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Telenovela, lo que se dice telenovela, no es ni le hace falta serlo. La serie cubana de tema contemporáneo y horario estelar Bajo el mismo sol, en su primera temporada emitida bajo el título de Casa de cristal, ha operado el portento de permitirle al espectador la identificación con los personajes y apasionarse con la trama, sin menoscabo de la solicitada reflexión sobre el entorno psicosocial en que se aman, se odian, se ayudan o se hunden los personajes.

El disfrute emocional del drama, aparejado con ciertos niveles de verosimilitud y criticismo, parecen ser los requerimientos dictados por un importante sector de nuestro público, muy consumidor de ese mundo sentimental, casi siempre romántico, de las telenovelas, pero casi siempre dispuesto a exigirle a las cubanas que le permitan, al menos, reconocer su propia realidad multiplicada en miles y miles de pantallas domésticas.

La espléndida luz de esta serie toma forma, sobre todo, a través de admirables actuaciones protagónicas, y de un guión atento a las normas de la acción convenientemente diseminada, además de la intriga imprescindible, el suspenso, la riqueza en las subtramas y, sobre todo, el diseño eficazmente complejo de los personajes principales —sobre todo de las tres protagonistas, Tania, Doris y Lisette— todo ensamblado con el loable propósito de procurar que nosotros todos, espectadores, seamos capaces de mirar de frente nuestros propios prejuicios de índole personal, sexual, filial, racial, social y como pueblo.

Esta vez el resultado en pantalla a partir de la historia escrita por el consagrado escritor radial Freddy Domínguez (La cara oculta de la luna) ostenta mayor hondura y capacidad inclusiva a la hora de imbricar las facetas públicas y privadas de los personajes, y ponderar ambas esferas dentro de la coherencia necesaria para que la tesis global aparezca nítida, irrebatible, e impida distorsiones, lecturas aberradas o malentendidos.

El elogio a la capacidad de levantar la cabeza y seguir adelante, la ineludible contribución de la familia y de otros actores sociales a la solidificación de una ética, la comprensión de los errores humanos y la disposición de ayudar a superarlos (que no significa convertir la tolerancia y el perdón en el pozo sin fondo de la carencia gradual de valores) aparecieron en la serie con las dosis convenientes de verismo y calidez humana, sin teques ni parlamentos regañones, ni charlas sancionadoras de todo aquello que se salga de la norma. Lo más importante parece haber sido, para el guionista, el director y las actrices, conservar intacta la verdad de estos tres personajes, su lógica interna, y el predominio de las virtudes por encima de los errores, aunque estuvieran sometidas, como lo están, a muy temibles presiones de todo tipo.

Víctimas de las circunstancias, de la agresividad o de los prejuicios inherentes al patriarcado, y un poco también martirizadas por las consecuencias de sus temperamentos, impulsividad, intransigencia y ambiciones, Tania, Doris y Lisette adquirieron rostro y entidad creíbles gracias a tres actrices (Ketty de la Iglesia, Blanca Rosa Blanco y Daylenis Fuentes) en plena madurez de sus capacidades. Tania parecía al principio demasiado contradictoria, impulsiva, desdibujada, y por momentos llegué a pensar que no era Ketty de la Iglesia la actriz adecuada para encarnar la impetuosidad, los súbitos cambios de parecer e inexplicables meteduras de pata de ese personaje. Pero a medida que avanzaba la trama la actriz, y su personaje, se volvieron más convincentes, y comprensibles, porque apareció un conflicto que permitía explicar su comportamiento: el terror y la inseguridad que le genera un pasado reciente de encierro y acoso.

Daylenis Fuentes se concentró en el aspecto y los gestos de su personaje, hasta lograr una caracterización sorprendente por lo genuina, sin embargo atendió menos, en algunas escenas, la riqueza interna de su personaje, su potencial espiritual, su ternura, aunada a la firmeza sencillamente inclaudicable. Blanca Rosa Blanco volvió a regalarnos el one-woman-show que puede proporcionar una actriz en la cúspide de sus posibilidades. Solo debe tratar de evitar, en este gran momento de su carrera, el encasillamiento y la repetición, no de los recursos histriónicos —porque Blanca posee un arsenal bastante colmado— sino de la índole de los personajes que suelen ofrecerle. Aparte de estos detalles, porque detalles son y así deberán ser comprendidos por el lector, las tres actrices nos devolvieron el placer de disfrutar, en dramatizados cubanos, composiciones histriónicas de considerable altura, de esas que parecen brotar de las profundidades psicológicas del personaje, y de la intérprete, ambos confundidos en una personalidad vital, creíble, espontánea. Lástima que no todo el elenco haya estado a ese nivel, y en particular quedó en desventaja la parte masculina, salvo tres o cuatro excepciones, pues muchos actores se limitaron a «tirar» los textos disciplinadamente.

Respecto a la polémica sobre el tema del exceso o propiedad de la temática sobre la homosexualidad en televisión, un tema que he visto desplegado en numerosos foros de internet, y también en entrevistas de radio y televisión, solo me preocupa que mientras crezca la discusión al respecto, se fortalece el convencimiento de que todavía nos aquejan mil prejuicios y actitudes discriminatorias. ¿Alguien se queja de que en las telenovelas abunden hasta la saturación los hombres blancos, apuestos, acomodados y heterosexuales? ¿Alguien se siente capacitado para decidir cuál es la dosis exacta de personajes femeninos, negros, homosexuales, gordos, pobres, delincuentes o funcionarios que deben aparecer en un programa de televisión para que sea correcto, conveniente y aceptado por la mayoría absoluta de televidentes?

Si la verosimilitud y el empeño por captar las vibraciones palpitantes de la actualidad sostuvieron el guión y las actuaciones, e incluso las excelentes canciones de presentación y despedida, la puesta en pantalla se vio aquejada por un exceso de escenas grabadas en estudio donde el encartonamiento y la falta de adecuadas escenografía, iluminación y ambientación dejaron el triste sabor a impostura.

Lograron mayor realismo en las casas apartamentos de las tres protagonistas, pero, por ejemplo, el almacén donde trabaja la mala (Sheila Roche en un ingrato estado de sobreactuación) y algunos restaurantes, cafeterías y tiendas debieron esperar a que los personajes explicaran dónde se encontraban para que el espectador consiguiera situarse en términos de espacio y circunstancia.

Bajo el mismo sol llevaba muchos más exteriores de los que le dispensaron. Lo requería su estética y sus propósitos. Enterados estamos todos del encarecimiento que implica el rodaje en exteriores. También hemos visto cómo abundan los dramatizados para niños y jóvenes totalmente grabados fuera de los estudios. ¿Quién puede explicar semejante incongruencia?

El verano audiovisual de 2011 —cuando el sol nos recordó, incluso desde la pantalla del televisor, que sale todos los días para abrasar las cabezas de justos e injustos— será recordado, tal vez, por el éxito monumental de Habanastation, y también por los favores que se ganó, poco a poco, sin alharaca ni promoción desmedida, la primera temporada de Bajo el mismo sol. Atentos quedamos todos a la segunda y tercera temporadas (La soledad, 45 capítulos; y El desarraigo, con 40) que ojalá permitan disfrutar la luz y el calor, pero sin excesos, caminando por la acera de la sombra, donde mejor pueden percibirse sutilezas y matices.

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