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Mucho se habla por estos días en Cuba, a favor y en contra de la teleserie Diana, que trasmite Cubavisión en el horario estelar de la telenovela cubana.  Luego de meses de  "sufrimiento" con la reposición de Las huérfanas de la Obrapía, llega esta propuesta dirigida por Rudy Mora, que gusta a algunos más jóvenes y es prácticamente incomprensible por las abuelitas, el público más fiel de ese espacio.  Un elenco de lujo, pero un lenguaje televisivo difícil de comprender (a pesar de las continuas entrevistas a Mora, en las que tiene que explicar el propósito de la realización y sus esperanzas de que mejore el nivel de audiencia).  Muchos entendemos los diálogos solo gracias al sistema Close Caption para sordos e hipoacúsicos.  Por la polémica que ha generado la teleserie Diana, Tele y Radio reproduce el artículo "Rudy Mora, el francotirador", publicado por el joven periodista Yandrei Lay Fabregat, en el periódico Vanguardia, de Villa Clara.

Rudy Mora, el francotirador
 
   
La novela cubana tiene un nuevo inquilino. El huésped ha producido asombro, incluso rabia, entre los asiduos al espacio. A muchos incomoda los saltos del encuadre, el ruido ambiente, la oscuridad de las imágenes.

De Rudy Mora se puede esperar cualquier cosa. Escandalizó al público con sus dos anteriores propuestas: La otra cara y Doble juego. Detesta las telenovelas y prefiere las series cercanas a lo cinematográfico. Aprecia, en lo personal, la obra de Quentin Tarantino. Quizás por eso no debiera sorprender el vertiginoso ritmo de Diana, la serie de 35 capítulos que ahora estrena la televisión nacional.

Sin embargo, nadie esperaba la notable cercanía de Diana a los presupuestos estéticos de Dogma 95, el movimiento fundado por Thomas Vinterberg y Lars Von Trier. Estos dos cineastas daneses afirmaron que resucitaban el cine al fundar Dogma, el 13 marzo del 1995.

Dogma se convirtió en una suerte de sabotaje a la industria de Hollywood. Sus creadores cargaron sobre sí la herencia del «cinema verité» y la «Nueva Ola» de Jean Luc Godard. Los «dogmáticos» se obligaron a prescindir de la cámara fija, a utilizar la iluminación natural. Todas sus películas se encuentran situadas en un contexto específico y tratan problemas puntuales.

Los filmes provenientes de esa escuela cumplen al pie de la letra los diez mandamientos dictados por Viterberg y Von Trier. Un jurado internacional les ha otorgado la distinción a unas treintas y tantas películas. No obstante, la rigurosidad de los presupuestos éticos y estéticos de Dogma 95 ocasionaron que el movimiento se disolviera en el 2005.

La cámara de dogma, como muestra Diana, se convierte en un actor que hurga en la vida de los otros personajes. A veces desmiente lo que estos dicen y así mantiene al espectador en constante suspenso.

Capítulo II: Fernando está en el hospital. Acaba de morir su padre. La cámara indica que alguien lo sigue. De inmediato usted piensa en Juan Carlos, arrepentido por haber causado la muerte del viejo. Cambia el encuadre y muestra un arete de mujer. Usted sospecha de la vecina (Aurora Basnuevo). Otro salto de la imagen expone un pullover rosado y un cuello. Usted identifica al personaje con la muchacha que le había ofrecido té a Fernando unos momentos antes.

Las telenovelas, de manera tradicional, se construyen en base a planos medios y la cámara fija. Los personajes conversan y el encuadre se mantiene. Ante un diálogo que se extiende demasiado usted piensa: «En la novela no pasa nada» y cambia la vista.

Ese cartel no va con Diana. Ella emplea algunos de los mecanismos que caracterizan al vídeo clip. Además la escena cambia de forma continua debido a la ausencia de cámara fija. A lo mejor algún televidente se marea con tanto movimiento. La mayoría opta por mantener la atención fija y acomodar la pupila a cada segundo. Muchos desesperan, pero ninguno se aburre.

Capítulo XI (miércoles 29 de julio): Fernando conversa con la sobrina de Aurora Basnuevo. La muchacha evalúa el estado de la casa. «Te apuras demasiado», dice Lupe en el gimnasio. Se establece un contrapunteo entre ambas escenas.

El montaje paralelo, la construcción conjunta y los diálogos telescópicos son otras de las técnicas que Rudy Mora utiliza para dinamizar su historia. Un personaje dice algo y la respuesta llega desde otro lado de la trama. La narración se construye desde una voz múltiple, colectiva. Así cansa menos y alimenta más.

La serie otorga valor a los espacios marginados de la sociedad: el ingenuo, el discapacitado, el feo. Fernando Hechevarría, en una actuación de lujo, representa el primer galán tartamudo de las telenovelas cubanas.

Mucha atención merece la historia del mudo en el capítulo XI o la mamá del personaje que interpreta Blanca Rosa Blanco. A veces los que menos dicen son los que más tienen que contar. Algo que Dogma 95 había aplicado hasta la saciedad en Los Idiotas o Bailarina en la oscuridad.

Una compañera del trabajo manifestó hace unos días: «Quiero una novela que me haga soñar, para ver problemas mejor miro la calle y ya». Pero Diana es un llamado de alerta, una intervención pública. Muestra la realidad sin cosméticos. Nadie debe cerrar los oídos ante ese mensaje.

Son potentes los mecanismos que mueven la historia: el dilema de la vivienda en primer plano, aparejado a los dramas de la convivencia. No por gusto Cuba presenta una de las tasas de divorcio más alta de América Latina. Diana toca, asimismo, los conflictos intergeneracionales, la violencia. Cada capítulo lleva un muestrario de los problemas reales del país.

Muy bueno el trabajo de la dirección de arte y la ambientación. La precariedad y las condiciones de la vida en los repartos se representaba de manera superficial en otras producciones. Diana no se preocupa por las mansiones del Vedado o las casas de Santo Suárez. Dos espacios habituales en los culebrones de producción nacional. Las palmas para director de fotografía, sonidista y editor. Y más si se toma en cuenta que se estrenan en el oficio.

La serie tiene cosas criticables. En ocasiones el sonido ambiente no deja escuchar los parlamentos. Este problema, que pudiera ser un efecto dirigido, atenta contra la percepción del televidente. Lo mismo sucede con la banda sonora. A propósito, un excelente trabajo de Juan Carlos Rivero.

El título de la serie remite a la idea de que la imagen va dirigida hacia un blanco. ¿Dónde se encuentra la verdadera «diana»? Nadie lo sabe. Quizás fuera, quizás dentro de todos nosotros. Lo que sí es seguro para todos es que Rudy Mora cogió bien la puntería. Y al parecer va ganando el combate.

Fuente:  Yandrey Lay Fabregat, del periódico Vanguardia, de Villa Clara.

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