuente Francisnet Díaz Rondón /  En cmhw.co.cu