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Los tres Villalobos: nueva serie que prepara la Televisión Cubana

Los tres Villalobos:  nueva serie que prepara la Televisión Cubana Los tres Villalobos, una radionovela que tuvo en ascuas a los cubanos durante más de 20 años, allá por la década de 1940, está siendo llevada a la televisión por Miguel Sosa (La atenea está en San Miguel) para que el próximo año ocupe el espacio Aventuras. Solo que esta vez serán Vladimir Villar, Kristell Almazán y Carlos Luis González, quienes darán vida a Miguelón, Rodolfo y Machito, los tres hermanos amantes de la justicia y defensores de su derecho a la tierra que los vio nacer.  En unos de los descansos de la filmación, que tiene lugar en una de las fincas del ICRT, en Managua, Sosa le comentó a Juventud Rebelde que este proyecto le fue entregado por la División de Dramatizados de la TVC «con el objetivo de mantener este tipo de audiovisual, dirigido esencialmente al público más joven y, sobre todo, para intentar rescatar una audiencia que siempre le fue fiel.

 

 

«Aunque es una frase muy manida, tengo que decir, una vez más, que llevar a la pantalla doméstica Los tres Villalobos es un gran reto, porque estamos hablando de una obra que en su tiempo fue muy popular, incluso tan famosa como las que concibió Félix B. Caignet en esa misma etapa, de tal manera que marcó mucho a quienes la escucharon. Tal es así que todavía hoy algunas personas siguen recordándola», asegura el también director de la premiada serie policiaca Karma.

 

Pedro Urbezo, con una obra significativa en la radio, autor de La ciudad perdida del oro, dramatizado que por estos días transmite Radio Progreso, así como de Los pequeños fugitivos y El medallón, ya vistos en la tele, fue quien hizo la adaptación a partir del original de Armando Couto. «Urbezo creó para estas Aventuras nuevos personajes e incorporó otras situaciones, por lo que es un libreto conformado teniendo en cuenta el lenguaje del medio. Alrededor de 45 actores conforman el elenco, donde se encuentran, además de los protagonistas, Aramís Delgado, Miriam Vázquez, Mario Rodríguez, Amada Morado, Yanelys Brito, Isabel Santos, Armando Tomey, Rafael Lahera y Félix Beatón, por solo mencionar algunos de los más conocidos», explica Sosa.

 

Se prevé que en el verano de 2008 esté lista una buena parte de los 84 capítulos de esta serie, la cual se grabará fundamentalmente en exteriores (un 75 por ciento), y que ya se filma desde hace un mes en la capital. «Aunque es todavía temprano, comenta Sosa, puedo decirte que me siento muy satisfecho con lo realizado hasta el momento, pues los especialistas con quienes trabajo me han respondido muy bien, como Tony Sánchez en la fotografía, dueño de una experiencia de más de 30 años, y Héctor Alfonso, responsable de la producción general. Importante ha sido también el apoyo brindado por Miguel Ginarte, pues estas aventuras tienen un componente fuerte de equitación.

 

«Tomando como pretexto la lucha del campesinado cubano, algo ya superado en Cuba, pero que todavía está muy presente en países de América Latina, Urbezo armó intrigas y diseñó situaciones que sirven para denunciar la doble moral, las desigualdades sociales, la práctica de la prostitución como única vía para poder sobrevivir...

 

«Y claro, no pueden faltar los triángulos amorosos, las persecuciones en caballos, las peleas, los tiros..., de manera que pienso que podrá interesar a muchos, y no solo a aquellos que todavía recuerdan Los tres... con nostalgia, pues su dramaturgia se acerca a la de las telenovelas», confía Miguel, quien considera que esta obra sirvió de inspiración a éxitos posteriores como Media Luna, de Dora Alonso, o propuestas más recientes al estilo de Hermanos y Tierra Brava.

 

Por si queda alguna duda de que Los tres Villalobos pudiera funcionar, Sosa insiste: «La trama está contada, de principio a fin, respetando los principios que exige la televisión para este tipo de producciones, sin que nos hayamos visto en la necesidad de tener que acudir a recursos artificiales para complacer. Aquí no hay kárate, por ejemplo, pero sí peleas de caballeros, como las de los campesinos cubanos, porque si algo yo quisiera resaltar con esta obra es la cubanía, el apego de estos hombres y mujeres a nuestra tierra.

 

«Pienso que una de las deficiencias que ha tenido el espacio es que hemos emprendido proyectos muy ambiciosos, que requieren de recursos con los cuales no contamos. Sin embargo, sí tenemos los caballos, un buen sol, un buen bohío, una tierra linda donde filmar... Entonces, ¿por qué no lo explotamos? Estoy convencido de que el público va a agradecer Los tres Villalobos».

 

Carlos Luis González, uno de los protagonistas, es de la misma idea. Conocido ahora por su desempeño en ¡Oh, La Habana! —interpreta a Yáguer—, y por su labor como presentador en D’ Música y 23 y M, este estudiante del ISA cree que la nueva versión puede cautivar. «Al menos a mí me sucedió. Cuando leí el guión me sentí atrapado, quizá porque me recordó momentos de mi infancia, que pensé ya estaban olvidados, al tiempo que despertó en mí una gran curiosidad, pues quería saber cómo vivían, qué sentían, qué pasaba con esos jóvenes constantemente asediados por la guardia rural. Si así ha pasado conmigo, que soy un joven de ahora, ¿por qué no va a suceder con mis coetáneos?

 

«Esta es una magnífica oportunidad para hacer una labor seria y a la vez atractiva destinada a niños y adolescentes, quienes generalmente no hallan espacios dramáticos que les motive, pues la televisión generalmente trabaja para los adultos».

 

Sin duda Carlos Luis ve en Los tres Villalobos un filón para crecerse como actor, al tener que enfrentar un papel totalmente diferente al Yáguer de ¡Oh, La Habana! «Aquel es un joven músico, un poco farandulero, mientras que Machito, aunque quizá es de la misma edad, nació 60 años antes y en el campo, por lo cual es otra la manera de hablar, de pensar, de sufrir», dice este muchacho que agradece las enseñanzas de Humberto Rodríguez en el grupo Olga Alonso, y de Ana María Paredes en el Avellaneda.

 

También para Kristell está es una gran oportunidad después de su intervención en la quinta historia de La cara oculta de la Luna. En la tierra de los tinajones formó parte del Grupo Dramático de Camagüey, aunque ha sido la radio su mejor escuela. «Este es mi debut en el espacio, y para alegría mía defendiendo uno de los roles principales, por lo que he tenido que prepararme no solo físicamente, sino también psicológica y mentalmente, algo que siempre trato de hacer, aunque el personaje no sea determinante en la trama. Y es que si no asumes de ese modo tu trabajo estás condenado al fracaso».

 

De los tres es Carlos Luis el que en algún momento de su vida estudió música, sin embargo, no es justamente él quien tendrá que demostrar que además de actuar es capaz de cantar. Y es que con Los tres Villalobos Urbezo ha querido rendir homenaje al teatro bufo cubano. Por eso, tendremos la posibilidad de escuchar no únicamente El pancontibiri tan famoso, sino también que algunos personajes le pondrán afinadas voces a composiciones que Juan Antonio Leyva y Magda Rosa Galván han compuesto para la ocasión. Uno de ellos es Vladimir Villar.

 

«No es que antes no hubiese cantado, pues con anterioridad incursioné en el Teatro Musical, pero así y todo la televisión tiene sus exigencias. No soy un profesional del canto, pero me estoy esforzando porque salga bien», confiesa Villar, quien se estrenó un tiempo atrás en las Aventuras con El elegido del tiempo.

 

«Miguelón es un papel que ha exigido mucho desde el inicio. Es un hombre rudo, decidido, valiente y de buen corazón que, al verse obligado a quedarse a cargo de la familia, tiene que enfrentar presiones y peligros, pero eso no lo asusta. Es un personaje hermoso, en verdad», señala este actor que fuera dirigido por Rolando Chiong en Aplausos y Al compás del son.

 

Giselle González, la hermosa conductora de Conexión y que ahora podemos ver también en ¡Oh, La Habana!, se encuentra en el mismo aprieto. «Barbarita es una chica peculiar, que toca acordeón y canta, pero el problema es que soy arrítmica completamente y me cuesta mucho conectarme con la música, de ahí que me he sometido a arduas jornadas de estudio.

 

«Interpreto a la hija de una pareja que va de pueblo en pueblo dando funciones de teatro bufo. Mientras que mi hermano toca la marimba, mi mamá se convierte en la mulata y mi papá en el gallego. Barbarita es irónica, simpática y zalamera —cada vez que llega a algún lugar se enamora de alguien—, es decir, una muchacha un poquito salida del plato, algo adelantada para su tiempo, porque no es exactamente una niña de su casa, sino una especie de gitana».

 

Esperanza, madre de tres hijos (María Elena, Yiye y Olga Lidia) y esposa de Lalo, es otro de los personajes que aparecen en la trama, el cual será asumido por la experimentada Amada Morado. «Nosotros representamos la vida rural de los guajiros de tierra adentro, de los desheredados de la fortuna, lo cual le permitirá apreciar a los más jóvenes lo que padecían los campesinos en esta etapa de nuestra historia ya superada», enfatiza esta maestra de las tablas que no minimiza ninguno de los medios.

 

«Yo soy ante todo actriz y, aunque el teatro es mi gran amor, el de toda la vida, la televisión también lo es, a pesar de que me llegó después, mas la disfruto tremendamente, al igual que la radio y el cine», asevera la Morado, quien acaba de terminar el rodaje de Polvo en el viento, de Xiomara Blanco, telenovela que deberá estar al aire también el verano venidero.

 

En cuanto a Los tres Villalobos, Amada apunta: «Desde niños estamos oyendo esta atractiva historia que ha llegado hasta nuestros días por tradición oral, hecho que seguramente asegurará un público muy numeroso, porque en ella se habla de amor, de justicia, de decoro, valores que distinguirán por siempre a los hombres y mujeres de bien».

Fuente: José Luis Estrada Betancourt, de Juventud Rebelde

16 de Diciembre, 2007

Lo afirma Bohemia: éxito en Cuba de Prison break

Lo afirma Bohemia:  éxito en Cuba de Prison break  Fuga de la prisión (Prison break, 2005-2007), que desde la programación de verano exhibiera Cubavisión en la madrugada, ha tenido entre nosotros el mismo éxito que en Estados Unidos, en este septiembre se inició allí la exhibición de la tercera temporada, y también en España. Relata, en una Norteamérica muy similar a la de hoy, la historia de Lincoln Burrows, condenado injustamente a muerte por un asesinato que nunca se cometió.

En realidad, es la víctima de un complot en el que están involucrados la vicepresidenta, la CIA, el FBI, el Servicio Secreto y el Consejo de Seguridad Nacional, que no vacilan en matar testigos, abogados, gobernadores o cualquier persona molesta a sus intereses.

Con un alto nivel de realización y un excelente manejo en la dirección de actores, protagonizan la serie los ingleses Wenworth Miller (Scofield), a quien vimos recientemente en Underworld (2005), aquel filme sobre vampiros contra hombres lobos, y Dominic Purcell (Lincoln). Después de lo ocurrido alrededor del asesinato de Kennedy y las recientes revelaciones sobre el 11 de septiembre, a uno le queda la duda: ¿estamos viendo en Prison break una simple ficción o una especie de profecía, de anticipación de lo que puede ocurrir, y tal vez ocurra, con esta demencial administración Bush? (P.A.G.)

 

Tomado de Bohemia.  Sección Ver, Oir, Escribir

Título original:  ¿Ficción o anticipación?

 

Disponible en http://www.bohemia.cubaweb.cu/2007/10/04/cultura/5-voe.html

  

Video clip cubano: ¿Es preciso vivir delimitando vanguardias?

Video clip cubano: ¿Es preciso vivir delimitando vanguardias? Cuánto quisiera, de verdad, compartir el entusiasmo positivista de los colegas que aseguran, categóricos y absolutamente convencidos, que el videoclip se ha posicionado en la vanguardia del audiovisual cubano. Alrededor del programa de Lucas, a lo largo de diez años, se ha generado todo un movimiento creativo que puja por conferirle validez cultural, y artística, a estos musicales brevísimos, concebidos siempre bajo la égida de la publicidad y de la promoción embellecedora del intérprete, y de su fonograma más reciente.  Dentro de ese grupo ya considerable de creadores (destacan no solo los realizadores sino también, y sobre todo, fotógrafos y editores) hay unos pocos, realmente una decena a lo sumo, entre los cuales abundan aptitudes, ímpetu innovador, búsqueda y apropiación de lo más actual y sugestivo del lenguaje audiovisual, pero cuando uno conversa con ellos, se entera de que hay muy pocos, si acaso alguno, que pretenda convertir tres minutos de imágenes en homólogos de Lucía y Memorias del subdesarrollo; la mayoría de los jóvenes creadores aseguran públicamente, y sin pudor alguno, que instrumentalizan este vehículo promocional de las disqueras como fuente de ingresos personales (algo absolutamente válido, en tanto no solo de valores espirituales y artísticos nos sostenemos todos), y a manera de entrenamiento en producciones más asequibles que otros empeños mucho más complejos, ya sean en cine o digital, de corto o largometraje, documental o de ficción.  Hay muchas otras razones y argumentos que me impiden identificar la vanguardia en los dominios del videoclip (quién sabe dónde esté la vanguardia, si es que algún espectador entendiera pertinente, o imprescindible, demarcar sus emporios semana tras semana) sin ningún prejuicio, lo digo, pues muchas veces estas páginas, y muchas otras, las he dedicado a ponderar las virtudes de un puñado de obras y sus autores. Y empleo el término «autor» en la acepción de quien tiene la mayor responsabilidad creativa en una labor, porque tampoco creo que en el momento actual de nuestro videoclip sea propio hablar de autores en el sentido de poética, cosmogonía o estilística inalienable, de la manera en que se hablaba de un cine «de autor» pensando en las inconfundibles películas de Ingmar Bergman, Andrei Tarkovski, Humberto Solás o Pedro Almodóvar, entre muchos otros. No veo ya verticalidades comparables en nuestro entorno audiovisual. Perdón por la miopía, rayana en ceguera, pero no las veo.  No digo yo que sea imposible apreciar trazos distintivos, conceptuales y formales, en los videoclips de un grupo (pequeño) de realizadores, cuyos nombres enriquecen las nóminas de nuestro panorama cultural y audiovisual. Seguramente que se me quedan nombres en el tintero, pero me vienen a la mente los del binomio Orlando Cruzata y Rudy Mora, X Alfonso, Santana, Fundora y Bilko Cuervo. Hay muchos otros que han logrado impactar en el modo de exponer y manufacturar esta modalidad, cine-teleastas que momentáneamente la cultivan, como Pavel Giroud, Lester Hamlet o Ian Padrón, quienes decidieron «refrescar» su bio-tele-filmografía con varios clips francamente memorables.  Pero reconozcámoslo de una vez con la misma sinceridad con que lo hacen la mayoría de los jóvenes realizadores: casi ninguno de ellos hacen sus obras obsesionados por merecer tal o más cuál premio Lucas , ni mucho menos con el fin de revolucionar el audiovisual del país, o tampoco con el propósito de granjearse el aplauso inflamado de los críticos y periodistas, quienes integramos paradójicamente el jurado que otorga estos galardones. Creo que al videoclip cubano le toca, porque se lo ha ganado, mayor atención y cuidado por parte de las instancias productora y promotora (es decir, las disqueras, la televisión, los productores) y debiera ocupar una serie de espacios que todavía pretenden desconocerlo injustamente. Además, va siendo hora de que se estabilicen definitivamente los días, horarios, retrasmisiones y canales de salida al aire del programa matriz y de los sucedáneos.  Acabo de ver la sucesión prácticamente inacabable de los propuestos este año para ser elegidos, luego, como nominados y triunfadores. Lo primero que salta a la vista es el parejo y considerable nivel profesional, de hechura, en la mayoría de los videos en liza. Pero falta, en mi opinión, algo que se detectaba fácilmente en otras ocasiones: las dos o tres obras cuya acumulación de méritos resulte tan incuestionable como para establecerla como ganadora indiscutible. Cuando las calidades son tan parejas, o faltan las obras de particularidad descollante, a uno, en tanto jurado, le tiembla la mano cuando jerarquiza en uno, dos, tres, cuatro y cinco (el número de escaños que confiere la boleta de Lucas para elegir los mejores del año) y puede temblarte el pulso cuando escribes los nombres de los ganadores, y te asalta el temor a la inequívoca injusticia que significa asumir las reglas de hipódromo, implícitas en poner a competir productos culturales como si fueran caballos de carrera, o de juzgar indistintamente las calidades de un videoclip roquero, otro reguetonero, un tercero de canción, y el de más allá de música popular bailable.  En términos de representación y contenido, me dio la impresión de que este año se observa un alejamiento de la barriada y el solar (salvo algunas apreciables excepciones como El revólver, de Gerardo Alfonso-Alejandro Gil, y Dominó, de X Alfonso), en pos de entornos más «selectos» (hoteles cinco estrellas, suntuosas mansiones, regios y añejos automóviles, fosforescentes salones de baile) o paradisiacos e idílicos contextos, principalmente playeros o bucólicos. Estamos revalidando nuestro título de paraíso tropical, inundado de exuberante flora, imprescindibles cocoteros, y las todavía más imprescindibles mulatas ligeritas de ropa, meneando la pelvis al son de la timba fascinante o el reguetón sensual. Y nada tengo yo en contra de esa imagen chulísima, colorista y hasta parecida por momentos a lo que hemos sido, pero somos mucho más, y el videoclip muy bien que puede y debe mostrarlo, aunque sea epidérmicamente.  Impera la idealización rumbera respecto a la fiesta innombrable que significa habitar la isla mayor de las Antillas, sin cuestionamiento alguno a las oscuras praderas que nos convidan, por aludir solo dos metáforas lezamianas. Y el espectador, que se había aburrido de tanta cuartería y sordidez, termina extrañando la rigurosa intención documental de algunos clips de aquellos, mientras ahora se aburre con esta elegancia estandarizada de anuncio champucero, con su garbo remilgado y quimérico, y se hastía de tanto glamour impostado, totalmente inalcanzable para el común de los televidentes. Anímese y pase revista en cualquiera de las emisiones de Lucas (aunque debe reconocerse que se intentan programas en cada emisión desde el punto de vista de la variedad formal y genérica) y comprobará cuántos videoclips de este año representan al sujeto, el o la intérprete, o el grupo, a manera de estrellas y astros inalcanzables, reyes de las multitudes, individuos que están por encima del gentío por su gracia y belleza excepcionales, y por tanto merecen el tratamiento VIP que les ofrendan, y ocupar las primeras páginas de los periódicos, y los estelares de la TV, mientras los persiguen o escoltan las fanáticas ávidas de cualquier contacto con sus relucientes ídolos. ¿De qué hablan? ¿De Cuba? ¿Cuándo fue que adoptamos en este país los recursos del star system hollywoodense para promocionar, o revalidar, el talento de nuestros músicos y cantantes? ¿Presentar al intérprete con una grandeza y popularidad de las cuales carece por completo, contribuirá a promocionar su imagen de manera eficaz y funcional?  Tal vez el videoclip deba permitirse, también, la recreación de estos universos concupiscentes y alejados de lo común. Seguramente a muchos espectadores los seduce esta suerte de utopía frívola, ensueño «sinflictivo» en que han derivado demasiados videoclips de este año, y de entregas anteriores también. Ocurre que en esta ocasión mayorean, sobre todo, pero no solo en la categoría de música popular bailable. El caso es que, vanguardia o no vanguardia, junto con algunos filmes y documentales notables, el videoclip nos había acostumbrado a recrear otros espacios narrativos y representacionales, y muchos estábamos satisfechos con el hecho de que esta variante del musical televisivo asumiera ciertos temas y personajes, a veces omitidos por la prensa, el cine, los dramatizados de televisión e incluso los noticieros.  Después de la semidescarga, que los encargados del programa y los realizadores saben que pueden contar conmigo como partícipe opinante, jamás como cómplice ciego, llegamos a la parte de las congratulaciones. Diez años celebraremos todos con Lucas, y los felicito de todo corazón por haber construido, prácticamente de la nada, un proyecto cultural: Merecen toda suerte de felicitaciones sus hacedores por haber izado los mástiles de nuestras músicas e imágenes por encima del horizonte trazado por unos cuantos tópicos típicos. Y lo mucho bueno que han hecho, junto a la marea de productos adocenados, ornamentos cursilones, picotillo de planos vertiginosos que nada muestran, intrascendentes en fondo y forma, prosaicos hasta la chabacanería, o presumidos y narcisistas hasta provocar la irritación del televidente más conformista, debieran propiciar la elusión de los dos extremos más frecuentes relativos al expediente Lucas y al videoclip cubano contemporáneo: la pomposa (auto)sobrevaloración de unos y el injustificable o prejuiciado desdén de los otros.  Muy pronto sabremos los nominados de este año. No espero coincidir esta vez con los criterios mayoritarios de mis colegas respecto a cuáles son los mejores del año, ni tampoco he podido convencerme de que esté en presencia de la vanguardia audiovisual cubana (ya quisiera yo que para cosechar valores bastara con imaginarlos). Debe ser torpeza mía, pero no la veo y a lo mejor ellos ni siquiera necesitan semejante elogio. Llegue de todas formas mi felicitación calurosa al espacio, mi admiración expedita a la labor competente y pertinaz de muchos hacedores de videoclip, y a prepararse para el fiestón por los diez años. Que sobran razones para celebrarlo, aunque no entienda muy bien yo, y a ellos los deje totalmente indiferentes, la etiqueta que les cuelgan (aquella de la vanguardia) y les asignen el carril de la competitividad extrema, y los metan en la dinámica de las jerarquías inflexibles. Son las reglas del juego. Lo tomas o lo dejas. Aunque quizá valga la pena, a la altura del año once, comenzar a repensar el proceso, mejorarlo, quitarle los matices de hipódromo, suprimir los caprichos de Oscar subdesarrollado, de Grammy hablado en cubano.    Fuente: Juventud Rebelde Digital     Por: Joel del Río   31 de Octubre, 2007      

Diez personalidades con el Premio Nacional de la Televisión

Diez personalidades con el Premio Nacional de la Televisión El Premio Nacional de la Televisión 2007, que se otorga por la obra de toda la vida, fue entregado a diez personalidades del medio con una extensa y variada hoja de servicios y un amplio reconocimiento popular.  Durante una ceremonia en el teatro Amadeo Roldán recibieron la distinción los actores Marta del Río Rodríguez, José Corrales Martínez, Mercy Aguilar González de Piñera, y Baldomero Peláez Gómez, todos caracterizados por su dedicación y entrega a la actuación en ese sector. También les fue conferido al coreógrafo Francisco (Pancho) González López, los directores Juan Vilar Díaz, Rafael G. González (diseñador y guionista) y José Ramón Artigas; al escenógrafo Pedro J. Campanería; y al artífice del grupo operativo del organismo Demetrio A. Castellano García.  

Fuente: Granma Digital 

 Por: Antonio Paneque Brizuela   

25 de Octubre, 2007 

Ulises Toirac: ¿Jura decir la verdad? estará hasta que la gente quiera

Ulises Toirac:  ¿Jura decir la verdad? estará hasta que la gente quiera La confrontación de ideas garantiza la calidez de la propuesta humorística del programa televisivo

Cada fin de semana del mes de septiembre, el teatro Karl Marx, el mayor del país, ha visto llenas sus 5 000 capacidades ante la presencia de uno de los equipos humorísticos de mayor preferencia entre los cubanos. El proyecto ¿Jura decir la verdad?, que acumula cuatro años en la pequeña pantalla, una vez más ha presentado a su público una fina muestra de ironía...

 

Ulises Toirac, actor y director de este grupo, confiesa que «aunque nunca le pasó por la mente ser humorista, y mucho menos galán de telenovela —no podía faltar su dosis de sarcasmo— siempre supo que su destino estaría ligado a hacerle pasar buenos momentos a la gente encima de un escenario». Y como él mismo afirma, cualquier sueño que haya tenido en su infancia sobre lo que sería cuando fuera grande, lo ha cumplido con creces. «A mí la vida me ha llevado súper bien. Yo soy de esos tipos que van por el mundo como en un cuento de hadas».

 

Así lo demostraría desde su etapa universitaria cuando se vinculó al movimiento de jóvenes aficionados, pasando por el grupo Onondivepa y llegando a personajes como Matute y Yudmila en el muy recordado Sabadazo de inicios de la década de 1990. Posteriormente, en 1999 su carrera dentro del humor cubano ampliaría su espectro cuando dirigió su primer programa humorístico televisivo, ¿Y tú de qué te ríes? Actualmente, su quehacer artístico alcanza el clímax con la dirección de ¿Jura decir la verdad? y la actuación del pícaro Chivichana.

 

Sobre la acogida exitosa que ha recibido la presentación teatral, Ulises nos comenta que era de esperar, debido al crédito que se ha ganado ¿Jura...? en la teleaudiencia. «Sabíamos que la gente estaba esperando otra propuesta como la que hicimos hace poco más de un año. En la calle siempre nos preguntaban por eso.

 

«El público siempre está predispuesta favorablemente cuando subimos al escenario. Nuestra experiencia en teatro puede solventar cualquier tipo de problema que surja en el escenario y en el montaje. Para nosotros, la puesta en escena es una parte importante, porque ahí se terminan de pulir detalles que no nos quedan claros en los ensayos. Lo interesante es que la respuesta del público completa el montaje con sus opiniones. Eso siempre nos ha sucedido en las dos etapas».

 

—¿Cuál fue el origen de esta nueva propuesta?

 

—Este es un espectáculo donde tocamos el tema de la doble moral, que se puede expresar en varios aspectos de la vida de las personas. Escogemos la falsa religiosidad como símbolo en el show, y a partir de ahí desarrollamos una idea humorística que atraviesa por varios aspectos en los que se puede ver la doble moral.

 

—¿Cuánto ha madurado el ¿Jura...? de la primera etapa hasta la segunda, e incluso hasta esta nueva propuesta teatral?

 

—¿Jura...? es una suma de muchos talentos. Ha logrado como muy pocos proyectos, según mi conocimiento, aunar en un mismo núcleo a varias personalidades importantes para el humor cubano, y que con su experiencia le dan una madurez adicional. Está Geonel Martín, Zajaris Fernández, Ángel Ramis Alexéis Rivera, Hilario Peña, Baudilio Espinosa, Carlos Vázquez. En este corto período podemos decir que somos un grupo que trabaja con bastante efectividad el humorismo en la televisión, que es algo muy difícil en nuestro país.

 

«Creo que no todos los proyectos televisivos de humor han dado con una fórmula que les garantice una calidad estable a través del tiempo. Aunque pueda parecer autosuficiente, pero es la verdad, la gente que compone el equipo de ¿Jura...? sabe de antemano, con un mínimo margen de error, lo que va a suceder en el set televisivo, en el escenario del teatro o en el del cabaret, porque tenemos mucha experiencia de trabajo en esos tres medios».

 

—¿Cuáles son los secretos que tiene el equipo, que le garantizan siempre una entrega tan exitosa?

 

—Participación. Desde el punto de vista de la dirección, yo le doy mucha participación a todo el mundo. Lo único que hago es decidir qué se hace al final, después que han mediado muchas discusiones en las que cada integrante del equipo pone sus criterios sobre el tapete. No importa la experiencia que se tenga en el humor, sino los criterios que cada cual desea expresar. El resultado de esta discusión conjunta ha sido el encuentro de soluciones cada vez más rápidas y efectivas. ¿Jura...? no es resultado de un deseo, sino de todos los deseos.

 

—¿En alguna medida el hecho de que ¿Jura...? se nutra de las situaciones cotidianas le garantiza esa conexión con el público?

 

—Pienso que si hay algo que caracteriza a ¿Jura...? no es precisamente que convirtamos las situaciones cotidianas en el eje de la presentación, como sí sucede evidentemente con Mentepollo, sino que nos valemos del artificio humorístico que reside en llevar esas situaciones al escenario, las cuales forman parte de una leyenda, de un tema. Primero existe esa leyenda y después las situaciones cotidianas se van adhiriendo a ese camino.

 

«Lo que sube al público al carrusel es el aire desenfadado. De eso me doy cuenta perfectamente porque la gente tiene la impresión de conocernos, y eso es gracias a la frescura de imagen y la “ligereza” con la que trabajamos. Por ejemplo, “Lo que usted no vio” refleja a la persona tal y como es. Por eso muchas veces al público se le confunden los personajes con los actores».

 

—¿Atenta la improvisación contra la calidad de un guión humorístico y sus objetivos?

 

—Todos los excesos son graves. Lo que hay que alcanzar es un equilibrio, el cual, para nosotros, está en lograr un programa que tenga una dramaturgia donde el aire festinado y ligero esté presente en todo momento. Nosotros a veces tenemos ratos de improvisación improvisada en el escenario cuando estamos grabando, pero la mayoría de las veces eso está calculado, y ensayado.

 

«El problema del espacio está en lograr que, aunque esté ensayado, se vea como si fuera improvisado. El exceso de improvisación mata el humorismo de la misma manera que lo hace el exceso de camisa de fuerza. Un programa donde el humorista solo siga el curso del guión está perdido —salvo en muy raros casos que lo hacen con mucha maestría. Hay que lograr que el programa sea simpático, alegre, pero sin violar las estructuras dramáticas concebidas, ni se pierdan los personajes, lo cual ocurría con mucha frecuencia en Sabadazo».

 

—¿Ha sentido alguna vez que la diversidad de guionistas y escritores de ¿Jura...? impide la unicidad de un objetivo?

 

—Ensayamos cada guión entre ocho y diez veces, no es como otros espacios televisivos donde con dos ensayos se va al set. Cuando ensayas los guiones tantas veces con un mismo colectivo, no importa de dónde vengan. Al final es muy difícil discernir si es redactado por una persona u otra, porque el mismo equipo los ensaya todos. Sobresale una misma idea.

 

—¿Jura...? tiene su base en La Tremenda Corte, que tuvo su debut en la radio. ¿Llegará algún día el programa a este medio?

 

—Realizarlo en la radio daría muchas posibilidades a varios guiones que no podemos materializar en la televisión porque el problema material lo impide. Es un medio muy atrayente —yo mismo nací profesionalmente allí—. Pero de cualquier manera, esta fue para La Tremenda Corte lo que es hoy la televisión para ¿Jura...?, porque en aquella época la radio era lo que más se seguía y oía, y en la actualidad lo que más se ve y se sigue es la televisión».

 

—Se tiende a decir que los años 60 y 70 fueron testigos de una depresión del humor televisivo en Cuba...

 

—El humorismo es de todas las artes la que con mayor urgencia e inmediatez refleja a la sociedad, porque sale de los contenes de los barrios, de las salas de las casas. A veces eso me sorprende mucho. No es como la literatura que tarda en encontrar una expresión válida para su época, o como la música que necesita un proceso para encontrar la rítmica o la poesía que lleva.

 

«A finales de lo años 70 y principios de los 80 se gestaron en Cuba muchos fenómenos socio-económicos que desencadenarían, posteriormente, un boom de todas las artes. Esa es la época en que surge Virulo (Alejandro García), quien se hizo famoso con Génesis, obra con un marcado interés intelectual. Por ese tiempo, la gente iba a ver teatro, gustaba de la música de cámara, disfrutaba muchísimo con cosas elevadas, porque la sociedad cubana tenía una especie de bonanza económica.

 

«A finales de los 80 surgió, asimismo, una serie de humoristas (Seña del Humor, grupo Monigote, Onondivepa, Churrisco y otros importantes de ese período) que fueron el resultado, por un lado, de la labor de Virulo, y por otro, de visitas como Les Luthiers y de la graduación de muchos universitarios, en medio de un contexto económico a punto de colapsar con la caída del Muro de Berlín. Justo cuando nos encontramos en ese minuto, el humorismo se llenó de figuras que empezaron a cuestionarse una serie de fenómenos sociales armados de la intelectualidad que habían obtenido en sus estudios universitarios.

 

«En la medida en que la crisis económica se profundiza, el cubano empieza a alejarse de esa elevada vida cultural, y se recoge en sus necesidades materiales más inmediatas. Entonces, el humorismo se volvió más banal, materialista, falto de vuelo, poco ingenioso hasta que llegó el principio de los 90 y apareció Sabadazo, al que muchos culparon del cambio del humor en el país. Y yo digo que este programa ejemplificó ese cambio, porque unió el final de los 80 con el de los 90, cuando se evidenció el humor más pedestre que ha tenido el país y que ha llegado hasta inicios de este siglo, en el que quienes lo protagonizan no son los universitarios, sino gente que de pronto asalta los escenarios y se ponen a hacer cuentos, llevados, además, no por una necesidad espiritual, sino por una necesidad material y ven el arte de hacer humor como una forma fácil de ganar dinero. Por eso se ha llegado al absurdo de pensar que es más ganancioso hacer cabaret que teatro o televisión».

 

—¿Y qué le falta al movimiento humorístico cubano actual para lograr una propuesta conceptual y estilística superior?

 

—Un momento económico más solvente, que además de mejorar la vida del cubano, propiciaría un humor mucho más interesante, sobre todo porque los humoristas de estos momentos —quedan muchos de los que empezaron en los 80— haríamos un humor con las apetencias intelectuales de antes, pero con la experiencia materialista de estas dos décadas. Eso sería tan fenomenal que no pudiera creer lo que sucedería con el humor cubano en esos tiempos.

 

—¿Hasta cuándo el proyecto piensa estar vivo?

 

—Hasta que quiera la gente. Eso lo decide el público.

 

Fuente:  Juventud Rebelde digital

Por: Jorge Luis Rodríguez Gonzáles

 

Correo: jorgeluis@jrebelde.cip.cu

 

29 de septiembre de 2007 00:00:03 GMT

 

Foto: Jape

 

Omar Alí: En la televisión y el cine el éxito depende de la historia

Omar Alí:  En la televisión y el cine el éxito depende de la historia Los lunes, miércoles y viernes en la noche muchas cubanas, y cubanos también, debaten sobre la veracidad de uno de los principales personajes del culebrón televisivo de turno ¡Oh!, La Habana. Edgardo a veces asombra con sus acciones, aunque quizá algunos encuentren exagerado o extinguido su machismo.  El actor Omar Alí Pérez, quien caracteriza a este hombre de la época actual, admite que el tema ha generado polémica social, «algo imprescindible en la actuación», señala.

 

Graduado de la Escuela Nacional de Arte (ENA) en 1982, diplomado en Dirección de Televisión, y profesor adjunto de la especialidad en el Centro de Capacitación de la Televisión Cubana, Alí asegura a Juventud Rebelde que gusta de los personajes malos, ricos en matices y posibilidades histriónicas.

 

Aunque confiesa que en sus inicios «no tenía el bichito del arte, a pesar de que algunos en mi familia se dedican a la actuación, como mi tía Paula y mi hermano Jorge.

 

«Cuando entré a la ENA, Jorge ya cursaba el último año. Me decidí más por embullo que por otra cosa. Pero después me fui metiendo en ese mundo gracias a la escuela y me entregué a esta profesión que llevo hasta el sol de hoy. Así de sencillo, porque no nací desde el vientre de mi madre queriendo ser actor».

 

—¿Cómo ves profesionalmente a Paula y a Jorge? ¿Influyen en tu carrera?

 

—Paula es un ejemplo. Es de esas actrices laboriosas. Se ha ganado un espacio y que nadie piense que con facilidad; ha sido con mucho sacrificio y demostrándolo. Verla en el teatro, cómo se desenvuelve y la energía que transmite, es impresionante.

 

«Jorge es un actor muy versátil. Ha tenido mucha suerte y ha demostrado que es talentoso —porque en esta carrera no todo consiste en tener talento, también son importantes las oportunidades para manifestarlo—. Tiene capacidad histriónica y una carrera sólida, aunque ha tenido momentos de baja, como todos, pero ha sabido cuidar el estatus profesional.

 

«En mi caso, trabajar es mi meta. Creo que un actor debe tener siempre en cuenta que es imposible tratar de hacer buenos personajes, porque no siempre se ofrecen; pero esos que te den, aun siendo mediocres, de cuarta o quinta categoría, los defiendes con profesionalismo».

 

—¿Personajes mal escritos o malas actuaciones?

 

—Hay una frase muy usada, cuyo autor no recuerdo, y dice: «No hay pequeños personajes, sino actores pequeños». Pienso que la sentencia se refería en su momento al actor en el mundo del teatro. En ese tiempo no hacías personajes estúpidos ni tontos, ni que sobraban en la historia. Actualmente no siempre en esos libretos, e incluso en los de teatro, encuentras personajes buenos, mas los hay.

 

«Cuando el artista llega al guión debe tener de qué asirse. Si lo que vas a representar es insustancial, no dice, no transmite, o al personaje no le pasa nada. ¿Qué crees que va a hacer un actor?

 

«He visto actores hacer de un pequeño personaje un trabajo visible, positivo y bueno. Yo he tratado de hacerlo también, algunos muy buenos, otros realmente una estupidez. Trato de asumirlos, no como lo que están concebidos. Les doy importancia y busco, ya en el mundo de la televisión y en concordancia con el director, introducirles algún conflicto para que esa interpretación gane en sustancia. No siempre se logra eso. Hoy hay personajes que aun con un buen actor interpretándolos no se pueden salvar.

 

«Respeto a las personas que escogen a sus personajes. Ese lujo no me lo puedo dar. Trabajo y lo necesito, trato de hacerlo lo mejor posible. Aunque es una realidad: no te encuentras con buenos personajes con asiduidad. Creo que el tema es complejo y lleva un análisis muy profundo».

 

El Edgardo que encarna Omar Alí no está muy distante de la realidad, aunque algunos encuentren exagerado o extinguido su machismo.

 

 

 

—Quizá el análisis deba llevarse a las historias que contamos actualmente.

 

—En mi opinión lo que estamos contando, y en la manera en que lo hacemos, no funciona; al menos, de la forma que esperamos. No es común encontrarse historias bien contadas, aunque las hay. A veces en varios de estos proyectos dramáticos, los actores tienen que darse a la tarea de reescribir, una ocupación que no les corresponde, ni al director tampoco, porque es algo previo. Cuando la obra llega a nosotros debe tener las herramientas para trabajar.

 

«Las historias hoy tienen muchas limitaciones de tipo creativo; o sea, tú notas que las cosas se escriben a medias, y no se llevan hasta las últimas consecuencias. En ocasiones lo que contamos es banal y no solo me refiero a las telenovelas —que como género rozan mucho con ello, aunque no tendría que ser así—, incluso es un fenómeno que observas en películas para televisión y cine.

 

«¿Qué aportan? ¿Qué dejan? Son preguntas que siempre me hago. Cuando me interrogan sobre una obra siempre trato de dar mi opinión; digo que nuestros guiones tienen que mejorar, pero deben hacerlo con urgencia.

 

«Nuestro trabajo poco a poco se va haciendo más deficiente, e incluso se evidencia en los premios (que han decaído en su nivel de exigencia al evaluar las propuestas dramáticas). Eso es síntoma de que no somos contundentes en lo que hacemos.

 

«Creo que los actores estamos necesitando de buenas historias y buenos personajes para poder crecer como profesionales. Esta es una labor colectiva y se depende del audio, la cámara, la dirección... en fin, del ambiente en el que se realiza. Si uno de esos factores no funciona, lo tuyo es afectado».

 

—¿Cómo valoras la inserción de las nuevas generaciones de actores en los distintos medios?

 

—Los jóvenes están siendo más perspicaces que nosotros. No se les ve solamente arraigados a la actuación. Ellos expanden su gama de posibilidades a la conducción, la locución y como cantantes. Me parece muy inteligente, porque el trabajo hoy es escaso o no es el suficiente para la cantidad de profesionales que se gradúa cada año. Resulta significativo el hecho de que se preparen y abran su espectro.

 

«Sin embargo, me preocupa que cuando he conversado con algunos de ellos, desconocen la terminología y herramientas del actor, que si no las sabes no eres un profesional completo. Hay muchos que han iniciado su carrera sin tener todos estos aspectos —a pura intuición—, pero después comenzaron a “leer”, porque tener la técnica es mucho más útil.

 

«Las escuelas de arte deben retomar programas de estudio muy completos que existían y se fueron perdiendo; tienen que reprogramarse, aunque tengo entendido que se están renovando unas cuantas cosas. El actor debe saber actuar en todos los medios, no solo en la pantalla chica o en películas con un micrófono mediante, pues en los escenarios teatrales haces Otelo y la voz debe proyectarse hasta llegar a la última luneta.

 

«Muchos creen que el actor es un tipo bonito, de buena figura y voz. Eso indica que las exigencias han depreciado un poco otros aspectos».

 

—¿Qué personajes te han marcado?

 

—Uno es conocido por lo que ha hecho en televisión, pues es un medio de audiencia masiva. Vivo orgulloso de lo que he hecho, pero los personajes realmente complejos los he hecho en el teatro, a pesar de que no he regresado a las tablas en seis años.

 

«Recuerdo con mucho placer trabajar con Héctor Quintero. Imagínate, ver los teatros Mella o Karl Marx llenos por aquellas obras populares de Héctor como Contigo pan y cebolla (donde primero hice Anselmito y luego El Vendedor), Te sigo esperando, Esperando el lunes y El lugar ideal. También me resultaron gratas las piezas, significativas en la historia del teatro, que hice con Vicente y Raquel Revuelta.

 

«En la tele mi primer personaje fue en el espacio Horizontes. Intervine en El tiempo joven no muere, que dirigió Juan Vilar y en la que entró al medio una generación completa. Un personaje que me marcó mucho fue El condesito de La acera del Louvre. Me gustó interpretar el bobito de la serie Día y Noche, el teleteatro La avería, de Alejandro Gil; y Propietarios del Alba, que contó con un excelente guión de Ernesto Daranas».

 

—¿Es Edgardo real y palpable, o un hombre del pasado?

 

—Edgardo inicia otra faceta de mi trabajo. Estoy feliz por el éxito del personaje. Cuando leí el guión me dije: «Este tipo es irreal, no existe en Cuba». Tengo algunos puntos de contacto con él, pero realmente en lo que lo hace más contundente no, porque no soy machista, apoyo la emancipación.

 

«Traté de, en complicidad con el director, acentuar lo positivo, porque lo malo ya estaba. Buscamos derrumbarlo y ser víctima de la madre y de la relación con la esposa. Comentaba hace poco que sería bueno que hubiese un debate sobre el tema. Algunas mujeres en la calle también me han dicho que han tenido parejas como esas. Otras me han confesado que nombran a su marido así.

 

«También varios hombres me han dejado entrever que los he embarcado, pues sus esposas reconocen en el personaje rasgos que los asemejan. Lo cierto es que todavía estamos rodeados de estas actitudes. Es importante para el trabajo del actor que lo que hagas pueda utilizarse como catalizador, revelar a personas reales y crear un debate en quienes lo reciben».

 

—¿Crees que ¡Oh!, La Habana cumple con los conceptos para las propuestas dramáticas?

 

—Creo que tiene un nivel de realización artística muy rico, en cuanto a banda sonora, fotografía, escenografía y actuación. Respeto el trabajo de dirección de actores jóvenes que se hizo en la telenovela, con una calidad tan pareja y que para mí es uno de los grandes méritos de la novela. Eso me parece que Charlie Medina lo manejó muy bien.

 

«La gente no se imagina que las escenas en interiores de las casas y oficinas fueron hechas en estudios del Focsa. Incluso están claras las diferencias económicas y sociales en los hogares, y los ambientes están muy bien recreados. Pero sucede que el gran público no reconoce esas cosas. Por eso vuelvo a que hacen falta historias. La historia es el éxito, lo otro es lo que la disfraza, la conforma».

 

Fuente: Por: Yelanys Hernández Fusté

 

Correo: yelanys@jrebelde.cip.cu

Disponible en: http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2007-09-23/en-la-television-y-el-cine-el-exito-depende-de-la-historia/

 

Notable audiencia en Cuba de Esposas desesperadas

Notable audiencia en Cuba de Esposas desesperadas Esposas desesperadas cuenta sobre mujeres que creyeron haber encontrado la dicha suprema en la vida doméstica, mas de pronto se descubren sombrías, irrealizadas y capaces de hacer cualquier disparate por resolver las monumentales insatisfacciones que las dominan.
Numerosos lectores, amigos y conocidos se han aficionado sobremanera a la serie tragicómica norteamericana Esposas desperadas (en inglés Desperate Housewives; Canal Educativo, once de la noche más o menos, porque nuestra TV no se caracteriza precisamente por la puntualidad) y me piden un comentario al respecto. Pero como no he visto todos los capítulos, ni dispongo de conocimiento exacto sobre la popularidad y los índices de gusto de la serie en Cuba, pues me propongo más bien caracterizarla en sus líneas esenciales, para que puedan conectarse con ella quienes no estaban al tanto de lo que ha pasado en este suburbio llamado Wisteria Lane. También me propongo avanzar algunos criterios sobre lo que he visto, que no es todo, insisto.

Antes de entrar en los misterios del suburbio, quisiera mencionar algunas misivas de lectores respecto al tema de las telenovelas y las series en esta programación de verano: algunos me escribieron muy irritados con mi crítica sobre Cabocla (decidieron estacionarse en los fuertes epítetos negativos, pero se saltaron otros momentos del trabajo en los cuales pretendía reflexionar sobre los valores culturales de las telenovelas romántico-históricas de esta guisa, a pesar de cuán soporíferas y empalagosas pueden resultar algunas); otros me conminan a que aborde la pésima política de programación con el culebrón argentino titulado Alas, poder y pasión, que salió al aire por el Canal Habana (invisible en buena parte de los hogares incluso capitalinos) y cuando se retransmite a petición del respetable, para que sea visto mayoritariamente, entonces se le somete a horarios imposibles de seguir con asiduidad, porque conllevarían la absoluta vigilia de los interesados durante toda la programación de verano.

A los anteriores señalamientos se unen los de varios lectores, muy jóvenes y lúcidos, quienes me suplican, o me exigen, que emplee los mismos rigores críticos de Cabocla con la telenovela cubana (no preocuparse, que cumpliré muy pronto vuestra petición) y con la interminable Montaña rusa, la cual no cumple, según atestiguan varios lectores, ningún valor artístico ni de orientación social ni de conocimiento del mundo, y solo se dedica a explotar hasta el infinito la incomunicación intergeneracional y las crisis o conflictos de los jóvenes y adolescentes. Así, prescinde del razonamiento, la reflexión, la coherencia o las ideas básicas que permitan entender cuál es el sentido global de este dramatizado, adónde va, qué quiere decirnos, por qué han empleado tantas infinitas horas en la reiteración inmisericorde, y sobre todo, con qué propósito nos castiga de esa manera nuestra televisión cuando muy bien pudo someterse a una edición que redujera y compactara. No entiendo por qué se cortan fragmentos en algunas películas o teleseries (el caso más reciente, pero de ningún modo el único, fue la casi supresión del amor lésbico entre dos personajes de mediana importancia en Señora del destino) mientras que otros productos se dejan languidecer sin que se tome alguna medida.


El Emmy y el Globo de Oro ya están entre los primeros premios ganados por el elenco de esta famosa serie.
Esposas desesperadas sí dispone de un buen horario de acuerdo con su contenido, plenamente adulto, a veces violento y sexual. Hay múltiples escenas que representan una «tentación» al tijeretazo de quienes simplifican la capacidad intelectiva del público cubano y deciden, desde estrechos prejuicios morales, qué cosa debemos ver o no. El guionista Marc Cherry caminó con su libreto bajo el brazo por varias televisoras hasta que le «dieron bola» en la ABC, interesada en explotar el filón de los seriales femeninos luego del éxito en HBO de Sex in the City. La multitrama ideada por Cherry acontece totalmente en este barrio imaginario, pero también típico de la clase media-alta, pues existen copias al calco en casi todas las ciudades norteamericanas. Casas señoriales de dos o tres plantas, rodeadas por un césped perfectamente podado, garaje y piscina ocasional. Pero por detrás de esta superficie pulida y confortable, abundan los matrimonios en crisis y las familias disfuncionales, adulterios y mentiras, suicidios y asesinatos, intrigas e ignominias de casi todos los tipos imaginables, que serán descritos por el guionista en esta serie formidablemente hilvanada.

No ocurre aquí como en otros seriados, que van tomando cuerpo poco a poco y conquistan mayor audiencia en la medida en que se acrecienta el interés de los problemas o personajes presentados. El primer capítulo ya era una obra maestra de la narración televisiva, cuando en escenas muy cortas se presenta el suicidio de la que será una de las cinco «esposas desesperadas», un personaje ausente-presente, pues su voz acompañará toda la serie, como comentadora y prologuista de cada capítulo. Además, las causas del suicidio serán la intriga principal que le concederá unidad a buena parte de los primeros 25 ó 50 capítulos, y las cuatro amigas de la suicida, verdaderas protagonistas de la serie, serán presentadas en esa primera entrega mediante dos elementos que la serie ha conservado a lo largo de su desarrollo: diálogos ingeniosos, casi fulgurantes, y acciones desesperadas, extremas, de los personajes por ocultar un secreto, revelarlo, conseguir lo que se desea o conservar lo que se posee. A medida que la serie avance se irán revelando detalles, matices y antecedentes, que en algunos contribuyen a presentarlos como gente real, común, de carne y hueso, y en otros momentos pareciera que el guionista se divierte presentando pistas falsas y actos equívocos, en su empeño por mantener muy en alto el interés del espectador, particularmente hacia el final de cada capítulo.

También debe apuntarse que con cierta frecuencia el sostenimiento de la trama policíaca, y de acciones más o menos espectaculares, que estimulen inevitablemente el interés de la audiencia, suele traicionar el diseño esencial de algunos personajes principales. Dicho de otra manera: los elementos policiaco-criminales, y en menor medida el melodrama, a veces diluyen los poderes y la profundidad tanto del retrato psicológico como de la crítica de costumbres. Vale la pena recordar que Esposas desesperadas juega a la crudeza y el criticismo, pero lo que más le interesa al guionista, y a todos los implicados en este proyecto, no es otra cosa que situarse en la cresta de la popularidad, y realizar otro buen producto, profesional y bien empacado, que se añada a la muy larga saga de pasatiempos que aporta la televisión norteamericana al por mayor, estilo producción artesanal. Hemos visto últimamente, en pantallas grandes o chicas, algunos popularísimos ejemplos como Expedientes X, CSI, Lost y Prison Break. Conste que estoy tratando de precisar la índole de este tipo de series, más que de evaluarlas de forma negativa justo por ser como quisieron sus realizadores que fueran.

Finalmente, presentemos a los personajes, como prometí que iba a hacer al principio de este texto, solo para tratar de motivar a quienes todavía no estén enganchados: Susan Mayer (Teri Hatcher) es la divorciada, profesional del dibujo que trabaja en su casa, independiente, curiosa, sensual, susceptible, torpe, un tanto irresponsable, y la menos aburguesada de las cuatro protagonistas, al igual que su vecina inmediata, Lynette Scavo (Felicity Huffman, una de las mejores actrices de la serie), ama de casa feliz con su esposo, pero frustrada en tanto no pudo continuar una exitosa carrera como mujer de negocios, por dedicarse a la crianza de cuatro exigentes criaturas, de modo que se ha convertido en alguien amargada y quejosa, entrometida y monotemática, sabelotodo y demandante. Muy cerca habita Gabrielle Solís (Eva Longoria), una ex modelo de origen mexicano, concupiscente, egoísta, tramposa, materialista, práctica y escaladora, pero cada uno de esos «defectos» se verán combinados con rachas ocasionales de generosidad, responsabilidad, autosacrificio y espíritu solidario, que irán apareciendo bajo la presión de las circunstancias. Y está Bree Van de Kamp (excelente Marcia Cross), ama de casa de apariencia perfecta y hogar impecable, pero su matrimonio con un médico exitoso, padre de sus dos hijos, se desmorona sin remedio, por incompatibilidad sexual y de caracteres. Bree tiene una voluntad de hierro, sobre todo para mantener las apariencias; es vengativa, exigente, gélida, impenetrable, resuelta y despótica, pero tampoco le faltan numerosos instantes cuando se devela infinitamente desdichada, tierna, vulnerable, necesitada de libertad, comunicación y desahogo.

Son los cuatro sujetos femeninos, y destinos principales, sobre los cuales descansaron las tres temporadas de esta teleserie (2004-2005, la primera temporada; 2005-2006, la segunda; 2006-2007, tercera; y en septiembre se inicia la cuarta temporada; asegura el escritor que el material originalmente escrito alcanza cómodamente para sostener al aire al menos siete u ocho temporadas, y cada una tiene un promedio de 23 capítulos) y en rededor de este cuarteto, de sus familias y relaciones, se desarrolla la famosa teleserie que ha ganado algunos de los principales galardones a su alcance (el Emmy y el Globo de Oro), y se ha convertido en fenómeno cultural, sociológico, sicológico y motivo de reflexión para millones de mujeres, y sus maridos, en el mundo entero, principalmente en Estados Unidos.

A pesar de que a medida que avanza la acción, los personajes, es decir, el guión, se va desconectando de referentes más o menos concretos, realistas y desacralizadores (que tanto la beneficiaron en un principio) para derivar hacia ciertos esquemas embellecedores; con todo y que se cargan demasiado los tintes —hasta desfigurar un tanto las características inherentes a los personajes originarios— en los secretos, escándalos y tendencias delictivas, o inmorales, de estas cuatro mujeres, sus familias y los nuevos personajes que arriban, Esposas desesperadas es un producto memorable de la industria audiovisual norteamericana, una historia a ratos cómica, y otras veces dramática hasta el estremecimiento, siempre motivadora. Aquí se cuenta la vida de unas cuantas mujeres que creyeron haber encontrado la dicha suprema en el hogar, el matrimonio, los hijos y la vida doméstica, pero de pronto se descubren sombrías, irrealizadas, capaces de hacer cualquier disparate, acto heroico, admirable o detestable, sin idealizaciones ni fetichismos, por resolver las monumentales insatisfacciones que las dominan, ya sea al nivel de los tacones y la ropa de noche, o de las chancletas y la bata de dormir. Pero cuando una mujer se desespera, todo puede hundirse y naufragar. Aquí se muestra con elocuencia la hondura de tales abismos.

Fuente: Joel del Rio.
Tomado de: http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2007-08-05/un-producto-memorable-de-la-industria-audiovisual-norteamericana/

¡Oh!, La Habana: una teleserie mal titulada o con proyecto diferente al resultado en TV

¡Oh!, La Habana:  una teleserie mal titulada o con proyecto diferente al resultado en TV Además del título de la teleserie cubana que toleramos tres veces a la semana, ¡Oh!, La Habana puede entenderse cual exclamación de júbilo, asombro o éxtasis ante la capital. Y las exclamaciones, según cualquier enciclopedia, son formas del lenguaje retórico que expresan una emoción intensa como la sorpresa, el temor o el dolor. De modo que podemos arribar, desde el primer párrafo, a una primera conclusión: la teleserie está mal titulada o fue concebida de un modo bien distinto al que ostenta su resultado final en pantalla, puesto que su desmayado transcurrir apenas comunica emociones, mucho menos turbaciones intensas, y menos que menos sentimientos como el dolor, el placer o la sorpresa, que con tanta facilidad provocarían la identificación del espectador. Esta incapacidad para seducir o convencer se debe a varias causas. Entre las principales se cuenta el alicaído acontecer de la trama; mayorean las escenas larguísimas sin justificación; abruma la forzada presencia de personajes con escaso nivel de conflictividad o empantanados en problemas nimios, trazados pobremente. Además, se postergan innecesaria y puerilmente los momentos de clímax, hay exceso de digresiones, de verborrea anodina e inarticulada. Tampoco se supo resolver cierta ambigüedad de propósitos y estilos que aparece en casi todos los capítulos, pues contienden, sin llegar a un armisticio dramatúrgico convincente, las intenciones abarcadoras de la teleserie de corte realista —de las que se dedican a pensar y repensar nuestra contemporaneidad— con los arbitrios dramáticos del melodrama y la telenovela convencional: una Madame Bovary de la ingeniería se debate ante el falso conflicto que para ella representa el adulterio y el comienzo de una nueva relación; galán otoñal de inacabables divagaciones radiales se inquieta ante un nuevo cortejo, las familias prejuiciadas se oponen al noviazgo de dos juveniles parejas, una madre divorciada y con tres hijos se enfrenta a los rigores del destino, y así son muchos otros los motivos más o menos folletinescos que se desaprovecharon, en tanto no consiguen dinamizar la acción ni revestirla del interés necesario como para presentar una trama suficientemente seductora para la audiencia más amplia. Lo cierto es que las impostaciones del realismo sentimental-barriotero minaron la posibilidad de ilustrar el relieve psicológico, o emotivo, de la mayoría de los personajes, y tampoco se nos entregó el testimonio irrefutable de las tristezas y alegrías (aunque fuera melodramáticamente) que atañen a cualquier residente de los barrios capitalinos. Aquí La Habana es paisaje inanimado, porque faltaron los exteriores vinculados a las vivencias de los personajes, más allá del cacofónico plano-telón, para significar que pasó el tiempo, o la antología de bellas imágenes sobre el Malecón. Faltan muchas otras locaciones, conflictos y realidades que nos convenzan de que esa ciudad merece, compulsa e inspira la admiración del título. No obstante tales carencias, la serie ha conseguido presentar, en combinación a veces demasiado heterogénea, algunos temas francamente significativos y actuales como los agujeros negros de la emancipación femenina, las diferencias generacionales, los desvíos de recursos, los emigrantes en la capital, la necesidad de animación cultural en los barrios, las relaciones sexuales precoces, lo dañino de los prejuicios y de los chismes de barrio, etc., etc. Fracasaron casi todos los intentos por conectarse auténticamente al acontecer social, sentimental y cultural de esta ciudad, porque en la teleserie gobiernan el simulacro, la impostura y la afectación en la mayoría de las subtramas, amén del buen trabajo de dirección de arte, particularmente en cuanto al diseño escenográfico, que perfiló las diferencias materiales de cada familia, y acertó a colocar ciertos motivos claves de la buena ambientación. Pero aparte de la escenografía, la falsedad reina en las supuestas reverberaciones de la obra de construcción, contemplada desde las intrigas oficinescas (escenas interiores apenas justificadas o verosímiles en términos de concatenación dramática); los marginales y delincuentes están representados desde la exterioridad y el esquema rústico; el entorno del deportista juvenil padece el mismo lastre artificioso, por no hablar de esos imposibles programas de Radio Litoral —de veras no quisiera ni enterarme cuál de nuestras emisoras inspiró violaciones tan flagrantes de las leyes más elementales en la comunicación radiofónica— o los conciertos de música rock... todo, todo, todo parece envarado, postizo, de mentiritas, sin que ni siquiera se roce por un instante ese extraño sortilegio de las grandes mixtificaciones escénicas: conmover o inquietar a pesar de que sepamos sobre la falacia y la simulación inmanentes. Me conté entre los primeros que aguardaba, lleno de expectativas, la salida de esta teleserie. El elenco era una de las motivaciones principales. He podido comprobar, una vez más, que no existe ningún actor o actriz con el talento suficiente para insuflarle vida a un personaje exánime o mal escrito. Si el maquillaje es impropio o indiferenciado (en las escenas de oficina, suele ocurrir que Larisa Vega, María Teresa Pina y Amarilys Núñez están maquilladas igual), si te lanzan sobre el rostro un chorro de luz que te desfigura, si te ponen a decir parlamentos declamatorios, con un vocabulario libresco e incongruente, si el personaje que te asignan tiene móviles demasiado obvios o carece de matices y de posibilidades dramáticas, si la cámara insiste en mostrar tus ángulos más desfavorables, entonces quién puede culpar a los intérpretes por tratar de cumplir su cometido, pero en un perfil muy bajo. No obstante, es justo hacer distingos. El plantel de los jóvenes, e incluso los niños, sorprende, en general, por su organicidad. Desde Doble juego no veíamos la presentación de un grupo de intérpretes con tan poca experiencia y tan encomiables resultados. Omar Alí y Laura de la Uz se batieron como leones contra las reiteraciones de sus textos, y las inconsecuencias de sus personajes, para entregarnos «malvados» verdaderamente plausibles. Me parecen decisiones muy arriesgadas en la conformación del elenco entregar los papeles de madres esforzadas, posesivas y de no muy alto nivel intelectual a María Teresa Pina y Dianelis Brito, pero ambas se han crecido por encima de lo que el espectador, o al menos yo, esperaba de ellas. Un resquicio de frescura, dominio escénico e impecable naturalidad constituyen las apariciones de los suegros, es decir, Raúl Pomares y Martha del Río. Respecto a los dos protagonistas, que son al parecer Larisa Vega y Mario Limonta, aunque sus personajes aparezcan totalmente desvinculados entre sí, ambos fueron castigados con indecibles parlamentos y suelen emplear un tono equívoco en muchas de sus escenas. En añadidura, el locutor y la ingeniera manifiestan inconsecuencias psicológicas a todos los niveles, carecen de los matices «heroicos» indispensables en estos casos, y por si fuera poco, los ponen a repetir sin misericordia lo que ya se sabe, o a pronunciar divagaciones interminables en tanto soslayan sus verdaderos conflictos, de modo que los dos notables intérpretes terminaron cediendo ante el peso de una tarea imposible.  Proyecto ambicioso desde el guión, con una puesta en escena que intentó acceder, tal vez, a las eminencias estéticas y de verosimilitud sociológica conseguidas por algunos notables documentales, filmes de ficción y video clips de los últimos cinco años, a ¡Oh!, La Habana le ha tocado competir, además, con las trampas siempre eficaces del folletín brasileño y argentino, además de la verdadera avalancha de seriados norteamericanos de muy diversos géneros, más o menos creíbles y verosímiles, pero casi todos espectaculares y tentadores, con una realización utilitaria y adecuada, cuando no imaginativa y artística. No estoy diciendo, de ninguna manera, que para realzar nuestros productos audiovisuales deba limitarse la exhibición de tales seriados. Creo que acceder a una parte de lo mejor que se hace en el extranjero nos ayudará, en algún momento y de alguna manera, a formular mejor nuestras propuestas. Pero el asunto es que en semejante contexto se denotan más las disfuncionalidades, timideces y limitaciones (no me refiero a recursos) de nuestros dramatizados en serie. La única riqueza de que disponemos para exhibir audiovisualmente, y ganar una audiencia cómplice, participativa y mayoritaria, somos nosotros mismos, nuestra manera de ser y pensar, ya sea en el camino de Sol de batey o Pasión y prejuicio, o en la senda problematizadora que implica retratar el difícil trance de los tiempos que corren. Es de lamentar que se haya perdido otra excelente oportunidad de descubrirnos en el rango infinito de complejidad y sencillez, grietas y bellezas, sombras y calores que nos conforman y asisten. No crean que escribí este comentario, que algunos juzgarán hipercrítico, solo para complacer las decenas de lectores que así lo solicitaron. Pueden creerme cuando les asegure que respeto en grado sumo el trabajo seguramente amoroso y abnegado de tantos profesionales devotos (atención a la enorme relación de artistas y técnicos acreditados al principio y al final de cada capítulo), pero valga aclarar que si ellos cumplieron con su labor yo estoy intentando cumplir, creo que honestamente, con mi interpretación personal del oficio de crítico. 

Sé que me costará un nuevo ciclo de ocasionales enemistades, malas caras y alguna que otra reacción colérica y excluyente de quienes opinan que ¡Oh!, La Habana merecía un tratamiento más benigno, habida cuenta del nivel profesional de los implicados. Ya habrá tiempo y ocasión de regalarles elogios merecidos.

 Fuente:  Por: Joel del Río Correo: cult@jrebelde.cip.cu

Disponible:  http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2007-08-19/una-teleserie-mal-titulada-o-con-proyecto-diferente-al-resultado-en-tv/