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Mucho ruido, una esperada serie

Mucho ruido, una esperada serie
Mariela López, la exitosa realizadora del afamado espacio La sombrilla amarilla, es la directora de Mucho ruido, la esperada serie juvenil que estrenó ayer la Televisión Cubana como parte de su programación de verano y que, durante 30 capítulos de 27 minutos, aparecerá los lunes, miércoles y viernes, a las 7:00 p.m., por Tele Rebelde.

La constante demanda de este tipo de gustado producto audiovisual fue lo que impulsó a Mariela a dirigir Mucho ruido. Fue la experiencia que vivía Mayteé Vila con sus hijos adolescentes lo que la motivó a escribir junto a su hermano, Ricardo Vila, la historia de 16 muchachos de diferentes procedencias que se encuentran en un campismo.

«Durante los seis primeros capítulos, comentó Mariela a Juventud Rebelde, se presentan los personajes. Esta es una serie coral que trata las diferentes problemáticas que enfrentan estos jóvenes: el alcoholismo, la sobreprotección, la carencia de amor, la falta de comprensión que tanto necesitan, el derecho que tienen a elegir una carrera, el valor de la amistad y la lealtad...

«Mucho ruido les muestra a los adolescentes y jóvenes que tienen toda la capacidad para determinar lo que quieren en la vida y les enseña los recursos que poseen para lograrlo. Soy de la idea de que mientras más pronto lo aprendan, mejor».

—¿Cómo fue la selección del casting?

—Partí de las características físicas, buscando diferencias y multirracialidad mientras descubría las potencialidades actorales, de comunicación, y de química que podía haber entre ellos.

«La selección del casting determina el éxito de una obra. Hay nervio en el actor que se siente a prueba, al igual que en el director que siempre teme al error. Yo empiezo por presentarles una breve sinopsis de los personajes y les entrego escenas que marcan sus líneas, así como las relaciones entre estos. A partir de sus propuestas, trabajo con ellos como si estuvieran en un ensayo común. En dependencia de la comunicación y del resultado que obtengo, decido; nunca espero del casting el personaje hecho, busco la semilla».

—¿Cómo fue la convocatoria?

—Por entrada libre. Pudo presentarse todo el que se enteró. Primero busqué en el grupo de Olga Alonso, que dirige Humberto Rodríguez. Allí encontré a Milton, quien interpreta a Carlos Enrique; y a Daniela que hace de María Carla. Laura Lupe (Fernanda), Ariadna (Yaíma), Rachel (Claudia), Reinier (Cristian) y Rubén Araujo (José Ángel), eran estudiantes que cursaban el 3er. año de la ENA (para ellos hubo que reajustar el plan de estudios) en el momento del casting.

«Clarita (Laura) y Fabián (Robertico) estaban en 4to. año. Ahora ya están graduados y culminaron sus tesis con cien puntos. Fabián la hizo con una selección de las escenas de la serie, y Clarita presentó escenas de la misma. Ella se graduó, además, con una obra de teatro que dirigió Carlos Díaz.

«Manolito (Luis Manuel), Leandro (Eric), Néstor Enrique (Leandro) y Marlon (Henry), eran recién graduados, mientras que Ingrid (Patricia), es estudiante de Informática; Hani (Ana), de Economía; y Samira (Siana), de Música».

—¿Resultó difícil trabajar con actores tan jóvenes?

—Yo me comunico muy bien con los jóvenes. Todos resultaron ser muy talentosos y buenos seres humanos; hicimos un pacto de sinceridad y lealtad en el plano personal y profesional. Me gusta la sinceridad de los jóvenes, no han perdido la inteligencia de los niños y son conocedores de la naturaleza humana. Es muy cómodo trabajar con quienes están deseosos de aprender, confían en ti, te respetan y te quieren. Trabajar con jóvenes es como sembrar en tierra virgen y fértil, todo se da.

—¿Y el equipo de realización?

—La banda sonora pertenece a Maykel Alfonso, quien además grabó todo el sonido directo en locaciones difíciles: playas, barcos, bailables, karaokes, serenatas y un concierto de rock. El editor es el experimentado Pável Ramírez; y Rafael García (conocido director de fotografía de La Sombrilla amarilla, Hola Habana, El elegido del tiempo...) se encargó de la corrección de color. Ambos diseñaron la presentación, la despedida y los efectos visuales.

«Tony Sánchez realizó la dirección de fotografía en los dos últimos y difíciles meses del rodaje; la asistente de dirección general es Indira Magaz —mi apoyo incondicional y quien cuidó de los detalles junto a Omar Valdés—; Yolanda Iglesia, mi asesora; el diseño de vestuario es de Nieves Valdés y el de maquillaje de Idaleidys Santana. La producción general corresponde a Luis Orlando.

«Tuve un excelente equipo de sonido y de asistentes de producción, especialidades de las que no se habla pero que son determinantes de la calidad. En este grupo están Omar Valdés (efectos especiales) y Pupy (efectos de luces)».

—¿La música es original? ¿Quiénes la interpretan?

—El tema de presentación y el de despedida son originales. El primero es de la autoría de Israel Rojas y está interpretado por Buena fe; mientras que el segundo es cortesía de los actores Néstor Enrique Jiménez, Fabián Mora y Rubén Araujo. El arreglo musical del grupo Aria y la mezcla la llevaron a cabo los reconocidos Juan Antonio Leyva y Magda Rosa Galván.

«La serie está musicalizada con fragmentos de temas de autores cubanos, como Carlos Varela, Santiago Feliú, Haydée Milanés, Buena fe, Van Van, Oguere, Aria, Raúl Paz, Vanito, Thelmaris, Interactivo, Descemer Bueno, Gema y Pável, X Alfonso, Orishas, Charanga Habanera, etc».

—¿Alguna anécdota que contar sobre la filmación?

—Acabo de editar una escena que cuando se rodó había mucho frío, mientras que la serie transcurre en el verano. Pasaron un frío terrible, porque no podía grabar de día por los frentes fríos, de manera que había que hacerlo en las noches para no atrasarme; así que sufrieron el frío de la madrugada, en una aparente noche de «verano». Sin embargo, no se quejaron; y por suerte tampoco se me enfermaron.

—¿Qué te mantuvo durante tanto tiempo fuera de la pequeña pantalla?

—La «cola» que debemos hacer los directores entre un proyecto y otro debido a las disponibilidades de producción y la carencia de proyectos y presupuestos. El otro motivo es que escojo los proyectos que dirijo, no hago todo lo que me ofrecen.

—¿Por qué dejaste a un lado un proyecto tan exitoso y necesario como La sombrilla amarilla?

—No lo dejé a un lado; no tenía los recursos y las condiciones para hacerlo mejor. Y La sombrilla amarilla no podía convertirse en un programa rutinario, que no cumpliera con las expectativas del público infantil.

La sombrilla... tuvo la virtud de educar al tiempo que entretenía a su público. ¿Te propusiste lo mismo con Mucho ruido?

—Es la única forma que tengo de hacerlo. No realizo una obra de la cual no se pueda aprender, aunque sea una mínima cosa que sirva para la vida. Sería como echar agua en un colador. Por otra parte, el público tampoco gusta de obras que le resulten aburridas. La mejor manera de transmitir valores, de enseñar, es lograr que no se percaten de que estás «dando una clase».

—¿Por qué tu interés en el público infanto-juvenil?

—Porque se parece a mí (risas).

—Después de mucho tiempo sin una serie nacional de este corte en pantalla, mientras permanecen en la TV otras de factura extranjera, ¿cómo has hecho para garantizar la dignidad de la puesta en escena dentro de tantas limitaciones económicas?

—No hacer concesiones de principio en la puesta y garantizar el «pollo del arroz con pollo», que es el trabajo de actuación de los muchachos, apoyándolos, además, con actores de experiencia y prestigio como Marta del Río, Corina Mestre, Eman Xor Oña, Rubén Breña, Silvia Águila, Kike Quiñones, Dianelys Brito, Osvaldo Doimeadiós, Irela Bravo, Amarilys Núñez, Daysi Quintana, Edith Massola, Jazmín Gómez, Ketty de la Iglesia, Jorge Treto y Rolando Nuñez, entre otros.

«La lista de las actuaciones especiales y de los actores invitados es bien grande. A ellos les agradezco haber accedido a compartir la serie con jóvenes que están empezando su carrera».

—¿Satisfecha?

—Con el trabajo de los muchachos sí. Desde el punto de vista formal de la puesta no pude hacer todo lo que tenía pensado, pero estoy conforme y en paz conmigo misma. Para mi suerte, me queda mucho por aprender.

 

Fuente:  José Luis Estrada Betancourt/ de Juventud Rebelde

 

Yuris Nórido: Mucho ruido, suficientes nueces

Yuris Nórido:  Mucho ruido, suficientes nueces

Fiel a su tradición, Tele y Radio reproduce el criterio de Yuris Nórido, en Cubasí, sobre la teleserie juvenil cubana Mucho Ruido, que ha tenido una notable aceptación entre todos los públicos y debe reportar una alta audiencia.   Luego de la experiencia de Diana, hay que decir, que Mucho Ruido también aborda los problemas de la Cuba de hoy, y lo mejor:  se entiende.  Los dejos con el comentario de Nórido.

Mucho ruido, suficientes nueces  

Realizadores, funcionarios y críticos cubanos han debatido una y otra vez la conveniencia de ubicar, en el tradicional espacio de las aventuras, las que el público denomina “series juveniles”.

Ha pasado el tiempo de la capa y la espada, dicen algunos, convencidos de que el televidente más joven prefiere otro tipo de “aventuras”, que tengan mucho más que ver con el aquí y ahora.

Otros –entre los que se cuenta este redactor- abogan por la coexistencia de géneros. Las aventuras tradicionales no han pasado de moda, ni pasarán nunca: los grandes clásicos siguen perfectamente vigentes.

Pero lo cierto es que, en las actuales circunstancias de producción, a la Televisión Cubana le resulta demasiado complicado realizar puestas que cumplan con los estándares mínimos de calidad.

Recrear los grandes títulos, con sus decorados de época, con sus escenas de combate, con sus particulares exigencias de vestuario y accesorios, resulta demasiado caro.

Ante ese panorama, la realización de series juveniles, más o menos realistas, ambientadas en época y escenarios mucho más cercanos, deviene un camino eficaz y pragmático. Sobre todo porque el público las recibe con manifiesto entusiasmo.

Un ejemplo: Mucho ruido (Tele Rebelde; lunes, miércoles y viernes; 7:00 p.m.), la teleserie de Mayteé y Ricardo Vila dirigida por Mariela López.

Estamos ante un producto no demasiado común en el ámbito de la producción nacional: la historia coral, protagonizada por gran cantidad de jóvenes actores, que recrean las inquietudes, alegrías y accidentes de un grupo de muchachos.

En la verosimilitud de esa recreación radica la principal virtud de la serie. Los jóvenes de Mucho ruido hablan como los jóvenes de la Cuba contemporánea, sin que haya sido necesario hacer concesiones a la chabacanería y el mal gusto.

Los bocadillos están escritos con gracia y chispa, el diálogo fluye, abundan las pinceladas de humor: el resultado es un discurso atractivo, que la estructura dramática sostiene sin traumas.

El argumento de Mucho ruido no da tregua al televidente. Las peripecias se suceden a ritmo trepidante, algo que aporta pujanza a la historia, pero que en buena medida también puede llegar a atropellarla.

Por momentos se extraña cierto regodeo en las situaciones, que permita asimilarlas a plenitud.

La puesta en pantalla es más que correcta, aunque adolece de cierta falta de variedad en los planos: Sobreabundancia de planos medios y generales (algo quizás achacable a la extraordinaria cantidad de personajes en buena parte de las escenas), que estandariza la visualidad y limita su capacidad expresiva.

Con la fotografía pasa otro tanto: en sentido general es eficaz y funcional, pero por momentos parece algo dependiente de los filtros.

Son, en todo caso, detalles que no empañan el impacto positivo de la teleserie, garantizado, en buena medida, por la calidad del jovencísimo elenco y de los intérpretes ya consagrados. La dirección de actores ha logrado una notable uniformidad en los desempeños.

Ha quedado demostrado, una vez más, que es posible realizar productos atractivos con relativa economía de recursos. Mucho ruido –como antes hizo Doble juego- se zambulle sin prejuicios en el complejo universo juvenil. A algunos podrá parecerles más o menos profundo el abordaje, pero en definitiva resulta válido.

Detrás de Mucho ruido hay, en todo caso, suficientes nueces.

Joel del Río: Teleserie Diana, estremecido y singular retrato nuestro

Joel del Río:  Teleserie Diana, estremecido y singular retrato nuestro

Tele y Radio reproduce la crítica final de Joel del Río, en Juventud Rebelde, sobre la polémica teleserie cubana Diana.

Hacer la crítica de una peculiar y polémica telenovela cubana, llamada Entre mamparas (dirigida por Consuelo Elba), fue de las primeras labores placenteras que me tocó en suerte cuando comenzaba a escribir para JR. La defendí a capa y espada, en virtud de la novedad que (creía yo) representaba. Quince años después, más o menos, reafirmo parcialmente mi inclinación natural a sublimar valores como el contraste y la singularidad. Pero desde entonces aprendí a valorar otros matices: que la novedad, el verismo y la pertinencia temática tampoco resultan argumentos suficientes y absolutos para certificar primacías incuestionables. También pude comprobar que el desdén de ciertos estilos o su negación vertical (no a lo evasivo y fantasioso, no al lujo y al confort, no al melodrama y los paradigmas conductuales asociados, no a los arquetipos, no a los cánones de belleza y comunicación establecidos) jamás garantiza, per se, la trascendencia o la excelsitud.

Las virtudes o defectos de Diana nunca deberían deducirse de su comparación con la brasileña Páginas de la vida. Cada una opera con recursos tan disímiles, y apela a zonas tan diversas de la sensibilidad, que compararlas solo conduce a invisibilizar las fallas o virtudes alcanzadas en sus muy diversos e incompatibles registros. Rudy Mora, el director y guionista de la cubana —además de máximo responsable de su altísima calidad histriónica y, en buena parte, de su diseño visual— es uno de los más inconformes, profesionales e innovadores artistas de nuestro audiovisual. Su más reciente y polémica obra vino a ratificarlo, independientemente de que algún crítico, como el arriba firmante, y no pocos espectadores nos hayamos distanciado en uno u otro resquicio de la trama, justo cuando debimos identificarnos por completo, y quedar «enganchados» con este convincente retrato de nuestras zozobras e integridades.

El principal valladar para la comunicación total resultó de una visualidad recargada y no siempre acorde con la dramaturgia. Digámoslo de una vez, para sobrepasar el asunto y no volver sobre ello: los perennes movimientos de cámara, la edición picoteada y tartamudeante, las angulaciones «incómodas» y el sonido barroco, en algunas secuencias parecieron recursos gratuitos, forzados, incluso molestos; alardes que violentaron la regla de oro de la inmensa mayoría de los dramatizados televisivos: mantener la claridad y «legibilidad» de la historia, y la subordinación de casi todos los recursos formales a esa transparencia narrativa mediante la atención detallista al trabajo de los actores. Es como si el director no hubiera tenido suficiente confianza en la eficacia de su guión, o en la prodigiosa habilidad de sus actores, a la hora de comunicar universos íntimos y filiales regidos por el desequilibrio, la fragmentación, e incluso los rencores y el desamor.

Esta es una de las reglas elementales de la televisión, un medio que admite ciertas dosis de experimentación con el lenguaje, mientras no contravengan la apreciación total de las historias, el disfrute del drama o de la comedia, por parte de espectadores siempre ávidos de sufrir y gozar con los reveses y alegrías de sus personajes preferidos.

Si la cámara describe escorzos y maromas «conceptuales», en lugar de acercarnos límpidamente las acciones y reacciones de los personajes-intérpretes, si la edición y el sonido entorpecen, retuercen o complican innecesariamente las más atractivas líneas de acción; si, en fin, la atmósfera visual y sonora provoca un distanciamiento inexcusable e improductivo, estaremos en presencia de una obra televisiva que, en lugar de buscar la comunicación plena con el espectador, se ocupó de entorpecerla con motivos ciertamente indiscernibles.

Quiero aclarar, es preciso subrayar, resulta cardinal expresar, que respeto profundamente la voluntad transformadora y el ánimo anticonvencional del creador indoblegable que es Rudy Mora. Diana no es, de ninguna manera, un dislate merecedor del desdén anulador en cuatro frases sumarias sobre la extrema movilidad de la cámara, la inestabilidad y el rebuscamiento de encuadres y angulaciones, lo inaudible de muchos parlamentos, o la dificultad para identificarse con los protagonistas. Además, habría que despiezar secuencia a secuencia para analizar dónde funcionaron tales recursos, en qué momentos exactos contribuyeron con la atmósfera dramática, y cuándo la manipulación formal devino adorno improcedente, obnubilación innecesaria de la fluencia narrativa, ostentación de códigos que, si bien demarcan un estilo, también introducen reiteraciones innecesarias de sentido o acarrean una afectación bastante inocua.

Una vez que algunos espectadores, y yo, sobrepasamos algunas barreras colocadas por Rudy Mora y traspusimos nuestros propios convencimientos o prejuicios, nos sorprendimos un día, casi sin quererlo, inmersos en la trama, pendientes del destino de los personajes. ¿Quién, entre nosotros, no ha sentido alguna vez que «la suerte ya no te quiere» y se siente incapaz de ver las salidas, las opciones? ¿O ha visto amenazados los hilos invisibles que te unen a la familia, a la pareja, a los amigos? ¿O corrobora día a día la creciente verdolaga del materialismo ciego, el quítate tú pa’ ponerme yo, la incomunicación vertiginosa, apenas justificada por la mezquindad y el personalismo? ¿Quién no conoce a mil Fernandos medio irascibles, irresponsables, paranoicos, pero, en el fondo, generosos y nobles? ¿Quién no conoce a quinientas María Teresa posesivas, que hablan solo de sí mismas, y no ven nada más allá de sus apetencias y problemas?

De todo ello nos entrega cumplido reconocimiento este dibujo verista (nunca despiadado ni deprimente) de varias familias aquejadas por los múltiples conflictos que genera la obligatoria convivencia. Según leí alguna vez, hay teorías biológicas que explican ciertas dosis de violencia y conflictos en el reino de los animales superiores, cuando un número grande de individuos de la misma especie habita un espacio muy restringido. Seguramente la teoría aplica también para los seres humanos, sobre todo en las ciudades populosas, y el guión se despliega en torno a la infinitud de problemas que generan la estrechez habitacional, la escasez de medios y recursos, la crisis material que facilita declinaciones de orden ético. Pero quedarse con esta cara oscura del retrato significaría inadvertir la voluntad ennoblecedora, sin perogrulladas ni didactismos, que caracterizó a esta teleserie, capaz de poner a discutir a toda Cuba tres veces por semana, y además entregarnos momentos francamente estremecedores.

Habría que escribir un ensayo de muchas páginas para demostrar palmo a palmo cómo Rudy y sus colaboradores verificaron el milagro de sugerir las anteriores ideas, y otra decena de honrosas asociaciones, sin concederle grandes resquicios a la obviedad ni a las moralejas. A pesar de que al final se percibió algo así como un «castigo» para los egoístas, mientras que los mejores concluyeron su periplo entre sonrisas, perdones y comprensión inmanente, pocas veces se había visto en un dramatizado escrito en Cuba un tratamiento tan hondo, matizado y complejo de cada personaje, actitud, y manera de pensar.

De modo que, en cada uno de los 35 capítulos, se acrecentaba la sensación de que teníamos en pantalla gente común y heterogénea, ordinaria y excepcional, seres humanos con todo lo que eso significa en la Cuba de hoy. Los personajes masculinos, sobre todo, me parecieron mucho mejor escritos —quizá porque uno de los principales presupuestos temáticos parece ser el tema de la paternidad responsable— que los femeninos, casi todos diseñados más en bloque, para cumplir funciones de meras oponentes, auxiliares u objetos del deseo.

Nunca pude comprender por qué Vivian (Isabel Santos) se mantuvo todo el tiempo tan indecisa y atormentada, ni me pareció idóneo que los personajes de Broselianda y Blanca Rosa ostentaran tantos rasgos comunes y fueran al final «sancionadas» con el abandono de sus magnánimos y regenerados cónyuges. También creo que se reiteró en demasía la bronca entre Fernando y su vecino casi hermano, y la subtrama del hijo que regresó para exigir el reconocimiento de una familia totalmente ajena; se forzó hasta el límite de lo verosímil con tal de «conflictuar» al personaje de Raúl Pomares. La paternidad ignota y el hijo pródigo de ascendencia desconocida me parecieron guiños que emparentaron la teleserie con un tipo de melodrama ajeno, hasta donde sabemos, al estilo de Rudy Mora. Además, no voy a negar que el final resultó conmovedor, incluso hermoso, con la mayoría de los personajes en franco trance de mejoramiento, pero también debemos decir que ese epílogo en esencia idílico no podía siquiera avizorarse cinco o seis capítulos atrás.

Hablando de actores y actrices: Pasará mucho tiempo para que nos encontremos de nuevo, en televisión e incluso en cine, con un elenco tan poderoso, creíble, entregado a su labor, y convencido de la jerarquía cultural de su desempeño. Revalidó su categoría estelar, por supuesto, Fernando Hechevarría (me niego a discutir si la tartamudez es apropiada o excesiva, frente a un poder histriónico que bordea lo soberbio, en sus más altos registros). Raúl Pomares, Corina Mestre y Verónica Lynn supieron engranar a la perfección sus muy diversos estilos, en escenas que pudieran servir de clase magistral para quienes necesiten saber qué cosa es el arte interpretativo en sus acepciones más consumadas. Formidable trabajo, una vez más, de Broselianda Hernández e Isabel Santos, en el bordado de antiheroínas totalmente convincentes, tanto en el despliegue de la extroversión agresiva como de la vulnerabilidad pasiva. Sorprendió agradablemente el dominio total de Aurora Basnuevo y Edith Massola en claves dramáticas. Ambas magnificaron sus personajes con una riqueza compositiva que pasó por la elocuencia de las miradas y el trabajo con los tonos de voz. También se batieron como leones en la defensa de sus personajes Ketty de la Iglesia, Tamara Morales, Néstor Jiménez y Jorge Ferdecaz. Sin contar los momentos de culto que significaron las breves participaciones de Manuel Porto y Daisy Granados, o la presencia entrañable de Herminia Sánchez.

Todas las opiniones que en esta crítica aseguran las muchas virtudes de Diana probablemente serán aceptadas, solamente, por quienes intentaron entender, acercarse, dejarse llevar por la complicidad de una perspectiva ética, profesional y generosa. Quienes se negaron, atrincherados en el «no me gusta la cámara y la edición de videoclip», o en el «no quiero ver en televisión lo mismo que vivo todos los días», perdieron la oportunidad —como estuve a punto de malgastarla yo— de repensarse nuevamente dónde estamos parados, o sentados, o inertes, y cómo nos acercamos los unos a los otros, y nos tratamos cotidianamente, y qué tipo de mirada se precisa para desestimar la mentira complaciente como actitud factible ante la vida y ante el arte. Solo así, asumiendo los riesgos de la honestidad intelectual, se puede aceptar, comprender, e incluso amar, esta obra ilustre e imperfecta, una suerte de llamado a comprender nuestros defectos y derrotas, a erguirnos para tratar de avizorar dónde dejamos abandonadas ciertas virtudes, una proposición para seguir andando por los espinosos senderos del altruismo, el compromiso con la verdad y con la espiritualidad.

Cuando en los minutos finales de Diana Fernando se niega a hablar con una periodista sobre el agujero en la capa de ozono, pero articula brillantes respuestas sobre la lucha contra el decrecimiento poblacional, y le da la espalda a la cámara, con una niña cargada en cada brazo, no pude evitar sonreír con los ojos húmedos. Esa es, tal vez, la mejor y más limpia de las sonrisas aprobatorias que puede regalar este cronista.

Prensa cubana comenta que llegó a su final la polémica teleserie Diana

Prensa cubana comenta que llegó a su final la polémica teleserie Diana

La teleserie Diana, que llegó a su final este miércoles por el canal Cuba Visión, suscitó la  polémica a lo largo de sus 35 capítulos.
   Resultó un producto televisivo del cual mucho se ha hablado, ya fuera a su favor o en contra.
   Es una obra de ficción que nos reflejó como la más cruda realidad; convirtió la pantalla de nuestros televisores en espejo familiar.
   Justo frente a nosotros estábamos todos: usted, yo, el familiar, el vecino, el amigo. hombres y mujeres que en viviendas como la suya o la mía ven transcurrir su rutina diaria: en el trámite burocrático que se dilata, en la cola de la bodega, en la parada de la guagua, en el agromercado con sus elevados precios.
   Puede que en ello radique parte de la animadversión ante "Diana", quizás por estar acostumbrados a usar el horario de las telenovelas para soñar la vida de otros y no para ver las nuestras, una manera muy sutil de enajenación de la realidad sobre la que alertó el Premio Nacional de Literatura Reynaldo González en su ensayo "Llorar es un placer".
   A propósito, desde el principio, su director Rudy Mora aclaró que se trataba de una teleserie y no de una telenovela.
   Otros plantean que les molestó la edición, con sus rápidos juegos de cámara que los desconcentraban. ¿Acaso no sería que no están acostumbrados a esa forma de montaje de imágenes y sonidos?  De seguro mucho influyó la instintiva reacción humana de resistencia al cambio.
   Hace unos días escuché a alguien decir que la sacaba de quicio que el protagonista era gago y, para colmo, con un tic nervioso en el que chocaba ambas manos.
   Recuerdo ahora "El Ensayo sobre la ceguera" del Nobel portugués José Saramago y me pregunto: ¿acaso los gagos, los mudos,  los sordos y los ciegos no existimos? ¿Cuántos vivimos y convivimos con nuestros propios tics? El mensaje es claro: para qué soñar el futuro si puedo vivir el presente.
   Rudy Mora nos ha retado, insertando códigos del lenguaje audiovisual en ese "tótem" sagrado de la familia cubana que son las telenovelas; códigos a los que nos fuimos acostumbrando desde la obra de nuestro Félix B. Caignet, fundadora de la radio-novela latinoamericana. Con "El derecho de nacer", los cubanos tuvimos la primera palabra.
   Cuando novedosas ideas irrumpen en el género apuntando justo hacia la diana, ahora nos toca tener la última palabra. Somos nosotros quienes decidimos si las aceptamos o no. Lo cierto es que Diana, al menos, tuvo el derecho de nacer.

Fuente:  AIN.

Se acabó Diana: ¿"Qué pena..." o "...Al fin"?

Se acabó Diana:  ¿"Qué pena..." o "...Al fin"?

La controvertida teleserie Diana, transmitida por Cubavisión en el horario de la telenovela cubana, llegó a su fin.  A manera de epílogo, Tele y Radio reproduce un artículo publicado recientemente en el diario Juventud Rebelde con el título "Teleserie cubana Diana:  los lectores polemizan".  Su autor fue Javier Dueñas.

La serie Diana, cuyos capítulos ocupan ahora mismo el horario estelar de lunes, miércoles y viernes de Cubavisión, ha desatado un intenso debate. También llama la atención su heterogeneidad, pues en él parecen haber encontrado sitio desde quienes reservan un pedacito de la noche para degustar telenovelas hasta aquellos que comúnmente no sienten preferencia por ese espacio y no han quedado ajenos a un producto en muchos sentidos novedoso.

Una sabia y vieja definición dibuja a los periodistas como «la oreja de Dios», en alusión a ese sino de los colegas de ir por el mundo con «las antenas encendidas» captando sucesos y resonancias. Así llegaron a estas páginas los ecos de Diana. Un comentario de José Alejandro Rodríguez (En la diana, 9 de agosto) y la entrevista de  Yarimis Méndez Pupo a Rudy Mora, artífice de la serie (No me gusta la simple complacencia, 16 de agosto), abrieron las puertas a otras visiones sobre la telenovela.

Y lo que parecieron modestos acercamientos a los dilemas de sus personajes y a los secretos de bordar un producto como este, terminaron convirtiéndose en agradables provocaciones a dialogar. Hasta hace unas horas continuaban confirmándolo decenas de opiniones que llegaron a través de cartas, mensajes electrónicos y en los comentarios hechos a la entrevista en nuestra página digital (http://www.juventudrebelde.cu/cultura/2009-08-15/rudy-mora-no-me-gusta-la-simple-complacencia/).
Este dibujo nuestro

Propuesta televisiva original, de gran calidad, sui géneris, polémica, atrevida, transgresora de esquemas… son algunas de las frases empleadas por los lectores «flechados» por Diana.

Para Ana Díaz la teleserie está bien conformada y representa la actualidad cubana en muchas facetas de la vida, no solamente la vivienda.

Ariel no se considera un amante de las novelas, pero esta lo ha «enganchado» y cree que ello tiene que ver con su reflejo de «los problemas de convivencia de nuestra sociedad, en la cual coexisten conflictos… Eso además de la peculiar manera de tratar las escenas, cuando los personajes se desarrollan».

Tampoco se define como «novelero» Frank Manuel Piñón, pero admite que quedó atrapado desde el primer capítulo. Cree que «para suerte de nuestra maltrecha programación dramática, Diana marcará un hito por la manera osada de exponer las ideas y la edición enervante, la fotografía excelente y actuaciones que son muy buenas».

Luis Cardona no ha visto todos los capítulos, mas le agrada «cómo Rudy Mora ha manejado la situación familiar que se crea cuando el tema de la vivienda, uno de los problemas más críticos en nuestro país, comienza a tocarnos de cerca».

Hayram piensa que es una magnífica teleserie, valiente al reflejar una verdad latente y que «no podemos tapar».

Otro ángulo descubre Jorge Miguel: «Diana también pone su mirada en valores que se han ido perdiendo. Por ejemplo, el personaje de Pomares, el “botero”, en ocasiones no cobra por un viaje cuando todos sabemos que en la realidad otro pediría lo imposible (es tal vez un personaje de ficción, pero aleccionador). O la vecina de Fernando, que no piensa cuánto vale un plato de comida sino que comparte lo que tiene. Se hace un enfoque directo hacia el egoísmo de algunos personajes y el altruismo de otros».

Mayra Pi, «una simple cubana que vive el día a día» y que percibe las exigencias domésticas cotidianas como «batalla que solo se vence con mucha tolerancia, perseverancia y amor», considera que sus tensiones íntimas están reflejadas en la serie: «Eso y mucho más es la vida, esa que vemos en Diana. Estoy de acuerdo con mi mamá cuando me decía: “tal parece que han salido con una cámara y se han metido en los hogares y en la calle”».
¿Dónde buscar nuestras realidades?

¿Por qué tipo de telenovela apuestan los televidentes? Diana también ha generado criterios encontrados sobre el alcance y la utilidad de ese espacio.

Pablo Castro cree que toda la polémica entre los televidentes tiene que ver con que «se escogió un horario obligado para “refrescar”, para salir de la rutina diaria, para ver galanes y bellos amores con sus finales felices y dejar la calle atrás… Hay que ofrecer productos que nos proporcionen sueños agradables y reparadores».

Ariam piensa que no es justo «esperar un rato de fantasía y escape a las nueve de la noche y solo ver lo mismo que vivimos. Sí creo personalmente que las historias de amor son necesarias. Sería como exponer que quemáramos Romeo y Julieta simplemente porque es romántica y fantasiosa. Vivimos una época de realidad, pero Diana es demasiado radical si lo que pretendía era cambiar un patrón televisivo que por más de 40 años se ha disfrutado. Algunas cosas simplemente hay que dejarlas como están…».

De otra manera piensa Frank Manuel Piñón: «Divorciarnos de la vida con la justificación de que hay que desconectar no me parece útil. ¿Tiene el arte que estar aislado de la realidad? Ese es un patrón formado en la conciencia de nuestra gente… Estoy seguro de que frente a esta propuesta audiovisual ya son muy pocos los que se quedan indiferentes. Ese es su principal valor: el llamado a la reflexión y al debate».

Tras el realismo de Diana quizá se esconda la aversión que sienten ciertos televidentes, reflexiona Abel Sánchez. «Al individuo le gusta soñar e imaginar situaciones que superen su vida real. Es por eso que  mucha gente prefiere ver telenovelas con actores y actrices muy bien parecidos, con mucho lujo y grandes mansiones, en las cuales se aprecian situaciones que nada tienen que ver con nosotros y son en lo más profundo de su conceptualización un instrumento del mercado empleado para estimular en la gente pobre un espíritu consumista y enajenante…».

Tampoco Idania está de acuerdo «con ese tipo de novelas que no te hacen pensar y que te sientas a verlas como si fueras un drogadicto… No somos tontos como para estar delante del televisor viendo novelas “color rosa”. Otro mundo existe y es necesario verlo también».

Para Luis es «excluyente» esa telenovela importada «llena de códigos anquilosados, con mansiones fastuosas, donde todos son hermosos… y el simple trabajador no tiene la más mínima oportunidad de estar representado —o solo como jornalero mal pagado, vago o drogadicto. Venden un mundo idílico donde únicamente los vencedores tienen oportunidades. ¿Y quiénes son esos? Pues los ricos explotadores… Por eso aplaudo la propuesta de Rudy, siempre cabalgando con la verdad y la realidad de la sociedad…».

También Beatriz García prefiere «una novela que refleje mi verdad. Al final nos puede servir incluso para mejorar. ¿Hasta cuándo esos “culebrones” tontos, carentes de sentido común, que hasta subestiman la inteligencia del espectador?»

¿Para qué adentrarnos en nuestra realidad —preguntaba otro lector— si la sabemos todos los cubanos? De otra manera ve ese asunto Rubén: «A veces somos autores o convivimos con esas miserias humanas reflejadas en la novela, y no somos conscientes hasta que las vemos en una obra de arte. Pero en Diana también hay ejemplos de solidaridad humana. Así es como transcurren nuestras vidas y la novela nos conduce a reflexiones: ¿Cómo hemos actuado? ¿Somos tan solidarios o egoístas como esos personajes? ¿Cómo quisiéramos que fueran o actuaran nuestros hijos en esas situaciones? (…) El asunto no está en cerrar los ojos o virar la cara en otro sentido; este tipo de producto ayuda a convertirnos en mejores personas, si es que lo asumimos sin miedos y prejuicios».

«Pienso que muchos cubanos, quizá demasiados, se han acostumbrado a ver “las cosas lindas” que presentan las novelas extranjeras», sostiene Mayra Hernández Menéndez. «Incluso tratando temas profundos, se limitan a presentarlos en la clase media, sin hurgar en lo que ocurre con las capas bajas… Nos embriagan esas bellas imágenes de un Río de Janeiro inaccesible para muchos, unas bellas mansiones, gente linda (…) Si esos “movimientos de cámara” que según dicen “marean”, “esos ruidos” que molestan, entre otros “defectos” lo tuviera una teleserie foránea, ¡ah, entonces sí que es bueno todo!».

Jean David Ortega agradece a Diana romper con «la absurda cotidianidad que nos inunda con propuestas visuales “fáciles”, que no alimentan ni brindan la posibilidad de crear más allá de una idea ya preelaborada y un final en el que “todos son felices”».

Es un logro inmenso que Diana haya apostado por ese formato, para bien de quienes gustan de más reflexión y situaciones realmente inteligentes, afirma Juan Carlos. «De tal suerte —añade— nos alejamos de los patrones edulcorados e irreales de la telenovela importada y también de la nacional, que en su momento ha incorporado dichas maneras de hacer, regalándonos entonces una avalancha de situaciones absolutamente irreales donde todos los personajes poseen suntuosas casas, carros y niveles de vida muy distantes a los reales. ¿Dónde debemos buscar entonces nuestras realidades?»
¿Gato por liebre?

Las opiniones a favor también estuvieron matizadas. Oscar dedica «palmas a Rudy Mora y a su tropa», pero cree que «“se le fue la mano” con el movimiento de cámara y el sonido es deficiente».

Reinier Alonso estima que «aborda un tema interesante y cotidiano, está bien escrita, bien dirigida y tiene un buen elenco artístico. Lo que no está bien es la edición; ese movimiento de cámaras continuo está fuera de tono. Tal vez la idea sea buena pero no hay que ser tan reiterativos…».

El Director dio en la diana con respecto al tema, pero no con los medios y la forma de su presentación en pantalla, opina Ernesto León, quien considera que «no era necesario abordar la problemática actual de la vivienda y la familia con una total ruptura con lo que él (Rudy Mora) nombra “la moda audiovisual”…».

Sobre el uso de la cámara también opinaron varios lectores, quienes suscribieron que su movimiento no siempre está justificado como complemento de la acción dramática y a veces da la impresión de que tiene que moverse porque sí.

Con buenos ojos vio el guión Naskicet, aunque cree que necesita «algunos retoques para que la trama se desarrolle de una manera más rápida. En cuanto al experimento de la cámara, deberían haberlo dejado para otro espacio: el horario de la telenovela en Cuba es inviolable y ya son muchos los que dominan el audiovisual. Creo que gran parte de las críticas a la serie corresponden a la selección por la Televisión de ese horario».

También Osvaldo Díaz considera que «Diana ha sido colocada en un mal horario… No solo es un problema de la edición crispada y los planos y secuencias demasiado cortados, sino que tiene un audio deficiente y hay que poner el servicio de close caption para entender lo que hablan figuras con una dicción impecable, como Verónica Lynn y Broselianda Hernández». Es controvertida, opina, pero «comunica muy poco».

Preocupada por el horario también está Caridad Torres Domínguez. Para ella, «la serie tiene escenas de sexo muy expresivo» y aunque comprende que a los menores debe creárseles una cultura sobre el tema, cree que no deben verla. «Que nadie me diga que los niños cubanos duermen con La Calabacita», fue la frase que puso punto final a su mensaje, acaso una invitación a que se tengan en cuenta dinámicas familiares actuales al seleccionar los horarios de los programas.

¿Hay unanimidad en este tema del horario o, dicho con precisión, de que el espacio de la telenovela abra puertas a otras estéticas? Tampoco. Damián le encuentra «buena factura, excelentes actuaciones y una carga dramática bien dosificada, un buen guión y adecuado ritmo en el desarrollo de los acontecimientos… Mi único consejo para Rudy es acerca del abuso de los símbolos y otros recursos análogos pues a veces parecen demasiado forzados y más que estimular la inteligencia y la agudeza del receptor, parecieran subvalorar su capacidad. Es legítimo apostar por un producto experimental; y mientras más sutil sea la introducción de estos elementos mayor calidad tendrá la propuesta».

«Las polémicas, disgustos, la comprensión o incomprensión que deja tras de sí la serie, no son más que el resultado de «vernos reflejados por primera vez con nuestras necesidades, problemas, nuestra lucha diaria, carencias y propósitos, y saber que todo tiene una razón y una enseñanza para una mejor convivencia y un mejor futuro», analiza José Luis, quien recuerda que «esta nueva generación está desprovista de tabúes, pero los niños y niñas no deben ser espectadores de la teleserie; ellos tienen su horario de sueño y los adultos debemos educarlos y ponerles los límites necesarios».

Al tomar el pulso a algunos juicios pareciera que el horario del espacio es un baluarte cerrado a otras aproximaciones artísticas (para algunos lectores, las únicas que verdaderamente lo son). Sería bueno que meditáramos si miradas personalísimas como esta, con una calidad y hondura que suscriben la mayoría de las opiniones, no pueden gozar de un amplio escrutinio público. ¿En qué atolladero colocaríamos a creadores con una honesta y comprometida vocación? ¿Por qué negarles libertad para crear aplastándolos con convenciones? ¿Para qué sirve la tradición sino para viajar al futuro desde ella?
Osadía visual

Muchísima atención ha concitado la presentación visual de Diana, su modo peculiar de contar.

Osvaldo estima que «se pueden tratar temas de la realidad cubana sin ser tan tediosos y usar galanes reales que tengan defectos menos enemigos del diálogo que tartamudear».

Más allá de la intención de romper esquemas, Rafael Limia Barrero piensa que «la propuesta visual (de Diana) no es la ideal» para el género. «Otra cosa es la crudeza de los problemas. No hay que ver la serie para saber todo esto que se muestra en ella. El autor debe tomar de la realidad y recrearla en la ficción, pero en Diana no veo la ficción por ningún lado».

José Miguel opina que los televidentes no están acostumbrados a los códigos televisivos de la serie. «La gaguera de (el personaje de) Fernando Hechevarría es agobiante y cansona, y el movimiento de cámaras acaba con la retina. La temática y el talento artístico son de primera, pero la gente desea “refrescar”, no terminar el día con dolor de cabeza».

Pablo Castro sostiene que los realizadores «olvidaron lo importante que es la parte visual y lo agradable para ese horario escogido… Buena parte de los asiduos a ese espacio son de avanzada edad; y atiborrarlos con movimientos de cámara y diálogos extensos los cansa, les molesta, los aturde y terminan perdiendo los mensajes».

Telma del Pilar Sánchez pregunta por qué tenía esta serie que «cambiarnos el modo en que acostumbrábamos a ver las telenovelas. Ese espacio debe ser para relajarnos y no para descifrar modos diferentes de presentación… No es ese el diseño de lo que necesitamos ver después de horas en el trabajo, en la calle, en la casa con los problemas que, además, él nos recuerda en Diana».

También hay otras valoraciones sobre el asunto. «Estoy al tanto de que el discurso de Diana no es sencillo —dice Frank Manuel Piñón—, pero nada en nuestra cotidianidad lo es».

Beatriz García es también de las que aprecia esa mirada compleja: «El mensaje está, y descodificarlo depende del espectador. No se puede ver televisión solo como un pasatiempo: hay que saber sacar provecho de cada minuto que se invierte en ver cualquier cosa…».

En oposición a lo que califica como telenovela clásica, de ritmo lento y acontecer predecible, Noel Pérez piensa que «ver una teleserie de Rudy es como vivirla, y en eso tiene que ver mucho un proceso de edición atractivo y dinámico… No sentimos que estamos ante un obra actuada sino en la vida real».

Al ritmo narrativo y el «gancho» de las diferentes historias recreadas en la serie, regresa Tahimí Hernández Juárez, quien  reconoce en ello un logro de la serie: «Para mí es simplemente innovadora y muy interesante… Todos los días me siento a verla pensando: ¿qué ocurrirá en el capítulo de hoy?».

Un elemento reiterado en quienes apuestan por Diana es la defensa de personajes suyos, como el tartamudo, que la conectan con la cotidianidad. «Por primera vez tenemos un gago en pantalla, maravillosamente interpretado por Fernando Hechavarría —comenta José Luis—, quien nos hace llegar la humildad, sencillez y buen corazón de alguien que, aun cuando no pueda expresarse como todos, forma parte de esta sociedad nuestra que no discrimina razas ni conocimientos, y mucho menos discapacidades».

A Grace Izquierdo Sánchez le parece una idea genial la del personaje de Fernando, «para que gente como él aprecien cómo lo ven los demás y mejoren su ego».

Niurka Miranda Varela cree injusto que se critique a un individuo gago en el rol protagónico. «¿Los gagos e impedidos no tienen derecho a ser representados como parte de nuestra sociedad? ¿Por qué no critican en la novela brasileña Páginas de la vida a la niña síndrome de Down, situada también en un papel principal?»

«Para mi gusto, el movimiento de la cámara a veces se exagera —afirma José Miguel— pero se tolera, así como la gaguera de Fernando, que nos enseña precisamente la tolerancia ante los defectos. Quien no tolera a Fernando, quizá no tolere tratar con gagos en la vida real…».
Razón de ser

«Estimado José Alejandro: Dedico estas letras para agradecer su comentario En la diana, y no porque sea favorable hacia mi trabajo, sino porque aprecio entre sus líneas un respetuoso llamado al debate.

«Sería redundante comentarle sobre las opiniones diversas que ha generado el serial incluyendo las que manifiestan rechazo, pero quizá es nuevo para muchos que estoy muy satisfecho porque esté sucediendo —esa es la razón del arte y por  ende del artista, que en este caso está comprometido con su realidad. Muchas opiniones, a mi pesar, manifiestan límites y fronteras de pensamiento, superficialidad, maniqueísmo, etc., y por qué no, hasta doble moral, y es ahí donde radica la reducida dosis de insatisfacción que siento por el “suceso”.

«Con su pequeño artículo, legitima la otra mirada, el otro rasero, la otra manera, y por ende la valentía, enunciando la necesidad de la honestidad y creo que, por encima de todo, esa es la esencia de Diana y la pretensión de hacerla». Rudy Mora.

En producción revista musical para las noches del domingo

En producción revista musical para las noches del domingo

La Televisión cubana informa que la revista musical A mi manera saldra próximamente al aire por el Canal Cubavisión, los domingos a las ocho y media de la noche.
 Esta propuesta televisiva, todavía en fase de producción y que anuncia el portal digital de la pequeña pantalla, propone nuevos conceptos y discursos estéticos.
 Según su director, Manolo Díaz,  "tiene como característica sui géneris que no asume un presentador fijo, sino que en cada emisión la conducción corre a cuenta de destacadas figuras públicas, cantantes famosos o reconocidos actores".
 En un material sobre A mi manera Norberto Escalona Rodríguez especifica que el programa tendrá una hora de duración y alternará bailes y diálogos.
 Este se desarrolla  entre conversación y música, todo esto a la manera de cada uno de sus invitados -de ahí el nombre-, entre ellos Enrique Molina, Larisa Vega, Laura de la Uz, David Blanco, Niurka Reyes, y Raúl Paz.
 Paz, junto a un colectivo, estuvo a cargo de la música de presentación, que es una versión del tema "A mi manera" popularizado por el cantante Paul Anka.
 Díaz comentó que el programa abarca una diversidad temática y los invitados pueden ser, además de personalidades de la cultura, especialistas en otras ramas, como la educación, la medicina, o el deporte.
 Entre los diferentes tópicos resaltan la perseverancia, los obstáculos de la vida, los retos y sueños, de modo que no solo se podrá disfrutar del trabajo artístico o social de cada participante, sino también de la reflexión.
 Agrega Escalona Rodríguez que A mi manera pretende ser un programa con un sentido intimista, porque se desarrolla a partir de historias personales y privilegia las impresiones que sobre diferentes eventos de su vida cuentan los anfitriones.  

Fuente:  AIN

Diana:la peculiaridad de una mirada

Diana:la peculiaridad de una mirada

En un amplio artículo publicado en el semanario Trabajadores, el crítico de TV Yuris Nórido afirma que no estamos ante una puesta en pantalla convencional.  Tele y Radio le invita a su lectura.

Diana:  la pecualiaridad de una mirada

Una teleserie como Diana (Cubavisión) no puede ser monedita de oro. Por varias razones. La primera: no estamos ante una puesta en pantalla convencional; segunda: el realizador se zambulle en la más inmediata realidad, asumiéndola como instancia dinámica y compleja; tercera: el discurso es personalísimo, con toda intención rehúye las generalizaciones.

No tenemos a mano datos de audiencia y niveles de satisfacción, pero a juzgar por los comentarios de pasillos, paradas y mostradores, a no poca gente la propuesta le ha parecido insólita, demasiado compleja, parcial, insufrible incluso. En el otro extremo, por supuesto, están los que la consideran renovadora, valiente, reflexiva, o por lo menos interesante.

Esa podría ser, de alguna forma, una de las virtudes de la serie: da de qué hablar, para bien o para mal. Hemos sido espectadores de demasiados productos anodinos, intrascendentes; estimula encontrar de cuando en cuando algo contundente, aunque no comulguemos del todo, aunque no comulguemos en nada.

Partamos de un hecho: a este redactor le gusta Diana. Le parece una obra inspirada, sincera, enjundiosa.

Lo entretiene y lo deja pensando. Lo emociona por momentos, le hace reír e incluso llega a incomodarlo.

Pero también puede comprender las razones por las que una teleserie de esta naturaleza puede sacar de sus casillas a buena parte de la teleaudiencia.

Nos hemos referido una y otra vez al tema: al televidente no le gusta que le pasen gato por liebre.

Ni siquiera le gusta que le pasen faisán por liebre.

A la hora de la telenovela, espera una telenovela, quiere ver una telenovela. Un producto que dinamite las reglas del juego, como es el caso, puede resultarle contraproducente.

Rudy Mora ha sido víctima de las circunstancias.

Ha recibido críticas que muy probablemente se habría ahorrado si su teleserie hubiera sido programada en otro espacio.

No hablamos de los señalamientos que con mayor o menor justicia, con toda la subjetividad del mundo, pudieran hacerse sobre el nivel de realización de la obra, su dramaturgia, la calidad de las actuaciones, la intensidad dramática; no hablamos, ni siquiera, de los comentarios que amerita la particular visión de la realidad que ofrece la serie. Nos referimos a la inconformidad de cierto público con los presupuestos de la puesta, con su vocación experimentadora, sus marcas de autor… Son elementos que no definen ni garantizan la calidad de un producto, pero que inciden necesariamente en su recepción.

Podrá parecernos reduccionista que algunos televidentes no admitan a esa hora, en ese canal, propuestas que se salgan demasiado de los moldes del tan llevado y traído folletín. Pero es un hecho. Y la televisión debe saber cuáles son los riesgos.

Mientras tanto, algo no deja de ser contradictorio: muchas de las encuestas divulgadas por el Centro de Investigaciones del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) apuntan a que la gente prefiere que los dramatizados nacionales aborden los aspectos más polémicos de la realidad.

Aquí están abordados. Sin embargo, a muchos les parece ahora demasiado descarnado el acercamiento.

Afirman, con sus razones, que a esa hora buscan entretenerse, “relajar”, y no abrumarse con los problemas del día a día.

Así de complejo es el panorama al que se enfrenta un realizador cubano. Demasiadas y disímiles, por momentos encontradas, son las expectativas.

Con todo, Rudy Mora ha salido airoso del reto.

Y la clave ha estado en la honradez y la seriedad de su acercamiento a la cotidianidad, asumido desde una perspectiva decididamente realista. Podremos coincidir o no con su visión, pero debemos respetar su derecho a seleccionar, jerarquizar, otorgar matices, recrear… La teleserie no pontifica, propone. No asume una actitud moralizante, didáctica; ofrece un retrato válido, humano, genuino.

El viejo debate sobre los límites entre realidad y ficción (un debate hasta cierto punto artificial, de sobra sabemos cuáles son los ámbitos de una y otra) podrá ser esgrimido por defensores y detractores: ¿hasta qué punto es legítimo presentar como “la realidad” determinados puntos de vista de un creador? Nuestra respuesta es sencilla: hasta dónde le permitan la solidez de sus argumentos, hasta el punto en que convengamos en que se trata, precisamente, de “su” visión del mundo, que puede o no ser la nuestra.

Desde una perspectiva formal, Diana es un ejemplo de dramaturgia eficaz, de libreto bien pensado.

Nos parece, eso sí, que a la historia le hace falta más distensión: el itinerario de los personajes está demasiado cargado de accidentes. Hay capítulos en que no se sale de una bronca para entrar en otra. Se extrañan momentos de sosiego y armonía, aunque sean los necesarios para preparar una nueva e inquietante peripecia. Esa espiral siempre creciente de conflictos mantiene al espectador en vilo, pero también puede llegar a abrumarlo.

Contra la opinión de algunos, nos parece que la historia admite —e incluso, por momentos, exige— la peculiar manera en que está contada. Esa estética de Mora, marcada por influencias bien asimiladas del video clip y otros géneros, por el aparente descuido de ciertas tendencias fotográficas, otorga una atmósfera compleja y sugerente al argumento, lo complementa y le reafirma la sensación de constante caminar sobre la cuerda floja, de habitar en los bordes de un volcán. La visualidad asume aquí, en ocasiones, el rol del texto.

Pero ojo, porque precisamente ahí radica uno de los peligros: la sobreexposición de ciertos recursos

—barridos, desenfoques, inestabilidad de la cámara, el aparente desgobierno de los planos y la edición—, que se estandarizan y pierden contundencia expresiva. O lo que es peor: pueden llegar a parecer accesorios, retóricos, casi dadaístas…

Afortunadamente, el director mantiene el pulso y nos sorprende aquí y allá con ingeniosos planteamientos visuales, que se amoldan como guantes a las situaciones e, incluso, las enriquecen.

Es el caso, también, de la banda sonora, no exenta de ciertos excesos —en ocasiones resulta desproporcionada su “emulación” con los diálogos—, pero que en sentido general acompaña con originalidad todo el entramado dramático. (Queremos creer, por cierto, que los desbalances con el sonido de determinados capítulos obedecen a cuestiones técnicas y no a una vocación de experimentar).

Uno de los platos fuertes de Diana es su nivel actoral. La escasa producción nacional nos ha acostumbrado a que cada nueva serie reúna elencos de calidad, pero no siempre se logra balancear los desempeños. Aquí, sin embargo, casi todos los actores defienden contundentemente sus personajes, gracias en buena medida a la bien lograda caracterización y a la verosimilitud de los diálogos y situaciones.

Destacan, por supuesto, los consagrados. Qué suerte la de Rudy Mora: poder reunir en una misma escena, por ejemplo, a “monstruos” como Raúl Pomares, Verónica Lynn, Corina Mestre, Isabel Santos y Broselianda Hernández. Todos ofrecen clases magistrales de organicidad y comprensión de sus roles. Fernando Hechevarría logra conjurar todos los peligros de representar a un personaje tartamudo, demasiado proclive a la caricatura. Aurora Basnuevo confirma sus credenciales como actriz dramática —por considerarla solo una excelente comediante, algunos no le han permitido lucirse a plenitud en otros registros—.

Y qué decir del inmenso Manuel Porto, a quien bastó solo un capítulo para entregar una actuación memorable.

Como lo hizo hace algunos años con Doble juego, Rudy Mora marca otra vez pautas en el dramatizado cubano para la televisión. Estamos ante un producto polémico, pero sería mezquino negarle trascendencia: no es esta una producción de “matar y salar”, como tanto bodrio que lamentablemente hemos sufrido. Hay aquí pretensiones, búsqueda, arte… Hay compromiso y riesgo. Hay confianza en las potencialidades de un medio que muchos realizadores menos talentosos que Mora miran con ojeriza y superioridad.

No se puede pretender que una obra con estas características complazca a todo el mundo. Es más, eso de que hay obras —de cualquier índole— que satisfacen a todos es un gran mito. Ni siquiera las que asumimos como clásicos indiscutibles tienen esa capacidad. Ni falta que hace.

Fuente:  Yuris Nórido.  Semanario Trabajadores.

Los Tres Villalobos de la radio a la televisión

Los Tres Villalobos de la radio a la televisión

Cuando en las décadas del cuarenta y cincuenta del pasado siglo el público disfrutaba, desde las ondas radiales, los episodios de tres hermanos que enfrentaban las injusticias cometidas contra el campesinado en la época neocolonial, quizás pocos creyeron ver nuevamente en acción a Los tres Villalobos, aventuras que durante 20 años gozaron de un rotundo éxito y que hoy tocan nuestras pantallas para deleite de tantas generaciones que finalmente pudieron ponerle rostro al mito y a la imaginación.

La historia del trío Villalobos, Miguelón (Vladimir Villar) y los jóvenes Rodolfo (Kristell Almazan) y Machito (Carlos Luis González), emplea recursos propios del género de aventuras, espacio al que llegó en un esfuerzo por rescatar la producción nacional de dramatizados juveniles.

Según explica el director de la serie Miguel Sosa, el principal propósito era presentar la saga como pura aventura, "a pesar de estar enmarcada en la década del cuarenta, nos tomamos algunas licencias. Intentamos contemporanizar la adaptación, pero buscando no perder la esencia del género, porque con la introducción del video hay una tendencia siempre a los efectos especiales y yo quería que fuera puramente cubana. No empleamos muchos recursos técnicos en todas las escenas de acción precisamente por eso".

"Aunque el espacio está dedicado a los jóvenes, debía también complacer a esa generación que pasa de 60 años. Era un reto que se nos presentaba, porque la imaginación en la radio es muy amplia y yo debía buscar a los tres Villalobos pensando en todos los públicos, pero hasta la fecha los resultados han sido muy favorables."

Adaptada en 86 capítulos con guión original de Pedro Urbezo, la aventura cuenta con 45 actores entre los que destacan Aramís Delgado, en el rol del terrateniente Don Gonzalo Casamayor; Dianelis Brito, Rafael Lahera, Armando Tomey, Isabel Santos, entre otros. Para la selección del reparto, agrega Sosa, que sometió a pruebas a los tres protagónicos, "son mis tres Villalobos, quizás otro director lo hubiera hecho diferente, pero yo quería que se representara la mezcla de razas. Busqué a estos actores jóvenes que el público conoce. Carlos Luis y Vladimir son mulatos mientras Kristell es trigueño, pero esa es la mezcla que nos caracteriza".

Aquellos que recuerden a plenitud las aventuras que se radiaban a las doce del día, probablemente hayan encontrado en la pantalla nuevas historias y personajes. Para el director de esta adaptación ello responde a una visión actual y diferente de los sucesos. "Muchas personas me han preguntado sobre algunas partes de la historia original que no se incluyen en nuestros episodios. Estos tres Villalobos de ahora obedecen a una nueva dramaturgia pero con el tratamiento de la época en que surgieron. Precisamente fue la escenografía uno de los elementos que más trabajo costó, sin embargo ha sido muy bien acogida al igual que la ambientación y la fotografía de Tony Sánchez, una persona que tiene una visión muy preciosista de lo que es la cámara".

Durante casi siete meses de filmación en los exteriores de Managua y Bauta, la grabación de la serie contó con una preparación física intensa para los actores. "El entrenamiento de equitación duró tres meses, algunos nunca habían montado a caballo, como María Karla Fernández que sin embargo lo hizo muy bien. No hubo ningún incidente y eso también es un logro que debo a todo el equipo".

Director de series tan populares como La Atenea está en San Miguel, Sosa confiesa haberse entusiasmado mucho con el proyecto, aún cuando sabía que se exponía a cada paso. "En estos tiempos —confiesa— colocar una aventura, y ocupar un espacio que ha estado tan deprimido, no es tarea fácil. Muchos realizadores hemos querido recomenzar para que el espacio alcance otra vez su vuelo; me parece que se está haciendo un esfuerzo, aunque no depende solamente de nosotros. Los tres Villalobos parecen marcar, después de tanto tiempo, el retorno de las aventuras cubanas y eso me alegra por nosotros y por el público cubano, a quien quiero darle las gracias".

FUENTE: AMELIA DUARTE DE LA ROSA, EN GRANMA DIGITAL.