Los tres Villalobos: nueva serie que prepara la Televisión Cubana
Los tres Villalobos, una radionovela que tuvo en ascuas a los cubanos durante más de 20 años, allá por la década de 1940, está siendo llevada a la televisión por Miguel Sosa (La atenea está en San Miguel) para que el próximo año ocupe el espacio Aventuras. Solo que esta vez serán Vladimir Villar, Kristell Almazán y Carlos Luis González, quienes darán vida a Miguelón, Rodolfo y Machito, los tres hermanos amantes de la justicia y defensores de su derecho a la tierra que los vio nacer. En unos de los descansos de la filmación, que tiene lugar en una de las fincas del ICRT, en Managua, Sosa le comentó a Juventud Rebelde que este proyecto le fue entregado por la División de Dramatizados de la TVC «con el objetivo de mantener este tipo de audiovisual, dirigido esencialmente al público más joven y, sobre todo, para intentar rescatar una audiencia que siempre le fue fiel.
«Aunque es una frase muy manida, tengo que decir, una vez más, que llevar a la pantalla doméstica Los tres Villalobos es un gran reto, porque estamos hablando de una obra que en su tiempo fue muy popular, incluso tan famosa como las que concibió Félix B. Caignet en esa misma etapa, de tal manera que marcó mucho a quienes la escucharon. Tal es así que todavía hoy algunas personas siguen recordándola», asegura el también director de la premiada serie policiaca Karma.
Pedro Urbezo, con una obra significativa en la radio, autor de La ciudad perdida del oro, dramatizado que por estos días transmite Radio Progreso, así como de Los pequeños fugitivos y El medallón, ya vistos en la tele, fue quien hizo la adaptación a partir del original de Armando Couto. «Urbezo creó para estas Aventuras nuevos personajes e incorporó otras situaciones, por lo que es un libreto conformado teniendo en cuenta el lenguaje del medio. Alrededor de 45 actores conforman el elenco, donde se encuentran, además de los protagonistas, Aramís Delgado, Miriam Vázquez, Mario Rodríguez, Amada Morado, Yanelys Brito, Isabel Santos, Armando Tomey, Rafael Lahera y Félix Beatón, por solo mencionar algunos de los más conocidos», explica Sosa.
Se prevé que en el verano de 2008 esté lista una buena parte de los 84 capítulos de esta serie, la cual se grabará fundamentalmente en exteriores (un 75 por ciento), y que ya se filma desde hace un mes en la capital. «Aunque es todavía temprano, comenta Sosa, puedo decirte que me siento muy satisfecho con lo realizado hasta el momento, pues los especialistas con quienes trabajo me han respondido muy bien, como Tony Sánchez en la fotografía, dueño de una experiencia de más de 30 años, y Héctor Alfonso, responsable de la producción general. Importante ha sido también el apoyo brindado por Miguel Ginarte, pues estas aventuras tienen un componente fuerte de equitación.
«Tomando como pretexto la lucha del campesinado cubano, algo ya superado en Cuba, pero que todavía está muy presente en países de América Latina, Urbezo armó intrigas y diseñó situaciones que sirven para denunciar la doble moral, las desigualdades sociales, la práctica de la prostitución como única vía para poder sobrevivir...
«Y claro, no pueden faltar los triángulos amorosos, las persecuciones en caballos, las peleas, los tiros..., de manera que pienso que podrá interesar a muchos, y no solo a aquellos que todavía recuerdan Los tres... con nostalgia, pues su dramaturgia se acerca a la de las telenovelas», confía Miguel, quien considera que esta obra sirvió de inspiración a éxitos posteriores como Media Luna, de Dora Alonso, o propuestas más recientes al estilo de Hermanos y Tierra Brava.
Por si queda alguna duda de que Los tres Villalobos pudiera funcionar, Sosa insiste: «La trama está contada, de principio a fin, respetando los principios que exige la televisión para este tipo de producciones, sin que nos hayamos visto en la necesidad de tener que acudir a recursos artificiales para complacer. Aquí no hay kárate, por ejemplo, pero sí peleas de caballeros, como las de los campesinos cubanos, porque si algo yo quisiera resaltar con esta obra es la cubanía, el apego de estos hombres y mujeres a nuestra tierra.
«Pienso que una de las deficiencias que ha tenido el espacio es que hemos emprendido proyectos muy ambiciosos, que requieren de recursos con los cuales no contamos. Sin embargo, sí tenemos los caballos, un buen sol, un buen bohío, una tierra linda donde filmar... Entonces, ¿por qué no lo explotamos? Estoy convencido de que el público va a agradecer Los tres Villalobos».
Carlos Luis González, uno de los protagonistas, es de la misma idea. Conocido ahora por su desempeño en ¡Oh, La Habana! —interpreta a Yáguer—, y por su labor como presentador en D’ Música y 23 y M, este estudiante del ISA cree que la nueva versión puede cautivar. «Al menos a mí me sucedió. Cuando leí el guión me sentí atrapado, quizá porque me recordó momentos de mi infancia, que pensé ya estaban olvidados, al tiempo que despertó en mí una gran curiosidad, pues quería saber cómo vivían, qué sentían, qué pasaba con esos jóvenes constantemente asediados por la guardia rural. Si así ha pasado conmigo, que soy un joven de ahora, ¿por qué no va a suceder con mis coetáneos?
«Esta es una magnífica oportunidad para hacer una labor seria y a la vez atractiva destinada a niños y adolescentes, quienes generalmente no hallan espacios dramáticos que les motive, pues la televisión generalmente trabaja para los adultos».
Sin duda Carlos Luis ve en Los tres Villalobos un filón para crecerse como actor, al tener que enfrentar un papel totalmente diferente al Yáguer de ¡Oh, La Habana! «Aquel es un joven músico, un poco farandulero, mientras que Machito, aunque quizá es de la misma edad, nació 60 años antes y en el campo, por lo cual es otra la manera de hablar, de pensar, de sufrir», dice este muchacho que agradece las enseñanzas de Humberto Rodríguez en el grupo Olga Alonso, y de Ana María Paredes en el Avellaneda.
También para Kristell está es una gran oportunidad después de su intervención en la quinta historia de La cara oculta de la Luna. En la tierra de los tinajones formó parte del Grupo Dramático de Camagüey, aunque ha sido la radio su mejor escuela. «Este es mi debut en el espacio, y para alegría mía defendiendo uno de los roles principales, por lo que he tenido que prepararme no solo físicamente, sino también psicológica y mentalmente, algo que siempre trato de hacer, aunque el personaje no sea determinante en la trama. Y es que si no asumes de ese modo tu trabajo estás condenado al fracaso».
De los tres es Carlos Luis el que en algún momento de su vida estudió música, sin embargo, no es justamente él quien tendrá que demostrar que además de actuar es capaz de cantar. Y es que con Los tres Villalobos Urbezo ha querido rendir homenaje al teatro bufo cubano. Por eso, tendremos la posibilidad de escuchar no únicamente El pancontibiri tan famoso, sino también que algunos personajes le pondrán afinadas voces a composiciones que Juan Antonio Leyva y Magda Rosa Galván han compuesto para la ocasión. Uno de ellos es Vladimir Villar.
«No es que antes no hubiese cantado, pues con anterioridad incursioné en el Teatro Musical, pero así y todo la televisión tiene sus exigencias. No soy un profesional del canto, pero me estoy esforzando porque salga bien», confiesa Villar, quien se estrenó un tiempo atrás en las Aventuras con El elegido del tiempo.
«Miguelón es un papel que ha exigido mucho desde el inicio. Es un hombre rudo, decidido, valiente y de buen corazón que, al verse obligado a quedarse a cargo de la familia, tiene que enfrentar presiones y peligros, pero eso no lo asusta. Es un personaje hermoso, en verdad», señala este actor que fuera dirigido por Rolando Chiong en Aplausos y Al compás del son.
Giselle González, la hermosa conductora de Conexión y que ahora podemos ver también en ¡Oh, La Habana!, se encuentra en el mismo aprieto. «Barbarita es una chica peculiar, que toca acordeón y canta, pero el problema es que soy arrítmica completamente y me cuesta mucho conectarme con la música, de ahí que me he sometido a arduas jornadas de estudio.
«Interpreto a la hija de una pareja que va de pueblo en pueblo dando funciones de teatro bufo. Mientras que mi hermano toca la marimba, mi mamá se convierte en la mulata y mi papá en el gallego. Barbarita es irónica, simpática y zalamera —cada vez que llega a algún lugar se enamora de alguien—, es decir, una muchacha un poquito salida del plato, algo adelantada para su tiempo, porque no es exactamente una niña de su casa, sino una especie de gitana».
Esperanza, madre de tres hijos (María Elena, Yiye y Olga Lidia) y esposa de Lalo, es otro de los personajes que aparecen en la trama, el cual será asumido por la experimentada Amada Morado. «Nosotros representamos la vida rural de los guajiros de tierra adentro, de los desheredados de la fortuna, lo cual le permitirá apreciar a los más jóvenes lo que padecían los campesinos en esta etapa de nuestra historia ya superada», enfatiza esta maestra de las tablas que no minimiza ninguno de los medios.
«Yo soy ante todo actriz y, aunque el teatro es mi gran amor, el de toda la vida, la televisión también lo es, a pesar de que me llegó después, mas la disfruto tremendamente, al igual que la radio y el cine», asevera la Morado, quien acaba de terminar el rodaje de Polvo en el viento, de Xiomara Blanco, telenovela que deberá estar al aire también el verano venidero.
En cuanto a Los tres Villalobos, Amada apunta: «Desde niños estamos oyendo esta atractiva historia que ha llegado hasta nuestros días por tradición oral, hecho que seguramente asegurará un público muy numeroso, porque en ella se habla de amor, de justicia, de decoro, valores que distinguirán por siempre a los hombres y mujeres de bien».
Fuente: José Luis Estrada Betancourt, de Juventud Rebelde
16 de Diciembre, 2007
Fuga de la prisión (Prison break, 2005-2007), que desde la programación de verano exhibiera Cubavisión en la madrugada, ha tenido entre nosotros el mismo éxito que en Estados Unidos, en este septiembre se inició allí la exhibición de la tercera temporada, y también en España. Relata, en una Norteamérica muy similar a la de hoy, la historia de Lincoln Burrows, condenado injustamente a muerte por un asesinato que nunca se cometió.
Cuánto quisiera, de verdad, compartir el entusiasmo positivista de los colegas que aseguran, categóricos y absolutamente convencidos, que el videoclip se ha posicionado en la vanguardia del audiovisual cubano. Alrededor del programa de Lucas, a lo largo de diez años, se ha generado todo un movimiento creativo que puja por conferirle validez cultural, y artística, a estos musicales brevísimos, concebidos siempre bajo la égida de la publicidad y de la promoción embellecedora del intérprete, y de su fonograma más reciente. Dentro de ese grupo ya considerable de creadores (destacan no solo los realizadores sino también, y sobre todo, fotógrafos y editores) hay unos pocos, realmente una decena a lo sumo, entre los cuales abundan aptitudes, ímpetu innovador, búsqueda y apropiación de lo más actual y sugestivo del lenguaje audiovisual, pero cuando uno conversa con ellos, se entera de que hay muy pocos, si acaso alguno, que pretenda convertir tres minutos de imágenes en homólogos de Lucía y Memorias del subdesarrollo; la mayoría de los jóvenes creadores aseguran públicamente, y sin pudor alguno, que instrumentalizan este vehículo promocional de las disqueras como fuente de ingresos personales (algo absolutamente válido, en tanto no solo de valores espirituales y artísticos nos sostenemos todos), y a manera de entrenamiento en producciones más asequibles que otros empeños mucho más complejos, ya sean en cine o digital, de corto o largometraje, documental o de ficción. Hay muchas otras razones y argumentos que me impiden identificar la vanguardia en los dominios del videoclip (quién sabe dónde esté la vanguardia, si es que algún espectador entendiera pertinente, o imprescindible, demarcar sus emporios semana tras semana) sin ningún prejuicio, lo digo, pues muchas veces estas páginas, y muchas otras, las he dedicado a ponderar las virtudes de un puñado de obras y sus autores. Y empleo el término «autor» en la acepción de quien tiene la mayor responsabilidad creativa en una labor, porque tampoco creo que en el momento actual de nuestro videoclip sea propio hablar de autores en el sentido de poética, cosmogonía o estilística inalienable, de la manera en que se hablaba de un cine «de autor» pensando en las inconfundibles películas de Ingmar Bergman, Andrei Tarkovski, Humberto Solás o Pedro Almodóvar, entre muchos otros. No veo ya verticalidades comparables en nuestro entorno audiovisual. Perdón por la miopía, rayana en ceguera, pero no las veo. No digo yo que sea imposible apreciar trazos distintivos, conceptuales y formales, en los videoclips de un grupo (pequeño) de realizadores, cuyos nombres enriquecen las nóminas de nuestro panorama cultural y audiovisual. Seguramente que se me quedan nombres en el tintero, pero me vienen a la mente los del binomio Orlando Cruzata y Rudy Mora, X Alfonso, Santana, Fundora y Bilko Cuervo. Hay muchos otros que han logrado impactar en el modo de exponer y manufacturar esta modalidad, cine-teleastas que momentáneamente la cultivan, como Pavel Giroud, Lester Hamlet o Ian Padrón, quienes decidieron «refrescar» su bio-tele-filmografía con varios clips francamente memorables. Pero reconozcámoslo de una vez con la misma sinceridad con que lo hacen la mayoría de los jóvenes realizadores: casi ninguno de ellos hacen sus obras obsesionados por merecer tal o más cuál premio Lucas , ni mucho menos con el fin de revolucionar el audiovisual del país, o tampoco con el propósito de granjearse el aplauso inflamado de los críticos y periodistas, quienes integramos paradójicamente el jurado que otorga estos galardones. Creo que al videoclip cubano le toca, porque se lo ha ganado, mayor atención y cuidado por parte de las instancias productora y promotora (es decir, las disqueras, la televisión, los productores) y debiera ocupar una serie de espacios que todavía pretenden desconocerlo injustamente. Además, va siendo hora de que se estabilicen definitivamente los días, horarios, retrasmisiones y canales de salida al aire del programa matriz y de los sucedáneos. Acabo de ver la sucesión prácticamente inacabable de los propuestos este año para ser elegidos, luego, como nominados y triunfadores. Lo primero que salta a la vista es el parejo y considerable nivel profesional, de hechura, en la mayoría de los videos en liza. Pero falta, en mi opinión, algo que se detectaba fácilmente en otras ocasiones: las dos o tres obras cuya acumulación de méritos resulte tan incuestionable como para establecerla como ganadora indiscutible. Cuando las calidades son tan parejas, o faltan las obras de particularidad descollante, a uno, en tanto jurado, le tiembla la mano cuando jerarquiza en uno, dos, tres, cuatro y cinco (el número de escaños que confiere la boleta de Lucas para elegir los mejores del año) y puede temblarte el pulso cuando escribes los nombres de los ganadores, y te asalta el temor a la inequívoca injusticia que significa asumir las reglas de hipódromo, implícitas en poner a competir productos culturales como si fueran caballos de carrera, o de juzgar indistintamente las calidades de un videoclip roquero, otro reguetonero, un tercero de canción, y el de más allá de música popular bailable. En términos de representación y contenido, me dio la impresión de que este año se observa un alejamiento de la barriada y el solar (salvo algunas apreciables excepciones como El revólver, de Gerardo Alfonso-Alejandro Gil, y Dominó, de X Alfonso), en pos de entornos más «selectos» (hoteles cinco estrellas, suntuosas mansiones, regios y añejos automóviles, fosforescentes salones de baile) o paradisiacos e idílicos contextos, principalmente playeros o bucólicos. Estamos revalidando nuestro título de paraíso tropical, inundado de exuberante flora, imprescindibles cocoteros, y las todavía más imprescindibles mulatas ligeritas de ropa, meneando la pelvis al son de la timba fascinante o el reguetón sensual. Y nada tengo yo en contra de esa imagen chulísima, colorista y hasta parecida por momentos a lo que hemos sido, pero somos mucho más, y el videoclip muy bien que puede y debe mostrarlo, aunque sea epidérmicamente. Impera la idealización rumbera respecto a la fiesta innombrable que significa habitar la isla mayor de las Antillas, sin cuestionamiento alguno a las oscuras praderas que nos convidan, por aludir solo dos metáforas lezamianas. Y el espectador, que se había aburrido de tanta cuartería y sordidez, termina extrañando la rigurosa intención documental de algunos clips de aquellos, mientras ahora se aburre con esta elegancia estandarizada de anuncio champucero, con su garbo remilgado y quimérico, y se hastía de tanto glamour impostado, totalmente inalcanzable para el común de los televidentes. Anímese y pase revista en cualquiera de las emisiones de Lucas (aunque debe reconocerse que se intentan programas en cada emisión desde el punto de vista de la variedad formal y genérica) y comprobará cuántos videoclips de este año representan al sujeto, el o la intérprete, o el grupo, a manera de estrellas y astros inalcanzables, reyes de las multitudes, individuos que están por encima del gentío por su gracia y belleza excepcionales, y por tanto merecen el tratamiento VIP que les ofrendan, y ocupar las primeras páginas de los periódicos, y los estelares de la TV, mientras los persiguen o escoltan las fanáticas ávidas de cualquier contacto con sus relucientes ídolos. ¿De qué hablan? ¿De Cuba? ¿Cuándo fue que adoptamos en este país los recursos del star system hollywoodense para promocionar, o revalidar, el talento de nuestros músicos y cantantes? ¿Presentar al intérprete con una grandeza y popularidad de las cuales carece por completo, contribuirá a promocionar su imagen de manera eficaz y funcional? Tal vez el videoclip deba permitirse, también, la recreación de estos universos concupiscentes y alejados de lo común. Seguramente a muchos espectadores los seduce esta suerte de utopía frívola, ensueño «sinflictivo» en que han derivado demasiados videoclips de este año, y de entregas anteriores también. Ocurre que en esta ocasión mayorean, sobre todo, pero no solo en la categoría de música popular bailable. El caso es que, vanguardia o no vanguardia, junto con algunos filmes y documentales notables, el videoclip nos había acostumbrado a recrear otros espacios narrativos y representacionales, y muchos estábamos satisfechos con el hecho de que esta variante del musical televisivo asumiera ciertos temas y personajes, a veces omitidos por la prensa, el cine, los dramatizados de televisión e incluso los noticieros. Después de la semidescarga, que los encargados del programa y los realizadores saben que pueden contar conmigo como partícipe opinante, jamás como cómplice ciego, llegamos a la parte de las congratulaciones. Diez años celebraremos todos con Lucas, y los felicito de todo corazón por haber construido, prácticamente de la nada, un proyecto cultural: Merecen toda suerte de felicitaciones sus hacedores por haber izado los mástiles de nuestras músicas e imágenes por encima del horizonte trazado por unos cuantos tópicos típicos. Y lo mucho bueno que han hecho, junto a la marea de productos adocenados, ornamentos cursilones, picotillo de planos vertiginosos que nada muestran, intrascendentes en fondo y forma, prosaicos hasta la chabacanería, o presumidos y narcisistas hasta provocar la irritación del televidente más conformista, debieran propiciar la elusión de los dos extremos más frecuentes relativos al expediente Lucas y al videoclip cubano contemporáneo: la pomposa (auto)sobrevaloración de unos y el injustificable o prejuiciado desdén de los otros. Muy pronto sabremos los nominados de este año. No espero coincidir esta vez con los criterios mayoritarios de mis colegas respecto a cuáles son los mejores del año, ni tampoco he podido convencerme de que esté en presencia de la vanguardia audiovisual cubana (ya quisiera yo que para cosechar valores bastara con imaginarlos). Debe ser torpeza mía, pero no la veo y a lo mejor ellos ni siquiera necesitan semejante elogio. Llegue de todas formas mi felicitación calurosa al espacio, mi admiración expedita a la labor competente y pertinaz de muchos hacedores de videoclip, y a prepararse para el fiestón por los diez años. Que sobran razones para celebrarlo, aunque no entienda muy bien yo, y a ellos los deje totalmente indiferentes, la etiqueta que les cuelgan (aquella de la vanguardia) y les asignen el carril de la competitividad extrema, y los metan en la dinámica de las jerarquías inflexibles. Son las reglas del juego. Lo tomas o lo dejas. Aunque quizá valga la pena, a la altura del año once, comenzar a repensar el proceso, mejorarlo, quitarle los matices de hipódromo, suprimir los caprichos de Oscar subdesarrollado, de Grammy hablado en cubano.
El Premio Nacional de la Televisión 2007, que se otorga por la obra de toda la vida, fue entregado a diez personalidades del medio con una extensa y variada hoja de servicios y un amplio reconocimiento popular. Durante una ceremonia en el teatro Amadeo Roldán recibieron la distinción los actores Marta del Río Rodríguez, José Corrales Martínez, Mercy Aguilar González de Piñera, y Baldomero Peláez Gómez, todos caracterizados por su dedicación y entrega a la actuación en ese sector. También les fue conferido al coreógrafo Francisco (Pancho) González López, los directores Juan Vilar Díaz, Rafael G. González (diseñador y guionista) y José Ramón Artigas; al escenógrafo Pedro J. Campanería; y al artífice del grupo operativo del organismo Demetrio A. Castellano García.
La confrontación de ideas garantiza la calidez de la propuesta humorística del programa televisivo
Los lunes, miércoles y viernes en la noche muchas cubanas, y cubanos también, debaten sobre la veracidad de uno de los principales personajes del culebrón televisivo de turno ¡Oh!, La Habana. Edgardo a veces asombra con sus acciones, aunque quizá algunos encuentren exagerado o extinguido su machismo. El actor Omar Alí Pérez, quien caracteriza a este hombre de la época actual, admite que el tema ha generado polémica social, «algo imprescindible en la actuación», señala.
Esposas desesperadas cuenta sobre mujeres que creyeron haber encontrado la dicha suprema en la vida doméstica, mas de pronto se descubren sombrías, irrealizadas y capaces de hacer cualquier disparate por resolver las monumentales insatisfacciones que las dominan.
Además del título de la teleserie cubana que toleramos tres veces a la semana, ¡Oh!, La Habana puede entenderse cual exclamación de júbilo, asombro o éxtasis ante la capital. Y las exclamaciones, según cualquier enciclopedia, son formas del lenguaje retórico que expresan una emoción intensa como la sorpresa, el temor o el dolor. De modo que podemos arribar, desde el primer párrafo, a una primera conclusión: la teleserie está mal titulada o fue concebida de un modo bien distinto al que ostenta su resultado final en pantalla, puesto que su desmayado transcurrir apenas comunica emociones, mucho menos turbaciones intensas, y menos que menos sentimientos como el dolor, el placer o la sorpresa, que con tanta facilidad provocarían la identificación del espectador. Esta incapacidad para seducir o convencer se debe a varias causas. Entre las principales se cuenta el alicaído acontecer de la trama; mayorean las escenas larguísimas sin justificación; abruma la forzada presencia de personajes con escaso nivel de conflictividad o empantanados en problemas nimios, trazados pobremente. Además, se postergan innecesaria y puerilmente los momentos de clímax, hay exceso de digresiones, de verborrea anodina e inarticulada. Tampoco se supo resolver cierta ambigüedad de propósitos y estilos que aparece en casi todos los capítulos, pues contienden, sin llegar a un armisticio dramatúrgico convincente, las intenciones abarcadoras de la teleserie de corte realista —de las que se dedican a pensar y repensar nuestra contemporaneidad— con los arbitrios dramáticos del melodrama y la telenovela convencional: una Madame Bovary de la ingeniería se debate ante el falso conflicto que para ella representa el adulterio y el comienzo de una nueva relación; galán otoñal de inacabables divagaciones radiales se inquieta ante un nuevo cortejo, las familias prejuiciadas se oponen al noviazgo de dos juveniles parejas, una madre divorciada y con tres hijos se enfrenta a los rigores del destino, y así son muchos otros los motivos más o menos folletinescos que se desaprovecharon, en tanto no consiguen dinamizar la acción ni revestirla del interés necesario como para presentar una trama suficientemente seductora para la audiencia más amplia. Lo cierto es que las impostaciones del realismo sentimental-barriotero minaron la posibilidad de ilustrar el relieve psicológico, o emotivo, de la mayoría de los personajes, y tampoco se nos entregó el testimonio irrefutable de las tristezas y alegrías (aunque fuera melodramáticamente) que atañen a cualquier residente de los barrios capitalinos. Aquí La Habana es paisaje inanimado, porque faltaron los exteriores vinculados a las vivencias de los personajes, más allá del cacofónico plano-telón, para significar que pasó el tiempo, o la antología de bellas imágenes sobre el Malecón. Faltan muchas otras locaciones, conflictos y realidades que nos convenzan de que esa ciudad merece, compulsa e inspira la admiración del título. No obstante tales carencias, la serie ha conseguido presentar, en combinación a veces demasiado heterogénea, algunos temas francamente significativos y actuales como los agujeros negros de la emancipación femenina, las diferencias generacionales, los desvíos de recursos, los emigrantes en la capital, la necesidad de animación cultural en los barrios, las relaciones sexuales precoces, lo dañino de los prejuicios y de los chismes de barrio, etc., etc. Fracasaron casi todos los intentos por conectarse auténticamente al acontecer social, sentimental y cultural de esta ciudad, porque en la teleserie gobiernan el simulacro, la impostura y la afectación en la mayoría de las subtramas, amén del buen trabajo de dirección de arte, particularmente en cuanto al diseño escenográfico, que perfiló las diferencias materiales de cada familia, y acertó a colocar ciertos motivos claves de la buena ambientación. Pero aparte de la escenografía, la falsedad reina en las supuestas reverberaciones de la obra de construcción, contemplada desde las intrigas oficinescas (escenas interiores apenas justificadas o verosímiles en términos de concatenación dramática); los marginales y delincuentes están representados desde la exterioridad y el esquema rústico; el entorno del deportista juvenil padece el mismo lastre artificioso, por no hablar de esos imposibles programas de Radio Litoral —de veras no quisiera ni enterarme cuál de nuestras emisoras inspiró violaciones tan flagrantes de las leyes más elementales en la comunicación radiofónica— o los conciertos de música rock... todo, todo, todo parece envarado, postizo, de mentiritas, sin que ni siquiera se roce por un instante ese extraño sortilegio de las grandes mixtificaciones escénicas: conmover o inquietar a pesar de que sepamos sobre la falacia y la simulación inmanentes. Me conté entre los primeros que aguardaba, lleno de expectativas, la salida de esta teleserie. El elenco era una de las motivaciones principales. He podido comprobar, una vez más, que no existe ningún actor o actriz con el talento suficiente para insuflarle vida a un personaje exánime o mal escrito. Si el maquillaje es impropio o indiferenciado (en las escenas de oficina, suele ocurrir que Larisa Vega, María Teresa Pina y Amarilys Núñez están maquilladas igual), si te lanzan sobre el rostro un chorro de luz que te desfigura, si te ponen a decir parlamentos declamatorios, con un vocabulario libresco e incongruente, si el personaje que te asignan tiene móviles demasiado obvios o carece de matices y de posibilidades dramáticas, si la cámara insiste en mostrar tus ángulos más desfavorables, entonces quién puede culpar a los intérpretes por tratar de cumplir su cometido, pero en un perfil muy bajo. No obstante, es justo hacer distingos. El plantel de los jóvenes, e incluso los niños, sorprende, en general, por su organicidad. Desde Doble juego no veíamos la presentación de un grupo de intérpretes con tan poca experiencia y tan encomiables resultados. Omar Alí y Laura de la Uz se batieron como leones contra las reiteraciones de sus textos, y las inconsecuencias de sus personajes, para entregarnos «malvados» verdaderamente plausibles. Me parecen decisiones muy arriesgadas en la conformación del elenco entregar los papeles de madres esforzadas, posesivas y de no muy alto nivel intelectual a María Teresa Pina y Dianelis Brito, pero ambas se han crecido por encima de lo que el espectador, o al menos yo, esperaba de ellas. Un resquicio de frescura, dominio escénico e impecable naturalidad constituyen las apariciones de los suegros, es decir, Raúl Pomares y Martha del Río. Respecto a los dos protagonistas, que son al parecer Larisa Vega y Mario Limonta, aunque sus personajes aparezcan totalmente desvinculados entre sí, ambos fueron castigados con indecibles parlamentos y suelen emplear un tono equívoco en muchas de sus escenas. En añadidura, el locutor y la ingeniera manifiestan inconsecuencias psicológicas a todos los niveles, carecen de los matices «heroicos» indispensables en estos casos, y por si fuera poco, los ponen a repetir sin misericordia lo que ya se sabe, o a pronunciar divagaciones interminables en tanto soslayan sus verdaderos conflictos, de modo que los dos notables intérpretes terminaron cediendo ante el peso de una tarea imposible.