Opina Joel del Río que Cabocla pasa sin asombros ni sobresaltos
Nos engañaron cuando nos dijeron que Cabocla, la señorial y parsimoniosa telenovela brasileña producida en 2004, salida al aire en su país en el horario de las seis de la tarde (para todos los públicos), trataba sobre el amor imposible de un muchacho y una muchacha, hijos de familias rivales, al estilo de los amantes de Verona, conflicto ambientado en el campo y en un pequeño pueblo en la segunda década del siglo XX. Semejante trama no es más que otra de las múltiples, quizá demasiadas, historias sentimentales, de amor no correspondido, equivocado, y por lo regular insostenible, que presenta esta nueva versión en 167 capítulos de una novela escrita por Ribeiro Couto, llevada a la pantalla con gran éxito en 1979 (cuando se consagró en el rol titular Gloria Pires, una de las reinas de la telenovela marca O Globo) y en 1959, cuando se encargó de versionar el tema la extinta TV Río, con el protagonismo de Glauce Rocha. Están Neco y Belinha, homólogos brasileños de Romeo y Julieta, con Montescos y Capuletos transformados en militares y hacendados antagonistas, caciques cuasi todopoderosos, terratenientes dueños de vidas, haciendas y destinos. Pero al conflicto de mediana o baja intensidad de estos jóvenes (sabemos que el buenazo de Boanerges acabará consintiendo el romance, gracias a la intervención pacificadora de la divina Emerenciana) se añaden, e incluso opacan en muchas ocasiones a los supuestos protagonistas, otras parejas separadas a lo largo de muchos capítulos por diferentes obstáculos. Brillan Luis y Zuca (es el personaje de ella quien precisamente le da nombre a esta telenovela, pues cabocla quiere decir mestiza, mulata, y además la oposición al romance es más compleja, pues existen diferencias sociales, raciales, intelectuales e interviene el destino en forma de enfermedad mortal); Tobías y Mariquinha (separados también por el odio entre las familias, por diferencias de rango, de nivel social y económico), Chico y Ritinha, Tina y Tomé... y todos ellos les roban grandes tajadas del protagonismo a Neco y Belinha, los dos malcriados y orgullosos jóvenes, herederos de los hacendados, inmersos en un conflicto alargado de modo demasiado artificioso y por momentos hasta aburrido. Mucho más llamativo resulta el triángulo Luis-Zuca-Tobías, puesto que al menos toca algunas contradicciones un tanto más cercanas a la contemporaneidad. Tal sujeción, casi absoluta, a las estrategias narrativas clásicas, y a la tipología de personajes inherente al complejo genérico romántico-folletinesco-melodramático-telenovelero, constituye la mayor virtud y quizá el peor defecto de Cabocla. Nos quedamos decepcionados quienes aguardábamos una experiencia más intergenérica, donde el imprescindible melodrama se «refrescara» con pinceladas de farsa y humor paródico, y con reflexiones de índole histórica, cultural, social o política. Nada podemos hacer con nuestro tiempo ante la pequeña pantalla quienes esperábamos una trama imantada por otros referentes estilísticos, y superiores propuestas conceptuales, y así nos encontramos tropezando con el tedio, el rígido neoclasicismo y el espíritu puritano de una representación demasiado impasible, convencional, prefabricada con materias primas como la postal cromada, el celofán, los lazos de tul rosado, el esmalte en tonos pastel y las luces del atardecer. No hay duda de la magnificencia de los paisajes y del preciosismo bucólico, de la belleza regalada en panorámicas y planos generales sobre sabanas y colinas, del despliegue impresionante, casi alardoso, de la dirección de arte (escenografía y vestuario, sobre todo) así como de los primeros planos superfuncionales a los intérpretes jóvenes, fotogénicos, y casi todos muy talentosos. Pero todo ello se ha puesto en función de relatarnos, sin un adarme de variación, historias sosas y predecibles, relatadas sin demasiada pasión ni grandes porciones de fe en la eterna eficacia del melodrama noble e íntegro. Un verdadero especialista del género, Benedito Ruy Barbosa (el autor de la muy exitosa Terra nostra, el mayor éxito de Globo TV Internacional en el exterior, pues alcanzó la comercialización en 84 países), supervisó la adaptación emprendida por sus hijas, Edmara y Edilene Barbosa, de la novela original. Tal vez el hecho de que dos mujeres confeccionaran mayormente el guión condiciona que los mejores personajes de la telenovela, los mejor matizados, los humanistas, tolerantes y asertivos son mujeres: Emerenciana, Belinha, Zuca, Mariquinha y otras. Los incondicionales alegarán que, por muchos elementos que se le señalen en contra, la telenovela posee virtudes como la constante alusión a las diferencias de clases y la lucha por la tierra y el progreso entre algunas de sus parejas románticas. Al igual que en los miles de obras tributarias del romanticismo decimonónico y la novela rosa del siglo XX, el valladar de las diferencias sociales suele presentarse en esta narración como recurso dramático susceptible de allanarse gracias a la voluntad de manipulación sentimental esgrimida por los autores, ya se trate del clan de los Barbosa, de Corín Tellado y José María Vargas Vila o, en un rango mucho más ilustre intelectualmente, de Cirilo Villaverde, Jorge Isaacs, Gertrudis Gómez de Avellaneda o Domingo Faustino Sarmiento. En esta tradición entra fácilmente la telenovela que nos (mal)entretiene en la actualidad, pues aunque fue concebida, obviamente, muy a posteriori del auge romántico en Iberoamérica, resulta bien similar en forma y fondo a ciertas narraciones de esta índole. Entre las analogías con tan augusta tradición literaria y nacionalista —analogías que, por cierto, contribuyen a dignificarla como producto audiovisual enriquecido con diversos aires de familia indiscutiblemente insignes—, se cuenta sobre todo el regusto patriótico e historicista, el afán panorámico en cuanto a las clases sociales, las costumbres y las ideas de progreso social (encarnadas en los propósitos de Neco y en las bondades de Boanerges), sin descontar la actitud humanitarista más propia del realismo y el naturalismo que sobrevendrían en las artes y en la literatura. Por supuesto que no es menos importante, aunque lo mencionemos aparte y en último lugar, el pertinente estímulo a la identidad y a la conciencia colectiva de las muy jóvenes naciones que verificaron las narraciones románticas iberoamericanas, un linaje al cual se añade Cabocla discretamente, cual parienta pobre, advenediza y de aparición bastante extemporánea, aunque debe tenerse en cuenta la infinita capacidad de la telenovela contemporánea para reconstruir y estimular el inconsciente colectivo, reforzar la memoria y la identidad nacional e insuflarles vitalidad a los discursos de la cultura popular, al tiempo que se satisfacen las demandas de la sociedades masificadas y las industrias culturales. El lector avezado en descubrir contradicciones y entrelíneas en el texto periodístico habrá sorprendido ya una supuesta paradoja entre los párrafos inmediatamente anteriores. Si Cabocla cumple con tantos requisitos de las mejores telenovelas de tipo retro o «históricas», ¿cómo justifica el crítico los adjetivos nada halagüeños que pueden leerse, o inferirse en este comentario como aburrida, convencional, sentimentaloide, evasionista, consabida, predecible, esquemática, sin matices en el diseño de muchos personajes, e infinitamente reiterativa? Ocurre que las virtudes apuntadas, a las cuales puede añadirse la altura habitual del trabajo histriónico, la profesionalidad indiscutible de la fotografía y de los diálogos, no logra disolver el olor a romanticismo apolillado, restituido en estado casi primigenio, y por tanto vetusto, de archivo intocado, poco tentador para un espectador que muchas veces aspira a propuestas menos delicadas, quietas y puras. Recordar que la presente telenovela fue concebida para no despertar ningún tipo de turbación en el público familiar, pues antecedía en la tira de horario a la recién vista Señora del destino, que salía a las ocho de la noche por esa misma época, y que gracias a su mayor nocturnidad podía abordar temas comprometidos con la adultez, desde la exageración distanciadora, desde el delirio y los excesos. Aunque resulte evidente que no me apasiona la telenovela de turno, y que prefería la anterior, debo reconocer que esta, al igual que algunas otras series melodramáticas de corte retro o histórico (La esclava Isaura, Doña Beija, Derecho de amar, por solo mencionar algunas) constituyen una suerte de espejo audiovisual, no necesariamente fiel, donde los brasileños pueden reconocer su pasado y confirmar su ethos de clase, además de que componen una de las variantes más eficaces, surgidas en Latinoamérica para contrarrestar la globalización universalista de los productos anglófonos. Cabocla pulsa una especie de reconciliación con los elementos identitarios, inmensamente plurales, de una nación cuya memoria se trasfunde en los códigos típicos de la telenovela, la más típica y extensiva de las aportaciones culturales latinoamericanas al mundo audiovisual. Y esto debo reconocerlo en acto elemental de honestidad intelectual, aunque en lo personal deba reconocer también que no soy un fan consuetudinario del folletín audiovisual, ni me entretiene demasiado esta enredada madeja de tramas y subtramas, todas expuestas desde un tono nada pasional ni fulminante, sino en un perfil muy bajo, dominado por la frialdad, la contención, y la resultona profesionalidad que ya no sorprende a nadie.
Fuente: Por: Joel del Río Correo: cult@jrebelde.cip.cu 23 de julio de 2007 00:00:03 GMTDisponible en: http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2007-07-23/cabocla-sin-asombros-ni-sobresaltos/
La notable expansión del medio televisual en nuestro país, que privilegia la conjunción de servicio público, transmisión de conocimientos, promoción cultural y entretenimiento, no solo se expresa en la apertura de nuevos centros emisores a escala territorial, sino también, a partir de este verano, en la transmisión continua de 24 horas por Cubavisión. Por muchas razones esta última opción era necesaria, a fin de cubrir expectativas de un segmento para nada despreciable de la audiencia y, al mismo tiempo, ampliar las posibilidades de disfrute de un medio que en nuestro caso constituye una de las vías de mayor acceso al enriquecimiento espiritual. Cabría, sin embargo, y a pesar de que la iniciativa apenas ha rebasado su segunda semana, echar un vistazo a la distancia que media entre los fundamentos conceptuales de la programación y sus efectos reales. En principio no es un desatino apelar a retransmisiones y reposiciones en ese horario. La experiencia de la mayoría de las televisoras públicas y privadas que ocupan 24 horas apunta a un ínfimo porcentaje de novedades o estrenos en esa faja horaria, sobre todo en el intervalo que va de las 2:00 a.m. al alba. Las dos primeras horas de la madrugada, en canales europeos de cierta solera, suelen acoger resúmenes informativos de la jornada, reportajes especiales, tertulias (talk shows) y películas. Hay otros, que en aras de cautivar de manera fácil a la audiencia y atraer anunciantes a toda costa, apuestan por una llamada "programación de adultos", que roza lo escandalosamente espectacular o soez, y a veces desciende hasta la pornografía. En nuestro caso, el arranque de la madrugada, casi siempre mucho después de la medianoche debido a las extensiones, unas veces justificadas, otras no, del horario nocturno habitual, está marcado por la dilatada telenovela argentina Alas, poder y pasión, de fuerte contenido dramático e intrigas sin cuento, con actores de primera en ropajes demasiados malvados o ingenuos, según el guión. A buena parte de los habaneros no les hace ninguna gracia, puesto que el telecentro territorial exhibió la telenovela el otro día como quien dice. Las mayores dudas, no obstante, se generan a partir de lo que sobreviene después del culebrón argentino, entre lunes y viernes: la retransmisión casi mecánica del segmento nocturno precedente. No está mal servir a una parte de la audiencia lo que se perdió pocas horas atrás, pero sí reducir la madrugada a esa opción. Aun cuando somos conscientes de las limitaciones de recursos, pudieran contemplarse otras combinaciones, sobre la base de reponer series temáticas (de ficción o no ficción), ciclos fílmicos y espacios musicales adecuados a un horario que sugiere placidez y sosiego y no elevados decibeles ni estridencias espectaculares. Y hasta sería bueno analizar si es posible intercalar un talk show ameno e inteligente. Insisto, no es tanto un problema de recursos, sino de imaginación. Para cumplir con un reclamo del público, la TV Cubana ha reforzado la programación fílmica. Ya des-de antes del verano, Tele Re-belde comenzó a programar, pa-ra todos los gustos, películas al filo de la medianoche. Las ma-drugadas de los fines de semana por Cubavisión contemplan repo-siciones de filmes de interés emi-tidos a lo largo de la semana, una muy buena y agradecida idea.
Con el inicio oficial de la programación de verano, el canal Cubavisión inició
«Los televidentes se fijan en el bolígrafo, en la ropa, si me peinaron bien o no. La gente repara en todo eso. También me dicen que soy la que más respondo. Y no es verdad. Eso depende de muchas cosas, porque a veces uno sabe la respuesta ya, pero en el orden le toca hablar a otro». Para el pueblo cubano la doctora María Dolores Ortiz es un personaje muy popular. Durante 37 años ha sido la única mujer del panel de Escriba y Lea, uno de los programas de más larga historia en la televisión. Fina, sonriente, de hablar suave y pausado, con una memoria envidiable, esta mujer, madre de dos hijas y abuela de varios nietos, se desempeña como asesora del Ministro de Educación Superior y es presidenta del Movimiento Amigos del Libro. —Usted ha dicho que perdió la cuenta de cuántos libros ha leído en su vida. ¿Cuántos lee actualmente? —Más de uno por semana. —¿Quién le inculcó ese hábito de lectura? —Yo nací y me crié en Holguín, que no era capital en aquella época. No había ni siquiera biblioteca pública, y nadie le daba importancia a la lectura. Institucionalmente, quiero decir. Mi familia jugó un papel decisivo. Mi padre era abogado y mi mamá fue maestra en su juventud, cuando soltera, porque a él no le gustaba que ella trabajara. «El no leer lo suficiente limita el vocabulario de las personas. Por eso hay quien emplea siempre las mismas palabras, porque no tiene otra forma de expresarse. Tal vez nuestras clases de materias humanísticas en la escuela no desarrollan estas habilidades suficientemente. Habría que revisar qué se hace con las clases de Español, de Literatura, de Historia...». —¿Qué estudió usted? —Soy doctora en Filología. Estuve impartiendo clases hasta hace muy poco tiempo, cuando empecé a padecer de la garganta. Ejercí durante más de 40 años. Empecé antes de 1959, en un colegio privado, dando clases de Español a alumnos de bachillerato y comercio. Luego pasé a la Universidad de La Habana. Una guajira en la capital La doctora Ortiz vino a La Habana como tantos jóvenes en aquella época, en busca de un título Universitario. Llegó a la Universidad en octubre de 1953, a solo meses del asalto al Cuartel Moncada. Un hecho que la marcó para siempre. «Eso definió mi vida como revolucionaria. Decidí entonces que a donde fuera Fidel iría yo». —¿En su casa se hablaba de política? —Mi papá era un hombre muy aficionado a la política. Él no era político, incluso le hablaron varias veces para que se postulara y nunca quiso. Pero cuando yo era chiquita él me llevaba a los mítines de los partidos, me acostumbré a leer periódicos, a oír las conversaciones de los mayores. Eso me encantaba. —¿En algún momento se involucró en la lucha revolucionaria? —Fui combatiente de la clandestinidad. Vendía bonos, conseguía medicinas para la Sierra , confeccionaba materiales que se imprimían en distintos lugares para luego repartirlos. «En una ocasión tuve que ir con otra compañera a alquilar un apartamento en el Vedado, que luego sería utilizado como casa clandestina. Fueron cosas como las que hizo tanta gente. Nada fuera de lo común». —¿Cómo fue que su papá la dejó venir sola para La Habana a estudiar? —Todo el mundo venía. Bueno, el que podía pagarlo. A mi hermana y a mí, desde que tuvimos uso de razón, se nos inculcó que vendríamos a estudiar a la capital. Mi papá había estudiado aquí, y esa fue siempre su aspiración. «Él no tenía capital, era abogado y profesor. Mucha gente lo criticó en Holguín, porque en lugar de dedicarse a adquirir bienes, como tenía la idea de mandar a sus dos hijas a estudiar a La Habana —para eso se necesitaba tener un dinero— compró la casa donde vivíamos cuando éramos pequeñas para no tener que pagar alquiler, y entonces dedicarse a darnos muy buena vida, pero siempre con la mira puesta en que había que estudiar en la Universidad , que costaba un ojo de la cara y la mitad del otro. Y con dos hijas, figúrate. «Él decía que la herencia que nos quería dejar era un título universitario a cada una. Luego, si no teníamos necesidad de usarlo —que en aquellos tiempos eso quería decir hacer un buen matrimonio, con un hombre acomodado— no importaba. Pero si teníamos necesidad, esa era la forma de garantizarnos una vida más cómoda». —¿Cuándo terminó su carrera? —Después del triunfo de la Revolución, porque estaba a la mitad cuando se cerró la Universidad. —¿Hace algún tipo de ejercicio para tener la memoria tan «en forma»? —No. Puede que sea innato. Mis padres eran personas de muy buena memoria. Tal vez hay un componente genético. Pero por ejemplo, en el colegio donde estudié se hacían muchas cosas para ejercitar la memoria, aunque la enseñanza no era memorística. Era muy buena escuela, con un claustro excelente, pese a estar en una ciudad tan lejos de la capital. Tengo el mejor recuerdo de todos mis profesores. «Ninguno me enseñó nada de memoria, pero sí otras cosas, tanto de la llamada educación formal como de la instrucción. En aquella época uno no estudiaba por la libreta, como hacen ahora, sino por los libros de texto». «Recuerdo que en la primaria había muchos concursos de ortografía en los que participaban todos los alumnos. Había que aprender un determinado número de palabras que luego te iban a dictar en un párrafo, y había premios y estímulos para los niños de mejores resultados». «También concursos de declamación, con poemas muy largos, como "Los zapaticos de rosa. Se incluían tanto autores cubanos como latinoamericanos. Creo que todo eso contribuyó a poseer una buena memoria». —También domina varios idiomas... —Hablo inglés, francés y portugués. Como no los he practicado mucho en los últimos tiempos, los leo. Con el alemán fue diferente. Fui muy buena alumna en los dos años en que lo estudié, pero es una lengua muy difícil. Casi lo olvidé. La sonrisa del panel —¿Quiénes fueron los fundadores del programa Escriba y Lea ? —Los doctores Dubouchet, Galis-Menéndez y yo. Y como moderador Cepero Brito. Luego vino Daranas. Pero hemos tenido muchos otros. Este programa requiere de un moderador especial, porque tiene que prepararse muy bien. «Además, hay que pensar en que este es un programa que no se ensaya. Lo que ustedes ven en la televisión fue lo que pasó. No se puede ensayar, porque entonces sabríamos la respuesta». —Ahora que el programa se graba será más fácil su realización. —¡Qué va...! Cuando se hacía en vivo terminábamos más rápido. Los adelantos técnicos tienen sus ventajas, pero también sus desventajas. Por ejemplo, si el relojito con que Calderón marca los desaciertos se rompe, tiene que venir el técnico a arreglarlo. Si no, hay que inventar una toma en que no aparezca el reloj, para después editarlo. Es muy complicado. Puede ser un micrófono que no funciona, una luz que no está bien colocada, o una planta que nos tapa la cara. —¿Por qué usted se ríe cuando dice «posterior a la Edad Media »? —No es solo en ese momento. Yo trato de sonreír bastante, porque creo que es una manera de demostrarle al público que me siento feliz de trabajar para ellos, que me estoy divirtiendo, y quiero hacerlos partícipes de mi estado de ánimo. «Creo que a mí, como mujer del panel, tal vez me puede estar permitida alguna licencia que a lo mejor no sería igual en un hombre, como esa sonrisa, o el decir algo que aligere un poco el programa, que no sea solo la cosa académica». —¿Nunca se ha repetido un tema? —Durante muchos años, una regla básica era no repetir los temas. Pero un día nos plantearon que había que hacerlo, porque habían salido muchas preguntas importantes y ya había pasado más de una generación de televidentes. Entonces se acordó repetir algunos. —¿Alguien lleva la cuenta de los aciertos y desaciertos? —Nadie. —Hay programas en que ustedes responden todo, por tanto, nadie se lleva el libro de premio. ¿Por qué de todos modos no estimulan a ese televidente por haber enviado la pregunta? —La idea original era que todo el que enviara una pregunta y fuera seleccionada, recibía un libro a vuelta de correo. Por eso el programa se llama Escriba y Lea, porque usted escribía y después leía un libro. «Pero vino la crisis económica, y eso se limitó. Hoy los organismos que nos proveen los libros no pueden asumir eso». —¿Son muchos los temas que les mandan? —Hasta de la Florida. Allá ven el programa por Cubavisión Internacional. —Hace poco usted estuvo ausente del programa. Supimos que se tuvo que operar y dejar de fumar. —Es verdad que yo fumaba, y naturalmente lo dejé. La voz mía ha sido extremadamente usada, he estado casi 50 años dando clases, conferencias y charlas. «En realidad la culpa no fue solo del cigarro. El médico lo diagnosticó como una enfermedad profesional. Me recomendó que no diera más clases regulares. A los maestros nos debieran dar clases, como a los actores y locutores, para aprender a colocar bien la voz. Nosotros hablamos a veces más que un locutor, y nos hacemos daño». —Durante años ha usado el mismo bolígrafo con una cadenita. ¿Es un talismán? —No. Que conste que no soy supersticiosa. Ese bolígrafo me lo regalaron hace tiempo, y como es bonito pensé que se vería bien en la televisión. Solo lo utilizo para el programa, pero no creo en esas cosas de la buena suerte.
La televisión. No duda el primer actor Enrique Almirante en afirmar que entre los medios en los cuales ha dejado su impronta es el que más ha marcado su sólida trayectoria artística, y expone las razones: «A ella le he dedicado más tiempo de mi vida, es donde he hecho cosas diametralmente distintas; donde me han dado más satisfacciones. La más grande: voy a cualquier lugar de Cuba y soy bien recibido. Es increíble cómo la gente enseguida me ofrece sinceras muestras de cariño, cómo se preocupan por mi salud y me piden que nunca deje de trabajar. Y eso es muy reconfortante, porque es señal de que de algo han servido estos 56 años dedicados al arte». Muy solicitado por los directores de la Televisión Cubana por su capacidad para meterse en la piel de personajes diversos, Almirante es un asiduo visitante de los hogares cubanos. De hecho, mientras en estos días se apresta a convertir a Candelita —de la telenovela ¡Oh!, La Habana — en campeón de boxeo, graba, bajo las órdenes de la experimentada Xiomara Blanco, Polvo en el viento, donde interpreta a un profesor de cirugía, «una persona tranquila, así como soy yo», dice. En su vida ha practicado varios deportes: gimnástica, boxeo, lucha, pesas, natación, judo, karate, pelota —aunque en este último era verdaderamente malo, reconoce—, «pero siempre como un ejercicio, como un entrenamiento para mi labor como actor»; una profesión a la que llegó, asegura, por casualidad. «En mi barrio vivían muchos actores cercanos a Cadena Azul, una emisora muy importante de aquel entonces, y entre ellos estaba Ricardo Romay, un actor muy cotizado, aunque tenía la edad de nosotros, quizá un año o dos mayor». «Y Ricardo empezó a embullarnos trayéndonos los guiones. Yo estudiaba Economía y trabajaba en la tienda de una tía, pero poco a poco me fui metiendo en ese mundo. Después él mismo nos llevó a un sindicato de artistas para que recibiéramos un curso y nos examinaran como actores. Había aprobado cuando vinieron de Santiago de Cuba haciendo captaciones para Cadena Oriental de Radio. Es así como me contratan y me inicio sin proponérmelo, prácticamente sin darme cuenta». — ¿Y cuándo apareces en la televisión? —Ya en Cadena Oriental, vine de vacaciones a La Habana , y Ricardo me convence para que me presentara en CMQ Televisión. Fue la destacada actriz Hilda Saavedra, quien me hizo la prueba de radio, aunque para entonces poseía mi carné de actor, que se lograba después de 42 actuaciones. Me quedé en CMQ haciendo lo que se presentara, siempre de extra. Avisamos a todos en el barrio para que nos vieran en el primer programa en el que participé, La taberna de Pedro, pero luego me tildaron de mentiroso cuando salió solo mi silueta. —Sin embargo, con el tiempo llegaste a convertirte en uno de los primeros galanes de la televisión... —Sí, pero no fue fácil, para llegar ahí pasaron años, muchos años haciendo extras primero, y luego pequeños papelitos de dos o tres bocadillos. En aquella época era muy difícil, no como ahora que los muchachos tienen la suerte de que llegan y ya están protagonizando una novela. Había muchos actores muy establecidos, muy buenos y que además tenían su contrato con la firma. Y así fuimos muchos los que empezamos en aquel tiempo: Pedro Álvarez, Erdwin Fernández, Rogelio Leyva, Jorge Félix... Por eso quizá tenemos esa disciplina, ese rigor. Porque nos costó mucho trabajo llegar. — ¿Y en qué momento te estrenas como galán? —Fue en el Canal 4, por allá por el año 54 ó 55, después que me contrataron en ese canal que tenía un cuadro dramático muy bueno: estaban, entre otros, Raquel Revuelta, Maritza Rosales, José Antonio Rivero... Y ahí, en el espacio Un romance cada jueves tuve mis papeles importantes. Pero el canal cerró y regresé a CMQ, donde surgió Fiesta con los galanes, un programa de radio de gran impacto. Con él tomó mucha fuerza aquello del galán. De ahí salimos seis destacados jóvenes, y a partir de ese momento cayeron propuestas para teatro, novelas, espacios humorísticos, comerciales... Me convertí hasta en locutor, ¡colegiado y todo! «Después del triunfo de la Revolución , con los teleteatros nació el Teatro ICR, y tuve la suerte de estrenar este espacio con Dulce pájaro de la juventud, de Tennessee Williams, con Raquel Revuelta y Enrique Santiesteban, dirigido por Manolo Garriga. Asimismo sucedió con Cuento universal y con el espacio Aventuras, que se inauguró con Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne. — ¿A qué atribuyes que después de marcar un momento significativo en la TVC las Aventuras se hayan ido perdiendo? —Las Aventuras surgieron como una alternativa para entretener a niños, jóvenes y a la familia en general. Fue Silvano Suárez el encargado de dirigir Veinte mil..., y de la noche a la mañana el espacio se convirtió en el más importante, por encima de la telenovela, los teatros, el cuento... Lo que ha sucedido quizá sea resultado de que ya no se llevan a la pantalla los grandes clásicos de la literatura universal —obras que los años han probado que funcionan—, o que los temas que se están proponiendo hoy no motiven a los muchachos, o que se estén presentando de modo que pierden el interés. No es que ahora no ocurra, pero antes, por la propia escasez de recursos, estábamos obligados a trabajar con mucha inteligencia, creatividad, y entrega. El caso es que se fue perdiendo una teleaudiencia asegurada. «Para que tengas una idea de lo que te estoy hablando, Veinte mil leguas de viaje submarino, que pensé sería compleja para ser trasladada a nuestra televisión por moverse dentro de la ciencia ficción y que sería complicada para los más pequeños, pegó ¡y de qué manera! Y eso se logró con mucha imaginación, a base sobre todo de conocer muy bien el medio». «Recuerdo que un día había una escena en que el submarino salía a flote y el capitán Nemo lo electrificaba, para evitar el ataque de los indios. Te puedes imaginar que era un artefacto que se había construido en un estudio no muy grande. ¿Sabes cómo se logró el efecto? Pues utilizando palitos chinos, de esos que cuando se prendían soltaban chispitas. Y se movía la cámara y los actores saltaban como si los estuviera cogiendo la corriente, se tiraban para el agua —unos colchones colocados en el piso—. Sin embargo, los televidentes quedaban con la boca abierta. Como ves eran soluciones sencillas pero ingeniosas». «Con las Aventuras tuve experiencias muy lindas. Después vino Robin Hood, que fue donde de verdad se cimentó este espacio. En una ocasión visitamos la Camilo Cienfuegos , primera escuela que me parece se fundó en Cuba para niños discapacitados. Cuando la maestra les dijo a los padres que iban a escuchar las primer as palabras que habían aprendido a decir sus hijos, y estos gritaron: “¡Viva Robin Hood!”, todos vinieron a abrazarme emocionados por el avance mostrado por sus hijos. Algo inolvidable. Y como esa, cientos de anécdotas». — ¿Crees que fue bueno eliminar la diferencia de estatus que existía entre los actores? —No, creo que no. Y no es que hubiese querido que se mantuviera aquel sistema de estrellas al estilo capitalista, pero se debía haber buscado una manera de destacar el trabajo realizado, de la misma manera que se reconoce el desenvolvimiento de Savón, Juantorena o Ana Fidelia Quirot. ¿Por qué no hacerlo con un actor? Fíjate que no te estoy hablando de seguir con las clasificaciones de galán, sino de hacer sobresalir los logros artísticos, que no tiene que ver con darle entrada a la vanidad, a la superficialidad, a la bobería. Pero si un actor o una actriz descuellan por sus dotes, ¿por qué no subrayarlo? Para los jóvenes sería un aliciente tener estos paradigmas, que se convertirían en su meta. «En ocasiones, aunque somos figuras públicas, permanecemos en el anonimato. Sobre todo los que comienzan, que a veces desarrollan una magnífica labor y la gente ni siquiera los conoce por su nombre, pero ¿de dónde lo va a saber, si en los créditos no se identifican la imagen o el personaje que defienden con el nombre? A los viejos ya nos conocen, pero no sucede así con esa hornada de actores jóvenes con excelentes condiciones histriónicas. Y una muestra está en el elenco de la telenovela ¡Oh!, La Habana , como Raúl Lora-Candelita, quien además de haber calado su personaje, realizó un entrenamiento tan fuerte que en ese momento podía enfrentarse con un boxeador profesional». —Enrique, ¿cómo preparas tus personajes? —Si es de ficción, le conformo una historia. En ¡Oh!, La Habana , por ejemplo, me inspiré en el gran actor Alejandro Lugo, quien fue mi amigo, mi profesor, una persona que me ayudó mucho y que además fue boxeador. En él se resumía la experiencia, el carisma, la exigencia, la amabilidad, el conocimiento, pero podía ser también muy duro cuando la situación lo requería. Él era así, como un padre. «Cuando el personaje existe o existió, indago todo lo que pueda sobre esa persona. Hace ya algún tiempo rodé una película (Cuando la verdad despierta) sobre el abominable atentado de que fue víctima Fabio Di Celmo, y en ella interpreté a Justino, con quien había conversado en varias ocasiones. Por un lado, me sentí muy bien asumiendo ese papel, pero por otro, cuando tuve que hacer, por ejemplo, la escena en que ve a su hijo muerto, fue muy duro para mí, porque me puse no solo en el lugar de él, sino en el mío propio. Yo perdí a mi hijo de 17 años que murió de un ataque de asma, cuando estaba representando una obra de teatro en el Mella, y eso fue muy impactante. De esas vivencias tristes o alegres también uno se nutre». —Hemos conversado de televisión, pero no sobre tu paso por el teatro y el cine... —Te podría decir que cuando se inauguró la primera sala teatro en Cuba, en el año 1954, la Thalía, yo estuve con la obra Té y simpatía. En esa época hice mucho teatro en el Patronato del Teatro, en el Palacio de Bellas Artes..., después me desvinculé un tiempo hasta que ingresé en Teatro Estudio en el 68, donde permanecí 11 años. Dentro de este colectivo hice cosas muy interesantes con Raquel Revuelta, Héctor Quintero, Berta Martínez. De ese período son puestas tan exitosas como Cuentos del Decamerón, Algo muy serio, Santa Juana de América, Don Gil de las calzas verdes... — ¿Y el cine? ¿Cuándo tocó a tu puerta? —Me llamaron para Nuestro hombre en La Habana, una película inglesa que se filmó aquí, y cuya presentación y créditos aparecían sobre mi silueta y, aunque tenía varias escenas en ella, eso fue lo que quedó en la memoria colectiva. Después hice algunas mexicanas rodadas también en Cuba, pero eran papeles pequeñitos. Más tarde participé en el primer largometraje después de 1959, Historias de la Revolución, conformado por varios episodios, yo estaba en el elenco de Un día de trabajo. Luego siguieron El huésped —un largometraje con Raquel Revuelta que nunca se estrenó—, El bautizo, Mella, Aquella larga noche, Río Negro, Jíbaro. En Perú rodé Túpac Amaru y El socio de Dios; en Colombia, Tiempo de morir, a partir de un guión de García Márquez, y coproducciones como Paco Chevrolet, Pata negra, Soñando con Julia, El misterio de Galíndez, El soñador y La rosa de Francia. — ¿Y cómo te las arreglas para llevar adelante tu carrera y la dirección de la Agencia Caricatos ? —Es cierto que hay momentos en que me he sentido presionado, pero por lo general lo asumo sin grandes quebraderos de cabeza, pues tengo la suerte de estar rodeado de compañeros muy valiosos. Eso me facilita poder llevar adelante la profesión de mi vida: ser actor.